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PERSPECTIVAS

En busca de la alegría

Hace muy poco tiempo se hicieron varias encuestas en Chile para averiguar si la gente era feliz y parte de los resultados rebeló que, aunque mucha gente se considera feliz, sólo un pequeño porcentaje se siente realmente feliz. Esto tenía que ver con el mayor tiempo que pasaban con su familia y con una mejor distribución de los ingresos.


Es un abordaje interesante que descubre cómo el dinero no hace la felicidad; pero si la gente está con menor estrés y puede contar con cierta seguridad en cuanto a salud, educación y trabajo, tiene bienestar. Y en países como el Paraguay se podría ser feliz con un adecuado manejo del tiempo libre, propiciando las oportunidades para estudiar y trabajar, ser atendido en un hospital sin endeudarse o aspirar comer un asado sin ser un potentado. Cuando uno es joven no se da cuenta de lo valiosa que es la vida; muchas veces la desperdiciamos, cometemos graves errores o la dejamos al azar esperando que llegue un milagro. Pero cuando la vas mirando con los años te das cuenta que vivir es un regalo. Me asusta ver con cuanta facilidad mis compatriotas toman la drástica decisión de arrojarse de un puente, colgarse de una viga o dispararse un arma.

¿Qué es lo que puede hacer el Estado como administrador de recursos para hallar una salida al suicidio? ¿Qué pueden hacer los profesionales de la salud, los ministros de la Iglesia? ¿Qué pueden proponer los profesores y los periodistas? ¿Qué puede hacer cada grupo juvenil por tratar este tema y hallar un camino?

Podremos escuchar muchos discursos y frases: un país donde los jóvenes y adultos tengan lugares accesibles para recrearse, divertirse y jugar puede liberar tensiones. Las comisiones barriales quizá propongan actividades para congregar, discutir, expresarse, un primer paso es conversar.

¿Qué se puede hacer desde una asistencia social y psiquiátrica a tanta gente con depresión?

Quizá se puede armar concursos de baile, de canto, de poesía, de cuentos, de fútbol, o destrezas en la cocina o la pintura. Tal vez los curas y pastores abandonen sus templos y acudan en humana visita a las casas de afligidos padres que se debaten en la desesperación porque no pueden pagar el colegio de sus hijos. Algo se puede hacer desde todos los ámbitos; quizá disminuiría la violencia y los sufrientes verían una luz en sus desconsolados corazones. Muchas personas hallarían una razón para volverse a enamorar si ocuparan su tiempo en una actividad positiva.

Quizá si todos nos propusiéramos metas posibles podríamos hermosear el paseo central frente a nuestra casa, y en vez de un inmenso yuyal veríamos algunas flores. Si abandonáramos la comodidad de nuestro sillón y por unos minutos tocáramos la puerta de un pariente o un vecino al que no vemos hace días, podríamos darle fuerza. Lo que se necesita no es compasión ni evadir el golpe; es urgente hacer algo por nuestra triste sociedad.


Mirtha González Schinini

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11/02/2007 00:00:00