Abrir las puertas al turismo es la contracara de la migración económica que aflige al país. En vez de mandar plata de afuera, de a poco y con sacrificio, hacer que venga gente a divertirse acá y nos pague, además.
El turismo es un lujo moderno, como la cirugía estética o comprarse un +plasma+. A fin de competir, cada sitio se esmera en ofrecer lo mejor para atraer clientes, que se pasan meses mirando el mapa o la internet y barajando opciones.
¿Está el Paraguay a la altura de otros polos turísticos que atraen millones cada año?
Para expulsar gente nos hemos arreglado bastante bien. Para atraerla, comparados con los centroamericanos, o con Brasil y Uruguay, estamos en pañales. Desechables.
Cuenta la tradición que en esta zona del Mercosur, aparte de los contrabandistas de antaño y los sacoleiros actuales, hay un turismo de fuga, sin parar a elegir entre aire de montaña o vista al río. La cosa es cruzar la frontera antes de que te atrapen.
¿Cómo hacemos para atraer turistas verdaderos y crear al fin una industria sin chimeneas?
En estos tiempos globalizados, la bellezas naturales -de por sí- no valen de nada sin la comodidad, la seguridad y el marketing preciso. Mire la cantidad de gente que viaja a Las Vegas o Disneyworld, ciudades de plástico, en medio de ningún lado, donde todo es artificial y plantado, y lo que se ofrece es variopinto, muchas veces, cuestionable. Fuera de la zona turística vive gente común, normal, trabajadora y sencilla, que jamás pisó un hotel o un casino, pero disfruta de esa fuente de divisas. Por todo el mundo hay montones de lugares creados con idéntico criterio: a falta de gran paisaje, farra y diversión en versión cinco estrellas, que pagan escuelas y hospitales, dando empleo para que mucha gente normal viva bien y algún día salga también de vacaciones a otro lugar más favorecido por la naturaleza.
¿Hay que tragar sapos y aguantar todo por los turistas? Y un poco sí, confiesan los que han tenido éxito, por ejemplo, europeos del sur u orientales de La Barra.
Como cualquier milagro contemporáneo, el turismo implica planificación, financiación y administración. Ciertamente en algunos casos habrá que marcar los límites. De acá hasta acá se puede hacer la fiesta inolvidable, en determinadas épocas. De acá hasta acá, se trabaja y se vive en familia. Sucede, no crea. No todo es jolgorio, ni siquiera en los desparramos turísticos juveniles que muestran por el cable en Wild On.
La decisión está en los habitantes de cada sitio. Le apuesto que no hay el mismo tipo de turista en Machu Pichu que en Ibiza, aunque todos gastan y aportan al fisco. Si queremos que vengan visitantes calmados, que no se desnuden en público, optemos por el segmento de tercera edad. En este caso, por cierto, debemos ofrecer algo más que límpidos arroyos y bungalows con aire acondicionado. Aun así, precisaremos hacer la vista gorda a transgresiones frecuentes y casi obligatorias en quienes pasan unos días en lugares donde nadie los conoce, ni puede chismorrear acerca de alguna canita al aire.
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