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PERSPECTIVAS

Domingo súper

De sencillo lugar de provisión de alimentos, los supermercados se han convertido en un gran parque de paseo dominguero. El espectáculo se pone tenso y logra fastidiar cuando campante va la pareja con bebé y pequeños hermanitos incluidos; lo típico sucede: siempre hay niños que lloran como condenados manipulando a sus padres, mientras los demás clientes tenemos que soportar tan desdichado espectáculo de educación contemporánea.


Siguiendo por un corredor, este día de Pascua, podemos ver también promotoras paradas frente a los huevos de chocolate, ataviando sus cabezas con unas orejas de conejo. Las chicas deben ser vistas por el público con simpatía, porque trabajo es trabajo, y será -en parte- la lucha femenina por la independencia económica. Después de la conejita, ha de rondarnos otra señorita para ofrecer su ayuda en la intrincada tarea de elegir un champú o un cepillo de dientes. Apenas nos libramos de ella, oímos a alguien hablando por celular: “¿Qué llevo, fideo moñito o tallarín?”. ¡Qué pregunta antiquísima! En el patio de comidas te ahorrás la cocina y el lavado de platos; eso sí, consumís también el ruido infernal. Para quien sabe mirar, las situaciones más insólitas surgen dentro de un supermercado, hasta tiernas lauchitas asustadas pueden, bajo la mercadería, refugiarse del batallón humano (ningún horror, un súper es un lugar lleno de vida). La vida de todos ha cambiado aunque a muchos nos cueste aceptar el sistema que hoy nos ordena. Cierto es que los rebeldes también vamos al supermercado, pero armados con una lista para comprar lo que necesitamos. El público puede darse gustos si quiere, pero también debe volverse más crítico como consumidor. De los coreanos que pasaron por Paraguay la gente dice que les enseñaron a los paraguayos a trabajar, y cuando el paraguayo aprendió, aparecieron las moles que acabaron con toda la fuente de sustento de la familia. Perorar sobre al avance de capitales monstruosos sería una inocencia; pero no menospreciemos la astucia de David cuando venció a Goliat. Los pequeños actos cotidianos de compra consciente determinan gran parte del bienestar familiar. ¿Quiénes compran las frutas podridas, la leche vencida, el pan viejo que algunos súper venden con descaro y sin consecuencias? ¿Quiénes pagan una barbaridad por ciertos productos importados? Es interesante mirar con qué cargan los carritos y deducir el perfil de la familia consumidora. Somos, finalmente, lo que consumimos. Pidamos buenos productos a buenos precios, controlemos la cuenta antes de pagar, cuidémonos de las ofertas demasiado generosas. Los domingos no queremos reflexionar, pero cautela al comercio embustero. Tampoco sensibiliza colaborar con el redondeo, mientras no rija paralelamente una ley de redondeo a favor del cliente; entonces recién uno decide si quiere donar o no, porque, si no, siempre se quedan con nuestras monedas (que juntas son una fortuna). Seamos los consumidores los que determinemos las reglas y no, como ocurre, dejar que los señores inversores -en complicidad con la Municipalidad- nos quiten hasta la vereda pública. Pedir que el dinero que se ahorra con la compra inteligente sea invertido en libros pecaría de publicitar un curso rápido de resurrección, pero no está mal echar esta semilla a nuestro pensamiento. Quizás la tierra sea más fértil de lo que siempre creímos.


Lourdes Peralta

HERRAMIENTAS

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