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PERSPECTIVAS

Urania Cabral

Urania. No le habían hecho un favor sus padres; su nombre daba la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo de la mujer espigada y de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos oscuros, algo tristes, que le devolvía el espejo. ¡Urania! Vaya ocurrencia. Felizmente ya nadie la llamaba así, sino Uri, Miss Cabral, Mrs. Cabral o Doctor Cabral” (*).


A primera vista, si la juzgamos por su manera de llamarse, pareciera tratarse de un personaje si se quiere, jocoso, dentro de la novela La Fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa. Pero todo viso de ironía se diluye a medida que avanza la novela y se descubre que el triste destino de Urania no tiene que ver con su nombre sino con algo mucho peor: el abuso sexual del que fue víctima por parte del dictador Leónidas Trujillo, alias “El Chivo”. Entonces -siempre según la novela ambientada en República Dominicana- ella tenía 14 años y fue entregada por su propio padre -“Cerebrito” Agustín Cabral- para recobrar la confianza que el tirano le había retirado de manera inexplicable.

A pesar de ser un personaje ficticio dentro de la trama, las vivencias de Urania son totalmente verosímiles y “representa a todas las mujeres que fueron oprimidas, privadas de libertad y silenciadas durante la feroz dictadura de Trujillo y en todas las dictaduras del mundo”(**).

Nosotros

En nuestro caso, no podemos negar que la dictadura que le tocó vivir a los paraguayos tampoco estuvo exenta de esa realidad particular. Conocida es la sórdida leyenda urbana que habla de los “viveros de adolescentes” que existían en las afueras de Asunción y en la zona de la Cordillera que proveían de “carne fresca” al dictador Stroessner. Con total falta de escrúpulos, damas (madamas) de la sociedad y hombres de confianza del dictador reclutaban a menores, en especial del interior del país y en algunos casos hasta sus propias hijas para ofrecerlas en prenda o como moneda de cambio para obtener “la gracia suprema” del tirano.

“Y pensar que nosotros colaboramos para eso... esas pobres chicas, unas nenas prácticamente; le hacíamos las manos los pies, permanente y le maquillábamos... quién sabe qué hacían de ellas”, me comentaba acongojada hace unos años una manicurista que trabajó en una de las peluquerías con las que operaba “el vivero”.

La novela

En la novela, cuando Urania es entregada a los 14 años, “El Chivo” ronda los 70 y se siente humillado cuando no logra tener una erección, desflorando a la niña con otros métodos. Días después, el tirano muere asesinado y Urania huye a los Estados Unidos, volviendo a República Dominicana luego de 35 años. La protagonista trasciende, se supera y se prueba a sí misma a su regreso. Digamos que tiene “su final feliz”.

Actualmente, vivimos en democracia, una democracia nominal, ya que aun en estos días, las menores siguen siendo víctimas de otro tipo de dictaduras: la de la sociedad de consumo, la que merca con la juventud disfrazándolas de “lolitas exitosas” que no es otra cosa que prostitución de menores, exhibiéndolas como mercaderías. Así la La Fiesta del Chivo pasa de ser una simple novela a una realidad, de la cual muy pocas personas quieren tomar conciencia y de la cual muchos neotiranos sacan provecho.

(*) Primer párrafo de la novela “La Fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa. Pág. 11. Editorial Alfaguara.

(**) María Elvira Luna Escudero, en Espéculo, Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid.


Marta Escurra

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21/01/2007 00:00:00