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PERSPECTIVAS

Conjuro sioux

Una tarde, en una cafetería cuyo nombre no recuerdo -y que en este momento no me quiero acordar (para no hacer publicidad)-, un grupo de amigas discutía sobre cuál podría ser el amuleto que haga perdurar por siempre el amor. No faltó quien invocara al 0900, otra al indio Tupí y alguien más macabramente crédula a los famosos conjuros y hechizos (vulgo: payé). Esa discusión, que la escuché mientras esperaba mi taza de café, me trajo a la memoria una vieja leyenda de los indios sioux.


El desafío

Si mal no recuerdo, era más o menos así: Una vez llegaron a la tienda del viejo brujo de la tribu, Toro Bravo -valiente y honorable joven guerrero-, y Nube Azul -hija del cacique, y la más hermosa mujer de la tribu-.

- Nos amamos... -empezó el joven.

- Y nos vamos a casar... -dijo ella.

- Por miedo a perder nuestro amor queremos un hechizo, un conjuro o un talismán que nos una hasta encontrar la muerte, dijeron. El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, enamorados y anhelantes. "Hay algo que pueden hacer, pero es una tarea muy sacrificada", dijo el viejo. "Nube Azul, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos. Deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena...

¿Comprendiste?", preguntó el viejo. "Y tú, Toro Bravo, deberás escalar la Montaña del Trueno. Cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí viva el mismo día en que vendrá Nube Azul. ¡Salgan ahora!", espetó el brujo. La tira de cuero Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada. El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares.

- Y ahora qué haremos... -preguntó el joven- ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

- No -dijo el viejo-.

- ¿Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne? -propuso la joven.

- No -repitió el viejo.-Harán lo que les digo: tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con esta tira de cuero. Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres. Los enamorados hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

El conjuro

"Este es el conjuro: jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón. Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos... pero jamás atados", sentenció el brujo. Y tiene razón. Estar en pareja, casarse y comprometerse no implica adueñarse de la otra persona ni ser dueña de su destino. Una relación debe servir para que ambos crezcan en todos los planos y así asegurar la plenitud y durabilidad del amor.


Marta Escurra

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10/09/2006 23:00:00