Las noticias de la corrupción aliada a la pretendida solidaridad que hemos tenido esta semana nos traen a la memoria el viejo refrán: “No tiene la culpa el chancho sino el que le da de comer”. Lo mismo -con perdón del cerdo- pasa con muchas de las ayudas “sociales” gubernamentales que de una u otra forma se dan a la gente “gratis”.
Claro que no es gratis, nadie alimenta al porcino doméstico para mejorarle el cutis, sino para meterlo en el horno. Similarmente, en nuestros países crónicamente carenciados y con enormes brechas entre ricos y pobres, la limosna viene con cola. Así provenga de los partidos políticos locales o del exterior, la moneda de cambio es la misma: plata por votos.
Sea cual fuere la ubicación del sitio a rematarse, en los mínimos escaños municipales de algún rincón perdido o en las prestigiosas y pulidas sillas de los organismos internacionales, un voto cuesta plata. Así fue en toda la historia de la humanidad. La corrupción no es cosa nueva. ¿o por qué le parece que Jesús sacó del templo a patadas a una serie de mercaderes?
El mundo es un juego de poderes, con fines diferentes, con objetivos distintos, pero en última instancia, el dinero es poder y el poder es dinero. La alternativa del diablo.
Mientras más pobre es el país, más sangrienta se pone la lucha, derechos elementales, como la salud y la educación, por ser tan escasos se han hecho muy valiosos. Por ende son elementos para chantajear sutilmente a la opinión pública.
La hipocresía conque los fines políticos se disfrazan de ayuda, dando como favor una migaja de lo que es un derecho, revuelve el estómago. Lo que es peor, corrompe a quienes reciben el pretendido favor, acostumbrándolos a agradecer algo, aunque sea una porquería, en tanto les venga gratis. Así se fomenta la haraganería, se inculca la idea de que los excesos de avaricia se perdonan si se reparte una millonésima parte.
La limosna en el semáforo y la criadita en casa.
El vaso de leche que suple la falta de almuerzo. El cuaderno para escribir en la escuela bajo el mango.
¿Se acuerda cuando a Stroessner lo justificaban con “roban pero hacen obra” y “el precio de la paz”?
Con el asistencialismo y la compra de votos se enseña a mendigar -y eventualmente, a asaltar cuchillo en mano y pasamontañas tapando la cara-. Ha llevado a la gente a situaciones extremas de pobreza que terminan en estallidos sociales ingobernables, salvo por dictaduras.
A los medios de prensa no nos hace simpáticos sacar a la luz los entretelones de los negociados. Pero es un comienzo, un atisbo de esperanza. Si se quiere, un llamado de atención de que la impunidad no es eterna.
Mal que les pese a los que preferirían mantener ciertos países quietos y analfabetos, la parte positiva de la globalización -la tecnología y los medios de transporte- juegan a favor de los pobres. El mundo cambia, y no es solo climático el calentamiento global.
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