Dura fue la reconstrucción nacional luego de la Guerra de la Triple Alianza. La fundación de un Colegio Nacional vino a paliar la triste realidad de la educación en nuestro país. Los esforzados maestros paraguayos fueron apoyados por brillantes educadores extranjeros, que vinieron a sumarse a la titánica tarea de “rehacer” la patria.

El 14 de agosto de 1873, una ley del Congreso Nacional autorizó al Poder Ejecutivo a contratar en el extranjero profesores de docencia primaria y secundaria, con el propósito de mejorar el sistema de educación imperante en el país. En Asunción funcionaban algunas escuelas particulares y otras fundadas por el Gobierno nacional y los gobiernos municipales. Poco a poco, fue diseñándose y concretando una organización escolar básica.
Los primeros gobiernos de posguerra tuvieron que sortear grandes dificultades, en todos los órdenes, para llevar adelante su cometido. En lo que respecta a la educación, además de la escasez de recursos, la anarquía de los primeros años de la posguerra, el otro gran problema era la casi total ausencia de educacionistas.
Una escuela para la nación
Muchas cosas se le pueden achacar al presidente Juan Bautista Gill. Muchas. Desde inescrupulosidades políticas hasta desprolijidades económicas, pero, innegablemente, su trabajo en pos de una mejor educación es encomiable. Además de haber logrado la salida definitiva de las fuerzas invasoras brasileñas y la celebración de los tratados de límites que establecieron la frontera definitiva entre el Paraguay y el Brasil, desde la boca del río Yguazú hasta la desembocadura del río Apa en el Paraguay (la frontera aguas arriba hasta Bahía Negra, recién se hizo durante el ministerio de don Rogelio Ibarra, allá por finales de los años 20), consiguió la fundación del Colegio Nacional de enseñanza superior de la capital del país, cuna de los más grandes protagonistas de la intelectualidad paraguaya a caballo entre los siglos XIX y XX.
En este trabajo estuvo secundado por don Benjamín Aceval, entonces ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública y cuya estatua, con justicia, preside la entrada del más que centenario centro de enseñanza.
Dicha ley fue promulgada el 4 de enero de 1877 y autorizaba al Gobierno a fundar un Colegio Nacional de Enseñanza Superior, “el que será costeado con el cuatro por ciento adicional creado para ese fin por la nueva ley de Aduanas”.
Se constituyó una comisión encargada de percibirlos e invertirlos en dicho colegio y que estuvo integrada por el vicepresidente Higinio Uriarte, don José Falcón, don José Segundo Decoud, don Benjamín Aceval y don Próspero Pereira Gamba, poeta y educador colombiano radicado en el Paraguay.
Cuando en abril siguiente fue asesinado Gill, y Uriarte tuvo que asumir la primera magistratura, integró la comisión don Francisco Guanes. Como se ve, personalidades de primer nivel. Y con tales propulsores, no había mejor augurio para una institución señera que, duele decirlo, en los últimos tiempos no ha logrado honrar tan auspiciosos inicios.
Desde los confines de la patria
El 28 de agosto de 1877 se promulgó la ley que establecía las normas de funcionamiento del colegio y señalaba la orientación de la enseñanza a impartirse. Establecía, además, que la enseñanza sería gratuita y se crearon cincuenta y dos becas, cuyos beneficiarios tenían derecho a vivir como internados, en la casa de estudios y contarían, también gratuitamente, con las ropas, los alimentos y los útiles necesarios para el estudio.
De esa manera quedó fundado el Colegio Nacional de la Capital, cuyo primer director fue el mejicano José Agustín de Escudero, contratado por el Gobierno. El primitivo cuerpo docente quedó integrado por José Segundo Decoud, Benjamín Aceval, Leopoldo Gómez de Terán, Gastón Riviers, Eugenio Bertoni, José María Pérez, Pascual Vía, Facundo Bienes y Girón, Carlos Duval; Rodney B. Croskey, Ramón Zubizarreta, Cristóbal Campos y Sánchez, Domingo Giménez Martín y Luis Cavedagni. Como se ve, la mayoría europeos.
Estos grandes maestros nacionales y extranjeros fueron los que modelaron y moldearon la juventud emergente de la guerra. Gracias a esas becas, acudieron a las aulas del Colegio Nacional, brillantes, aunque humildes y descalzos campesinos de Mbuyapey, Barrero Guasu, Pirayú, Concepción, San Miguel, San Juan Bautista, San José de los Arroyos, como Eligio y José de la Cruz Ayala, Eusebio Ayala, Blas y Eugenio Alejandrino Garay, Manuel Franco, Guillermo Molinas Rolón, Agustín Pío, Francisco y Héctor Luis Barrios, Antolín Irala y numerosos otros nombres que sumaron los suyos a los de sus condiscípulos asunceños y juntos conformaron toda una generación de brillantes, como Manuel Gondra, Cecilio Báez, Emeterio González, Juan Cancio Flecha, Cleto Romero, Juan Emiliano O’Leary, Inocencio Franco, etc., etc., etc.
De mujer a mujer
Luego del nombre de Asunción Escalada, cuya actuación transcurrió en los trágicos años de la guerra del 70 y en la posguerra, señalando el camino a seguir; el de Rosa Peña Guanes de González brilla con luz propia.
Según una biografía escrita por la historiadora Beatriz Rodríguez Alcalá, doña Rosa Peña Guanes fue hija de don Manuel Pedro de la Peña otro gran maestro y doña Rosario Guanes; nació el 30 de agosto de 1843. Vivió en el exilio con su padre y se educó en la Escuela de Huérfanas de la Merced, dependiente de la Sociedad de Beneficencia bonaerense. Como fue una alumna aplicada, sus propias benefactoras le costearon sus estudios de magisterio y tuvo como maestro nada menos que a Domingo Faustino Sarmiento.
Cuando este ocupaba la presidencia de la Nación Argentina, le nombró directora de la Escuela de Niñas. Al concluir la guerra durante la presidencia de Sarmiento, doña Rosa vuelve a su país y con sus pocos ahorros funda una de las primeras escuelas privadas de la posguerra. Su modesta escuelita, poco tiempo después se convirtió en la Escuela Normal de Niñas, de donde el 31 de enero de 1879 egresaron las primeras maestras formadas en el país: Susana Dávalos y las hermanas Joaquina y Rafaela Machaín, esta última de destacada actuación durante la Guerra del Chaco. A estas siguieron muchas más.
Casada con Juan Gualberto González, cuando este fue ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública (después presidente de la República entre 1890 y 1894), Rosa Peña obtuvo que el Gobierno del presidente Bernardino Caballero creara 24 escuelas en numerosas ciudades del interior.
Falleció en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1899. Sus restos fueron repatriados en 1941. Según una ex alumna suya, doña Rosa Peña “no se limitaba a inculcar conocimientos, a instruir; ella iba más lejos, afanándose por modelar el carácter y la moral de los educandos, valiéndose para ello de la palabra y el ejemplo”.
Otras dignas continuadoras de la labor desplegada por doña Rosa Peña de González, fueron entre otras, las hermanas Speratti y María Felicidad González, pero a ellas nos referiremos más adelante.
DOS MAESTROS EXTRANJEROS
CRISTOBAL CAMPOS Y SANCHEZ. Maestro español llegado al Paraguay en 1877. Integró el primer plantel de profesores del Colegio Nacional de la Capital. Don Cristóbal era doctor en Ciencias Matemáticas y en Física y Química. En nuestro medio, además de la docencia, se dedicó al periodismo. Varios de sus artículos los firmó con el seudónimo de Perico de los Palotes.
Casado con doña Aurelia Cervera, era poseedor de una gran propiedad en las afueras de Asunción y fundador de la estirpe Campos Cervera en el Paraguay. Falleció asesinado cobardemente en una emboscada, cuando cabalgaba rumbo a su casa a altas horas de la noche, luego de impartir clases en el Colegio Nacional, el 29 de noviembre de 1889.
PROSPERO PEREIRA GAMBA. Maestro colombiano y uno de los mayores poetas de su país, llegó al Paraguay en la posguerra de la Tríplice. Pronto se destacó por su pluma y su cultura. Se dedicó al foro y a la educación, participando activamente de la fundación del Colegio Nacional de la Capital. En colaboración con otro maestro extranjero, Leopoldo Gómez de Terán, publicó un Compendio de Geografía e Historia del Paraguay, que sirvió, durante muchos años, como texto en los colegios y escuelas de la República, si bien tenía algunas imperfecciones, como lo anotó Blas Garay.Próspero Pereira Gamba fue, además, fiscal del crimen y fiscal general del Estado.
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