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¡Traigan un druida!

¿Usted cree en los augurios, buenos o malos? Los gatos negros, los relámpagos en pleno día, el arco iris, ¿le son premonitorios? ¿Alguna vez consultó a una pruebera?


Le pregunto porque andamos en tiempos de signos apocalípticos y, quien le dice, tal vez precisamos algún intérprete de lo oculto para sentirnos menos desorientados. Algo así como los druidas que tenían los celtas.

Tomemos como símbolo a los colegios nacionales, que funcionan en edificios precarios que se caen a pedazos. Hay muy pocos que dan la imagen de éxito que uno desearía que los jóvenes asocien con el conocimiento, con el aprendizaje. Techos que gotean, escaleras temblequeantes, paredes carcomidas y revoques caídos son una constante, de la primaria a la universidad. La esperanza es alguna vez contar con un aporte de Itaipú para aplicar a remiendos, cuya inauguración se hará con bombos, platillos y tres hurras para el candidato.

Mientras tanto, el presupuesto se dilapida en sueldos de oficinistas y nunca llega el momento de concretar las reparaciones que hacen falta.
El desplome del cielo raso del Colegio Nacional de la Capital fue monumental, impresionante. Casi podría tomarse como un síntoma de lo que pasa con ese colegio, o como un augurio de lo que nos espera si no se toman medidas urgentes.

Símbolo a interpretar: el cielo raso abandonado, comido por la termitas y pendiente de un hilo sin que nadie se percatara de la inminencia del desplome.

¿Qué nos diría un druida?

Los druidas -ver Asterix- fueron sacerdotes guerreros celtas de los tiempos de Julio César. Eran los sabios galos depositarios de la tradición oral, los sacerdotes que entraban a los cerrados bosques a buscar las hierbas curativas para sus pociones.

Otra de las características de los druidas es que hacían vaticinios, augurios y predicciones, todo basado en cualquier hecho fortuito, como el paso de un jabalí por el campamento, o una granizada fuera de época. Recordemos que eran épocas precristianas. Los romanos y sus contemporáneos eran tan adictos a la adivinación como nosotros a la tele.

Hoy en día, por más que creamos que nos hemos vuelto más racionales en dos mil años de historia, igual las catástrofes, como el tsunami, el huracán Katrina o el puente desplomado en Irak nos insinúan la ira de los dioses, mal que le pese a nuestra monoteísta convicción religiosa. Parece que un rinconcito paleolítico de nuestra intuición nos dice que las cosas no suceden porque sí.

Por ende, si fuéramos a resucitar un druida, como medida de emergencia ante la crisis, quizás nos endilgaría una interpretación esotérica del desplome del techo del colegio. Por ejemplo, podría analizar los peligros de las estructuras perimidas apenas cubiertas por un yeso blanqueado y mal puesto. Quizás nos diría que la corrupción de la madera es síntoma evidente de problemas que aquejan al colegio en sí, pero también al sistema educativo paraguayo o al propio sistema político que nos gobierna.

Ante la impávida mirada divina, los seres humanos forjamos nuestro destino. Corrijamos errores, antes de que sea tarde y la estructura caiga sobre nuestras cabezas.


mrossi@abc.com.py


Martha Rossi

HERRAMIENTAS

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