¿Serán acaso la envidia o el despecho los que motivan este modesto y merecido antihomenaje a quien por años fue objeto de ofrendas onanistas en la penumbra cómplice de las salas de cine?
“La más limpita de las divas” se define ella misma, en cada una de sus deprimentes apariciones televisivas.
Isabel Sarli demuestra con ese leve toque de humor que no es absolutamente idiota, como podría pensar cualquier espectador que intente ver algo más que aquel inmenso y armonioso par de senos, que décadas atrás flotaba desafiante en cuanto lago, río, charco o arroyuelo encontraba en nuestra generosa geografía, con su productor, director, manager y único amor de su vida, Armando Bo.
Munido de un solitario y reiterado patrón argumental, el tal Armando pescó a la Sarli, recién salidita de un concurso de belleza, y la lanzó al estrellato cinematográfico, que duró mientras pudo vencer a la ley de la gravedad, en los últimos tiempos con la invalorable ayuda del peso de las aguas, que las mantenían flameantes y lavaditas.
Después de una primera aventura, en la que sumó la generosidad de un ricachón stronista a las ventajas de filmar en el Paraguay, donde los actores de reparto trabajaban por tres chirolas, los escenarios eran gratuitos y la estadía era a canje, Armando Bo adoptó nuestro país como plató mayor de su producción.
Las películas de Sarli se basaban en dos o tres escenas infaltables, el prolongado baño en las aguas patrias, una violación masiva por parte del proletariado de turno y una en la que la mina hacía gala de sus dotes actorales, reflejando en soledad el acoso de la lujuria.
El mismo Armando se adjudicaba el rol del galán recio, mientras pudo darle cuerda a su estampa; cuando se le aflojaron dientes, melena y musculatura, hubo de cederle el protagonismo a su hijo Víctor Bo, para pasar él a desempeñar roles secundarios, generalmente el de caficho.
En resumen, Isabel Sarli, además de haber protagonizado siempre el mismo y barato papel, con el aditamento de haber sido la peor actriz que conoció el celuloide, nunca tuvo otro mérito que el de su privilegiada anatomía, a la que explotó con escasísima elegancia y menor gusto.
Por alguna rara perversión sus películas se siguen pasando en los canales de televisión, quizás porque siempre queda algún público nostálgico de sus ratoneos adolescentes. Y estas reprises confirman que Isabel Sarli cada vez actúa peor.
No me explico con qué criterio el Espacio Cine de la Embajada Argentina decide hacer una retrospectiva de un material de tan mala calidad.
Si pretenden ofrecer una gala del cine argentino, lo mejor que pueden hacer con esos rollos de celuloide es acercarles un fósforo.
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pepa kostianovsky
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