Francia ha ampliado el campo de la moral,
poniendo la inteligencia entre las virtudes
y la estupidez entre los vicios. De ahí su
superioridad sobre las otras naciones, su
tenue primacía.
E.M. Cioran
Domingo, 27 de abril de 1902. Hay elecciones en Saint Pierre, la ciudad más poblada de la isla de Martinica, colonia francesa del Caribe y cuna de Josefina, primera esposa del Gran Corso.
Lunes, 28 de abril. El intendente Fouché informa a los ediles que el candidato opositor recibió 4.482 votos, el oficialista 4.182 y el independiente 802. Les insta a lograr el voto independiente para el oficialismo en la segunda vuelta, que se realizará el 11 de mayo entre los candidatos más votados. Al edil Landes, profesor de ciencias naturales, le preocupa más que la Montagne Pelée esté humeando, por primera vez en los últimos cincuenta años. El intendente le dice que el volcán puede humear a veces, pero no debe desviar la atención de la campaña electoral: “¿o acaso quiere usted que la oposición gane?”.
Martes, 29 de abril. El volcán lanza nubes de vapor y su magma sube hasta el borde del cráter.
Miércoles, 30 de abril. Un periodista local escribe que hay “dos erupciones volcánicas: una en la montaña y otra en los ánimos de los políticos. Aquí una erupción de discursos, donaciones y promesas electorales; allá una erupción de humo y cenizas. El ‘volcán electoral’ hará de las suyas hasta el 11 de mayo, ¿pero el otro? ¿Quién puede predecirlo? ¡Esperemos lo mejor!”. El intendente recibe visitas todo el día. El profesor da una clase sobre erupciones volcánicas.
Jueves, 1 de mayo. La Montagne Pelée sigue humeando, pero el mar está en calma y hace buen tiempo, así que muchos isleños salen con sus botes para observar desde lejos el suceso natural. A algunos les parece que se abrió un segundo cráter.
Viernes, 2 de mayo. El periodista avisa que el próximo domingo habrá una excursión al cráter del volcán, organizada por el diario.
Sábado, 3 de mayo. Hacia las 02:00, se desata el pánico. El volcán echa humo y relampaguea por doquier. La mayoría de los pobladores van a la iglesia, donde el padre Clément les hace rezar el Credo, antes que nada. El intendente telegrafía al gobernador Moutet, quien reside en Fort-de-France, la capital situada a treinta kilómetros: “Preocupante erupción volcánica. Pánico en la población. Espero instrucciones”. Mientras las espera con los ediles, reunidos en sesión extraordinaria, el profesor sugiere evacuar la ciudad de inmediato; le dicen que la decisión compete al gobernador y que es impensable evacuar a 32.000 personas en plena campaña electoral, una semana antes de la segunda vuelta. El gobernador pide instrucciones al ministro de colonias Decrais y las recibe a las 12:22: “Elecciones más importantes que el volcán. Confío en que usted se ocupe de su desarrollo normal. Luego, luz verde para las medidas necesarias. El ministro”. A las 12:50, una corriente de lava devora a 32 personas en un ingenio azucarero ubicado a dos kilómetros de la ciudad. Cesa la actividad volcánica. El intendente informa al periodista de la respuesta parisina y le da un comunicado para el diario: “No hay motivos para el pánico. El volcán se ha calmado”.
Domingo, 4 de mayo. Pese al comunicado, se difunde el pavor. En la repleta iglesia, el padre sermonea sobre el tema “No olvides que eres polvo”.
Lunes, 5 de mayo. El volcán truena de continuo. Nubes de vapor y azufre cubren Saint Pierre. El profesor exhorta al intendente a que disponga la evacuación, señalando también que ya hay saqueos en toda la ciudad; se le responde que la evacuación se hará cuando lo disponga el gobernador y que pasarían peores cosas si ella se realizara en ese momento.
Martes, 6 de mayo. Monsieur Guerin, el director del ingenio azucarero, trastornado por haber visto el sábado a su esposa e hija carbonizadas por la lava, deja la isla tras pedir a gritos a la gente que huya.
Miércoles, 7 de mayo. El gobernador recibe un radiomensaje del capitán de un buque, dando cuenta de la rotura de un cable submarino, y un telegrama del intendente, en el que le dice que ya no puede serenar a la población y le pide que venga con urgencia. El gobernador se embarca, junto con su mujer, una “comisión científica”, un coronel y la esposa de este; llegan con sonrisas, saludando a diestra y siniestra. La comisión lanza un comunicado: “La ciudad y las aldeas circunvecinas no corren el menor peligro. El volcán ya ha expulsado toda la lava, la roca y la ceniza que podía expulsar. Ya no hay nada que temer”. El profesor vuelve a insistir en la evacuación; el intendente calla. El gobernador y el coronel asisten, con sus respectivas consortes, a una cena ofrecida por el intendente y su mujer; también concurren los miembros de la comisión. En la iglesia, el sacerdote imparte la absolución mediante un procedimiento abreviado. El profesor se apresta para abandonar la isla el día siguiente.
Jueves, 8 de mayo. A las 07:50, segundos después de sentirse una corriente de aire cálida y un fuerte olor a azufre, se inicia una tremenda erupción volcánica que matará a los 32.000 habitantes de Saint Pierre. El gobernador, el coronel, sus respectivas esposas y los miembros de la comisión, mueren en el mar. Sólo sobrevive el ladrón Joseph Jean-Marie, el único recluso de la ciudad, rescatado cuatro días más tarde, se salva porque desde el 28 de abril estaba en una profunda, húmeda y oscura celda de castigo, por haber insultado a un guardia. La segunda vuelta -prioritaria para el ministro de colonias- será suspendida por falta de candidatos y de electores; por lo demás, el sobreviviente no tenía derecho a votar.
(Versión resumida de una de las más de 3.500 historias extraordinarias contadas por Pierre Bellemare, desde 1975, en la radio y la televisión francesas. Ella podría haber sido recogida por los húngaros István Rath-Vegh y Paul Tabori, en sus respectivos libros titulados en español Historia de la estupidez humana (1950 y 1972). Sepa el lector curioso que el primero –juez– tituló su obra Az emberi butaság vilagtörténete y que el segundo – guionista– tituló la suya, con más claridad para el hispanohablante, The Natural Science of Stupidity”. Dicho sea de paso, es bueno que los ciudadanos convencionales colorados de 1992 no hayan invocado la historia aquí narrada cuando se opusieron a la segunda vuelta: hubiera sido estúpido porque el Paraguay no es una isla y carece de volcanes en actividad; tampoco es una colonia y –last but not least– sus autoridades son muy inteligentes. Aquí sólo hay “una erupción de discursos, donaciones y promesas electorales”, como diría el ignoto periodista de Saint Pierre, que no mata, sino que, más bien, engorda a algunos).
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