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LA BITACORA

Que el último apague la luz

El tema se está convirtiendo en un peligroso pelota tatá. Lo que al principio parecía una curiosidad anecdótica hoy tiene características dramáticas: Asunción se fue quedando irremediablemente aislada del mundo. Apenas dos aerolíneas comerciales de la región llegan y salen de nuestro principal aeropuerto. De pronto quedamos fuera del mundo y, mientras tanto, los responsables se miran unos a otros como preguntándose: ¿Qué nos pasó, vida? Y las cosas no pasan gratuitamente, ni por simple desgracia.


Nos pasó que el mundo ya es completamente otro y nosotros todavía no nos dimos cuenta. Nos ocurrió que jamás vinieron los esperados inversionistas ni Asunción se convirtió, como nos dijeron, en el centro neurálgico de las finanzas y los servicios del Mercosur. Sin seguridad jurídica a la vista, con expropiaciones populistas sin planes serios de reactivación y con un estado incapaz de garantizarle a nadie que lo firmado hoy será respetado mañana, la gente simplemente dejó de venir.

En un mundo vertiginoso en donde los países emergentes compiten en eficiencia, transparencia y calidad, palmo a palmo para conquistar visitantes de toda índole, el Paraguay siguió apostando por la improvisación y la avivada criolla. Hasta hubo quienes festejaron la ida de American Airlines, como si se tratara de una cuestión de soberanía. El tan mentado atractivo turístico tampoco ha logrado establecerse para un mercado que exige mucho más que lo simplemente pintoresco o lo supuestamente auténtico. No es fácil exportar la miseria como factor de atracción. Es muy difícil que alguien considere a las legiones de niños de las calles que pululan en nuestras ciudades como motivación suficiente para venir a nuestro país. El triste espectáculo de las personas comiendo de la basura podrá ser materia interesante para un documental pero no así para venir a pasar unos días de necesario descanso a una ciudad perdida en el fondo de Sudamérica.

Con ciudades sucias y legislación poco inteligente; sin motivos reales de interés para venir, y con altos índices de inseguridad y corrupción, era previsible esta soledad que hoy nos angustia. Con pésimos servicios de transporte, calles escandalosamente maltrechas y funcionarios siempre al acecho para sacarle algo al turista, alguna vez se iban a cansar de nosotros. Era absurdo pretender otra cosa, pero aun así parecemos más sorprendidos que platea de David Copperfield. Primero se fueron cincuenta mil compatriotas y luego dejaron de venir los extranjeros. Convertido en gigantesco shopping que ya no recibe visitas, el aeropuerto representa nuestra dura realidad. Tenemos el edificio, adornamos el salón, pero ya nadie quiere asistir a nuestra fiesta. En realidad, el Paraguay dejó de ser atractivo por la suma de errores en los que hemos incurrido durante todos estos años.

Claro que estas cosas son mucho menos importantes que seguir ganando internas, calzarse el pañuelo al cuello y posar con la sonrisa apropiada para la próxima campaña. Con una clase dirigente autista, que no acusa recibo de nada, en ninguna de las veredas, y que solo parece respirar dentro de su propia burbuja de poder, estos temas no son trascendentes. Al fin y al cabo como ya se dijo: la gente que viaja es la que tiene dinero para hacerlo, entonces que se las
arreglen como puedan.

El mundo sigue girando y el Paraguay está convencido
de que lo hace a su alrededor. Lástima que mientras tanto
se están yendo todos y dejaron de venir los otros. Será
cuestión de pedir muy pronto que el último, por favor, apague
la luz.


Mario Ferreiro

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06/08/2006 00:00:00