Dago R. Fernández López lanzó un original libro: “El Freezer”. Resume un mal clásico del país, que se manifiesta especialmente en la administración pública y su legión de 300.000 funcionarios, donde los privilegiados de turno actúan como virreyes o como déspotas mediante un sistema de sojuzgamiento que obliga a la mayoría a someterse y a hacer su voluntad so pena de ser condenados al rincón de una olvidada dependencia estatal aunque tuvieran masterados o Phd para ser sustituidos por seccionaleros analfabetos.
- ¿Qué es el freezer?
- Como dice su nombre, es el refrigerador, la heladera, el lugar donde se conservan los productos hasta que alguien abre y lo utiliza para su consumo. En el mercado laboral estamos hablando de las personas, de los funcionarios o empleados, en el caso del sector privado. Son las personas plenamente capacitadas para servir en el trabajo, pero que por una injusticia son relegadas a segundo plano...
- ¿Son los planilleros?
- No son precisamente planilleros. Como dije, ellos están plenamente capacitados para hacer cualquier tarea. Es más, yo diría que en numerosísimos casos son los que están mucho más capacitados para hacer una tarea con mayor eficiencia de los que están designados. Entonces, sus superiores, o por celo o por miedo de sus conocimientos o por intereses personales no permiten que ese personal desarrolle sus condiciones y, al contrario, desatan sobre ellos persecución, acoso sicológico laboral, hasta el punto de la humillación.
- ¿A usted le pasó?
- Exactamente. A mí me pasó. A muchos compañeros les pasó y les sigue pasando. Es una realidad cotidiana. Hay funcionarios de brillante trayectoria y currículum que, justamente por eso, o por coyunturas políticas, son marginados del trabajo normal. A mí me ocurrió una vez cuando trabajaba en el Banco de Fomento bajo la administración de Mario Luján Melgarejo.
- ¿Cómo fue?
- Fui a hacer un curso de perfeccionamiento en Inglaterra y al regresar volví con una gran ilusión de ser reconocido y ascendido. Además del dominio del idioma inglés, aumenté mi currículum profesional como para competir y ascender a mejores puestos.
- ¿Cuál era su cargo?
- Yo era jefe de una sección. Al volver de mi capacitación me relegaron sin explicación alguna, para sorpresa y frustración mía, al cargo de auxiliar. Entre el 2000 y el 2002 me volvió a pasar lo mismo. Conocí otros muchos casos patéticos, tanto en el sector público como en el privado, y eso me inspiró a investigar y a escribir sobre este calvario que enferma a las personas.
- ¿Enferma?
- Claro que sí. Es como un acto de violencia, de abuso laboral. Para sus autores no valen los títulos, la experiencia, la capacidad. Si no son de la confianza o la simpatía del mandamás de turno, el trabajador es relegado a una pieza. No se le da trabajo, pero sigue cobrando su sueldo.
- Vive de upa...
- Así puede pasar meses, años. Eso, con el tiempo, causa en la persona varias enfermedades y crisis –muchas de ellas graves– como úlcera, hipertensión arterial, separaciones de pareja, desmotivación absoluta, baja estima y depresión. La persona se aísla y de esa forma se cumple el objetivo del superior de desgastarlo fomentando así su despido indirecto. El funcionario termina por renunciar si no quiere morir física o síquicamente. Hay algunos que terminaron en el Neurosiquiátrico por esta afección...
- ¿Tanto así?
- La enfermedad que produce es conocida internacionalmente como mobbing (persecución de un grupo, de un sistema, a una persona). Fue denunciado en 1992 por la periodista inglesa Andrea Adams. Cuando tuve mi pasantía en Inglaterra me enteré. Ella propuso que esta forma de persecución sea reconocida como delito. Aquí en el Paraguay, los funcionarios bautizaron este problema como freezer, cateura, alcatraz, pensódromo...
- ¿Pensódromo, por qué?
- Porque no hacen más que pensar ahí. Hay un ejército de personas con excelente currículum y capacidad que pueden prestar un servicio formidable al país y que terminan como planilleros de lujo. Toda persona desea, más que desear, necesita dar una contraprestación a cambio de su salario, pero el sistema no lo deja. En la mayoría de los casos los jefes no se dan cuenta del daño que causan. Ocurre con profesionales de todos los órdenes. En los casos donde existen grados jerárquicos militar o policial a veces es peor. Se nombra a uno menos antiguo o a un familiar en los cargos de importancia.
- Debe ser humillante...
- Esta injusticia humilla hasta enfermar a los que hicieron carrera y se esforzaron por formar su currículum. Por razones políticas, personales, de amiguismo se tira a la basura el entrenamiento y capacitación de años de las personas, algo que pudo haber costado millones al presupuesto público o al privado.
- Pero ellos siguen cobrando normalmente...
- Ese es justamente el típico consuelo que dan otros compañeros a los que están en esa situación. “Por qué te preocupás si seguís cobrando”, es el típico consuelo que los relegados escuchan. Pero uno se siente ladrón cuando va al trabajo y nadie le da nada para hacer. Uno sabe que está en condiciones de rendir, pero se siente culpable de no hacer nada. Y eso con el tiempo –dependiendo de cuan fuerte sea la persona– le enferma. Es más, la intrascendencia laboral hace que la persona también se enclaustre, que la gente deje de saludarle, de respetarle, de dirigirle la palabra.
- Aparentemente, hay mucha gente feliz de no hacer nada...
- No crea. Es una situación muy fuerte. Se siente confusión. La víctima se despersonaliza. Se vuelve sumisa, obsecuente. En la lucha para no caer en el freezer otros recurren a la intriga, a la maldad para ganar figuración, como moneda de ascenso o permanencia. La solidaridad no existe. Internacionalmente se ha demostrado que este castigo causa muertes. En Argentina ya ha habido sentencias al respecto. En España, hoy mismo es todo un boom el enfoque de este problema.
- ¿No existe ninguna ley que prevenga esta situación, que garantice a las personas a competir en igualdad de condiciones?
- No existe. Un sicólogo puede dictaminar tranquilamente que una víctima se enfermó por causa laboral, pero no puede decir que le enfermaron en el trabajo.
- ¿Es como una tortura sicológica?
- Exactamente. Una legis- lación específica ya existe en Argentina, en Chile, España, en Estados Unidos. La legislación persigue a los culpables. No debe ser considerada como una enfermedad laboral. Cuando se destruye la autoestima se produce el efecto, síndrome de Estocolmo.
- ¿El que se produce en los rehenes?
- Sí. Tan desvalorizado uno queda que cree que la razón la tiene el victimario que actuó con violencia en su contra, es decir, aquel que le destruyó su carrera, aquel que le arrebató su futuro. Este es un tema que debe ser enfocado por sicólogos laborales. Es la única forma de reutilizar el personal para que rinda, para que la productividad de las empresas se incremente. Esta situación se puede enfrentar concienciando a la propia empresa. Además, la víctima tiene que cambiar su enfoque y adoptar una actitud diferente. Es bastante difícil volver a empezar.
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