¿Alguna vez les tocó vivir un reality, digo actuar en uno? Yo todavía no me recupero del último que me tocó de cerca; a veces somos espectadores de las miserias humanas, de esa gente impúdica que es capaz de sacar los trapos sucios delante de cualquiera, de otros que no tienen nada que ver y que no tienen por qué escuchar discusiones ajenas.
Viejos rencores, odios, heridas que se vuelven a abrir, penas y amarguras que no cesan. En una pareja suele suceder que se quitan el miedo de gritarse en volumen y contenido altos, aunque tengan público, incluso delante de sus propios hijos, en los que dejan huellas para siempre.
También hay quienes se creen exorcistas, porque son testigos de cómo cambian las expresiones, las voces y hasta parece que los contendientes volaran con el calor de las palabras, los que enojados se gritan de todo. Entonces pasan de espectadores a mediadores, y buscan el perdón, la calma, el relax en medio de tanta catarsis colectiva. Siempre hay una víctima que insiste con creerse el dueño de la verdad. Y otros, como yo, que sienten el irrefrenable deseo de salir corriendo.
En pleno auge del reality show se pasa de don nadie a estrella de una película hot, no pornográfica, sino al calor del nivel de los insultos y la furia al desnudo. ¿Qué culpa tienen los niños y qué culpa tienen los que son ajenos al tema? ¿Por qué no resuelven sus problemas la pareja, o padres e hijos, o hermanos, o amigos? ¿Por qué tienen que involucrar a las inocentes visitas?
Usted dirá que algunos no pueden manejar sus emociones y que las explosiones del carácter son una cosa innata y hasta saludable para no sufrir un infarto. Las discusiones y peleas existen, y son parte de la condición humana; sirven para resolver entuertos y disolver los nudos, sanar heridas y decir punto final. No es una exclusividad de una familia o de un apellido, es parte de esta aventura de vivir. Pero cuando las palabras destruyen y vuelven como un disco rayado cada tanto a herir y desangrar, entonces no valen la pena. Si no somos capaces de ir hacia adelante y no terminamos con un tema que quizá sea un malentendido, si insistimos con sentirnos víctimas y desquiciar a los demás, entonces necesitamos ayuda. Quizá somos perfectos pacientes para el diván de un siquiatra que nos cobre bien caro y nos diga que tenemos que perdonarnos a nosotros mismos. Es preciso hablar, comunicarse y que las palabras sean como ladrillos de una casa, que construyan y protejan una estructura fuerte. Las palabras son dardos y bumeranes o invitaciones para empezar a entenderse.
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