Era Nochebuena. José y Anita se sentaron a comer en silencio y entre bocado y bocado no levantaban los ojos del plato. Estaban solos. Como todos estos años, sus hijos no habían venido a pesar de que los esperaban con ansiedad. Ante el menor ruido, Anita se apresuraba a mirar por la ventana, pero no era más que un movimiento en la casa de al lado; ahí sí había nietos que alborotaban.
Después de cenar jamás salían a la vereda, porque tenían miedo de que les preguntaran el porqué de la eterna ausencia de sus hijos. Por esta razón doña Anita vivía encerrada en su morada; cuando alguien golpeaba la puerta de calle, ella abría milimétricamente y preguntaba recelosa: "¿Quién es y qué quiere?". Los chicos del barrio dedujeron que era "una señora que cocinaba niños para comérselos". Su aspecto flaco daba pie a dicha hipótesis, y las sospechas de los niños crecían cuando los adultos comentaban que la veían con frecuencia en su terraza mirando embelesada a los chiquillos en sus juegos. José aún se dedicaba a la contabilidad, Anita también había quemado años y pestañas en la misma profesión, pero se retiró cuando empezaron sus depresiones. Dicen que la pareja comenzó de abajo, juntos levantaron su casa, la que con sus arcos y jardines era la más hermosa de la cuadra. "Dígame, ¿cuándo se compraron el coche?", inquirió una curiosa vecina nueva. "¡Uy!, ¡esa fue la envidia más grande que en aquellos años se produjo en el barrio!", le contestaron. Todavía hay vecinos que recuerdan que estaban tan felices con su primer auto, que parecía que habían tenido un bebé. A los pocos años invirtieron en algunos terrenos y en uno edificaron unos departamentitos. "Perdonen, sin ánimo de chisme, ¿pero cuándo tuvieron a su primer hijo?", lanzó de nuevo la nueva. "Bueno -contestó una señora antigua del barrio-, ella pasó su embarazo en su ciudad y allá mismo lo tuvo, como a sus otros hijos". "¿Y por qué no vienen para Navidad?". "Mire, doña, personalmente nunca conocí a los chicos porque vivían en un internado, que, dicho sea, habrá salido una fortuna, pero por lo que se ve no sirvió de mucho. ¡Son unos hijos muy crueles!".
Esta era la enésima Navidad silenciosa que se vivía en casa de José y Anita, la mesa vestía un bonito mantel verde musgo y un arreglo central con variantes en rojo y dorado. En un rincón del corredor estaba el pesebre y en la sala un arbolito repleto de lucecitas y guirnaldas. Anita había tenido el tino de armar el arbolito en un sitio discreto de la casa, porque seguro que sus nietos acabarían de un pelotazo con sus adornos navideños. "Anita se prepara con todo -se oyó al pasar-, la vi en el supermercado comprando chocolates, nueces, sidras y agua de azahar. José y Anita escucharon la campana de su viejo reloj suizo dando las 12 de la noche. Por fin, se miraron y tomaron lentamente sus copas. "Feliz Navidad, mi amor", dijo él con una pálida sonrisa; ella dejó caer dos lagrimones y dijo: "Seguro que les pasó algo y por eso no llegaron". José tomó sus manos y las besó tiernamente. "Sí, mi vieja. Mejor vamos a dormir". Las horas pasaron y el timbre permaneció mudo durante toda esa noche y los días siguientes. "¡Pero claro que no iba a venir ningún hijo!" -destapó una mujer desconocida-. "Si José y Anita nunca fueron padres; ella perdió su único embarazo a los 40. ¿No lo sabían?". La noticia sonó en los oídos como un cebollón. Fue entonces cuando se supo la verdad: ¡José y Anita no tenían hijos!, lo que parieron de jóvenes fue el auto, la casa, las tierras y el trabajo por las conquistas económicas. Se cuenta que fue una Nochebuena cuando brindaron en copas de cristal y decidieron tener un hijo. Pero ya en esa época su mesa había adquirido estas definitivas y descomunales dimensiones para dos.
Lourdes Peralta
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