Es noticia destacable que el premio del Concurso Nacional de Ciencias, instaurado por el Congreso, se adjudique a un trabajo de investigación jurídica. Esta primera vez la recibe José Antonio Moreno Ruffinelli por su obra "Derecho de Familia". Además del halago personal bien merecido, la distinción cae con justicia en un área raramente reconocida.
Mezquindad u olvido; tal vez consecuencia de un prejuicio peyorativo y de cierta extendida confusión respecto a los conceptos de legislación, jurisprudencia, doctrina y ciencia jurídica, así como al oficio de abogado y a la disciplina intelectual del jurista que, desde luego, no son fáciles de diferenciar ni siquiera para los estudiantes de esa rama. Y menos aun para esos que van de rama en rama, crecientes en número y audacia.
Está bien sabido y plagueado que en nuestro país el Estado, las municipalidades ni las empresas particulares, ni siquiera las universidades dan estímulo a la investigación científica. Nuestros pocos investigadores tienen que arreglarse con las remuneraciones docentes tan poco decentes que perciben; o correr la coneja con sus proyectos particulares bajo el brazo.
Es en la Tecnología donde más enflaquecemos, mientras, por consecuencia, engordamos nuestra dependencia del extranjero. Lo que no obsta a que insistamos con patrióticos llamados a resistir a la globalización, a las multinacionales y otras potencias hegemónicas, batallas que, sin poseer un grado razonable de autosuficiencia tecnológica, están perdidas de antemano.
Además, la inversión en investigación tecnológica es promisoria ya que siempre existirá la posibilidad de perfeccionar las herramientas, aunque muchos crean que las hay definitivas, como el clavo y el martillo, el tornillo, el cuchillo o las tijeras, inmejorables en lo esencial. Allí está la empresa publicitaria para desmentirlo, y lista para anunciar la invención de la maquinita de afeitar de cinco hojas con nueva cabeza móvil, del cepillo de dientes con cerda electrónicamente ozonizada y del palo de repasar que descarga la electricidad estática del ama de casa.
Tan sólo mirando la TV podríamos adivinar el brillante futuro económico de esta clase de saber: masajeadores y aparatos de gimnasia capaces de hacer bajar de peso y ganar músculos hasta a los budas de Myanmar; cosméticos que detendrán definitivamente el envejecimiento; energizantes que se dispensarán en las máquinas de golosinas; cabellos masculino sostenidos para siempre y cremas que continuarán enfrentando a la celulitis con pujante brío. Muy pocas cosas serán tal cual ahora. Solo alguna marca de cigarrillos seguirá consiguiéndonos la chica más linda del condado; los jeans continuarán levantando colas femeninas; el shampú adecuado pondrá de rodillas al varón más apetecido y cualquier cerveza proseguirá la noble misión de hacer a los jóvenes cada vez más seductores, alegres y divertidos.
Pero no me refiero a esta tecnología sirvienta del consumismo sino a la que comanda la transformación cualitativa humana. Porque no hay disciplinas acabadas e inamovibles, exceptuada la Teología, que alimenta sus especulaciones siempre con los mismos presupuestos. Hasta la Filosofía se transforma de vez en vez, aun pese a los que se aferran a la phillosophie peremnis. Ni para los lógicos y matemáticos, que no se aburren tanto como se cree, aunque una innovación puede demandarles mucho tiempo. Hay una fuerza potente que impulsa y dinamiza todo proceso de conocimiento: el deseo o la convicción de que la teoría adversaria está equivocada o es insuficiente. Esto parece bastar para sostener el progreso del saber en general.
Pero ya no es bastante para las ciencias aplicadas, cuyas investigaciones son crecientemente costosas. En nuestro país, en ausencia de saber propio y de dinero para comprar el saber ajeno, hay que improvisar, imitar o piratear. En la imposibilidad de especializarnos, somos generalistas o amateurs en casi todo, y así no vamos a ninguna parte porque, según aseguraba el general estadounidense Carl Spaatz, sólo hay dos cosas en las que los aficionados son mejores que los profesionales: en imaginar estrategias y en hacer el amor.
Y tampoco somos duchos en imaginar estrategias. Conque, saquemos conclusiones: ¿en qué nos resta chance de competir?
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Gustavo Laterza Rivarola
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