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LA BITACORA

La culpa del otro

En nuestro país, las culpas nunca son propias. Son siempre los otros quienes causan los males que padecemos, nunca nosotros. En esa particular concepción de la realidad, todo lo malo que nos pasa es siempre por motivos extraños a nuestra conducta y voluntad, por lo que entonces no hacen falta sentimientos tan incómodos como el arrepentimiento o la aceptación de las limitaciones propias.


Con ese razonamiento tan nuestro, la basura patológica siempre será culpa de las administraciones anteriores, igual que el manejo del vertedero Cateura, el caos del transporte urbano y rural, la manipulación de los agrotóxicos, la epidemia de consumo de alcohol y el alto índice de tabaquismo en los jóvenes, por citar al azar algunos de nuestros innumerables problemas.

No importa que estos problemas sigan creciendo en proporciones alarmantes con las nuevas administraciones. Tampoco parece importar demasiado que muchos de los que están ahora también formaron parte de gobiernos anteriores, tanto en el caso del poder central como en los poderes departamentales y municipales. En realidad son siempre los mismos, se vuelven a postular aquí y allá, pero se las arreglan para aparecer cada vez más indignados con los que "estuvieron antes".

Es común escuchar que el bajo nivel de nuestra política tiene raíces en la pobre educación que recibimos, pero claro, eso se debe a lo que nos ocurrió en tiempo pasado, no ahora, por obra y gracia de los otros, los que antes nos gobernaban. Igual pasa con la corrupción: es la pesada herencia del pasado, se repite como una letanía. Con eso nos basta para justificarla, sin pensar que en verdad se trata de una conducta que hemos ampliado y perfeccionado en democracia.

Si se incendia un supermercado, es por culpa de los que estaban antes. No importa que no se hayan revisado periódicamente los mecanismos de seguridad ni que se haya obviado la obligación elemental que tienen los dueños de proteger a sus empleados y clientes. Si se descubren faltantes en las entidades públicas, estos son siempre de balances pasados, cuya responsabilidad jamás puede recaer en los actuales. ¡En realidad los nuevos están ocupados perpetrando los futuros faltantes! Como si se tratase de una sociedad fragmentada en la que nadie conoce a nadie, y distintas etnias toman el poder cada cinco años cometiendo nuevos atropellos y saqueos sin comprometerse con los que se fueron o los que vendrán, el Paraguay parece el país del no me acuerdo o simplemente, no me interesa. El que recién llega sabe que cualquier culpa será siempre atribuible a los demás. Y los otros, ya "previsionaron" por lo menos el diez por ciento de lo robado para defenderse tranquilamente en nuestros tribunales, siempre tan frágiles en materia de probidad.

Como en la selección de fútbol, en donde el único culpable de nuestro papelón mundialista había sido era el pobre Maño Ruiz, el país sigue feliz y contento con un par de chivos expiatorios a los que tampoco jamás se castiga. Es el súmmum de la negación. La máxima expresión del ñembotavy asumido como una actitud de vida. Por todo eso en el Paraguay nadie pide perdón: ni los stronistas, ni los colorados y mucho menos la oposición. Porque todos en el fondo siguen creyendo que la culpa es del otro y, en un acto al que no concurre jamás la humildad, se autoabsuelven de todos sus pecados sin más trámite que la enunciación a viva voz de esa falsa redención. El problema va a ser cuando agotemos finalmente todas las excusas y tengamos que enfrentar la dura certeza de que, en verdad, este naufragio es responsabilidad de muchos más que de un solo capitán.


Mario Ferreiro

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10/09/2006 23:00:00