La noche de Asunción ofrece hoy distintas alternativas. Por eso en mi última salida, por ejemplo, quise hacer algo diferente. "Vamos a comer comida china, es riquísima", me aseguró una amiga. Acepté su invitación y alrededor de las 10 de la noche, nos dirigimos a la fecunda zona del Mercado 4, donde quedaba el restaurante. A la entrada había un cartel cuyo nombre invitaba a probar manjares celestiales.
Desilusionada, miré el frente del local, yo esperaba una entrada más acorde, pero tan solo un grupo de chinos -hablando chinoen la vereda alimentó mi ilusión oriental. A pesar de tal fachada el sitio estaba lleno, llenísimo. Un mozo apresurado se cruzó con nosotras y nos invitó a sentarnos. No había muchas opciones, así que decidimos ocupar la única mesa que quedaba (pésimamente ubicada) y esperar a que nos trajeran el menú. Pedimos ensalada de arroz con verduras, pollo con champiñones y carne con cebollita, todo acompañado de salsa agridulce. Sin menoscabar las exquisiteces chinas, nada me pareció tan diferente a los platos que consumo en mi casa a mitad de precio. En fin, todo es cuestión de gustos y status, supongo. Continuando el relato, confieso que no la pasamos bien, la casa era pequeña para los clientes que llegaban sin parar, el ambiente no tenía decoración oriental alguna y menos se podía esperar música china o algún detalle pensado para instruir y agradar al cliente.
Solo un pequeño televisor en las alturas intentaba distraer a los ansiosos estómagos. De la maravillosa cultura china, ni un palito. Aquello era nada más que la sala de una casa acondicionada para vender comida a la manera de cantina italiana. Aun así, la gente no paraba de llegar y ocupar la mesa que pudiera. Al final de la cena, el mozo nos preguntó si queríamos llevar lo que restaba en nuestra fuente. Cuando nos trajeron la cuenta, la miré cuidadosamente y me percaté de que nos estaban cobrando de más. Minucias que pasan en cualquier restaurante. Luego de las disculpas del mozo, vianda en la mano, nos fuimos.
Personalmente, no viví nada diferente, sin embargo la experiencia fue válida porque me acercó a una realidad creciente en Paraguay. ¿Estos son los inversionistas que queremos? Exitosos a costa de nuestra facilidad, brindando pobre atención, dándonos una tirita de papel en vez de la factura legal, no trabajando para la comodidad del cliente ni capacitando a su personal. Vendiéndonos gato por liebre.
Convenciéndonos con un servicio mediocre que increíblemente después publicitamos como "genial". Paraguay necesita inversionistas, pero no de los que lucran vorazmente en beneficio propio, sino de los que nos dejen lo justo a cambio de lo que les damos. Exijamos atención, legalidad, comodidad, trabajo y aprendizaje; inversores que reinviertan sus frutos aquí y ahora, y no que se lleven el oro a otro lado dejándonos más pobres y más ignorantes.
Sudamérica es el futuro del mundo, por eso somos privilegiados. ¿Por qué aceptamos cualquier cosa? La respuesta es cruda: porque todavía nos seguimos comiendo el plato que no pedimos. La verdad, la próxima vez, invierto en cualquier solitario panchero paraguayo. Les termino de contar cómo acabó mi exotismo de fin de semana. Al día siguiente, cuando abrí la vianda que traje del restaurante, caramba ¡qué confusión! esa comida no era la mía, eran sobras de otra persona. "Paciencia china", me dije y sonreí, mientras le arrojaba tal festín a mi honorable gato "Mandarín".
Lourdes Peralta
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