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ANALES DE UN PAIS DE MARAVILLAS

Pa’i Viedma: con la música a esta parte

Los paraguayos pueden ser divididos en tres categorías. La primera, constituida por la inmensa mayoría, mira pasar la vida, con la callada resignación de quien ya no espera nada de ella, y cuyo único dilema es decidir si huirá a España o a la Argentina; en barco, en avión o en bicicleta.


La segunda, pequeña pero activa, se dedica a saquear el país, ya sea asaltando bancos, lucrando con la evasión fiscal o embolsándose el dinero del tesoro público desde una banca del Congreso o desde un alto cargo en el Gobierno. En la tercera categoría, igualmente pequeña y activa, militan quienes contribuyen a engrandecer la República en cualquiera de sus aspectos: creando empleos, curando a la gente, investigando en alguna rama de la ciencia o transmitiendo lo que saben. En este último grupo se encuentra, por derecho propio, el padre Pedro Viedma Espínola, de la orden salesiana, quien acaba de cumplir 84 años, la mayor parte consagrados a la docencia.

Con más de medio siglo de servicio sacerdotal, dedicó la mayor parte de este a formar a jóvenes en una de las manifestaciones más nobles y exigentes de la cultura: la música. Sería largo enumerar todo lo que hizo en este campo, así como los galardones y expresiones de reconocimiento de las que se hizo acreedor. Basta con decir que a su esfuerzo se debe la creación del coro Arapy y de la banda Pa’i Pérez, del Salesianito, nombre con el que se rinde un homenaje al casi mítico pa’i Pérez, a quien, dicho sea de paso, conocí, en una época lejana borrosa, en el entonces pequeño Colegio Salesiano de Villarrica.

El Salesiano ha contribuido a la formación de muchos músicos paraguayos. Solo recordemos que Luis Alberto del Paraná pasó por sus aulas, para no citar sino al más famoso de todos. Pero lo más relevante no es el relumbrón de los nombres de quienes conocemos como artistas. Hay algo mucho más importante que eso. Esfuerzos como el realizado por pa’i Viedma apuntan a infundir el amor a la música, la más cautivante de las artes. Tal vez la que logra crear, con más intensidad, un sentimiento de comunión entre las personas.

La mitología griega nos propone el mito de Orfeo, hijo de Apolo y de la musa Calíope, de quienes heredó el don de la música y de la poesía. Se cuenta que cuando tocaba su lira, los hombres se agolpaban para escucharlo, y el sonido los llevaba al éxtasis. Con ese virtuosismo, enamoró a la bella Eurídice. Cuando ella murió, con la música ablandó el corazón de los monarcas del Hades y obtuvo que le permitieran devolverla a la vida. Con una condición: no mirar hacia atrás hasta llegar a la superficie. Orfeo cometió ese error, y la bella Eurídice se desvaneció para siempre.

El mito de Orfeo nos revela que, ya en la remota antigüedad, se sabía que la música era capaz de llegar a los repliegues más secretos del alma. Inculcar el amor a su culto implica no solo enseñar a interpretar un instrumento, sino también a saber escuchar, disfrutar y evaluar los sonidos, a proponer un acercamiento a las regiones más elevadas del espíritu. No sé si del coro Arapy y de la banda Pa’i Pérez ha salido una muchedumbre de virtuosos. Pero estoy seguro de que han refinado el gusto musical de sucesivas generaciones de compatriotas. Quienes, como pa’i Viedma, han abrazado esa misión contribuyen decididamente a formar una juventud más sana, más culta y más libre. Ya es demasiado.

helio@abc.com.py


Helio Vera

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25/02/2007 00:00:00