Una de las necesidades más exigentes de las personas es tener identidad. A nivel individual, debemos llevar siempre nuestra ‘cédula de identidad’, en caso de que precisemos mostrar ‘quiénes’ somos.
Asimismo, una empresa debe tener ‘su’ identidad propia, un partido político también, una institución de enseñanza; en fin, todos deben tener su identidad específica.
No tener identidad es ser amorfo, apático, invertebrado, que se deja conducir por las conveniencias del momento, lo que tarde o temprano trae consecuencias desastrosas.
Lo mismo pasa con el cristiano, que ha de tener su marca propia en la vida de oración, que debe ser cultivada con perseverancia y buena temperatura, para un verdadero encuentro con el Señor.
En las relaciones con las cosas, ha de ser equilibrado delante de los bienes materiales, de la comida y bebida.
Al relacionarse con los demás ha de recordar siempre la máxima de Jesucristo: “Todo lo que ustedes hacen al menor de mis hermanos, a mí lo hacen”. Por lo tanto, no sirve cualquier chamburreado espiritual para que uno sea cristiano auténtico.
Jesús nos enseña en este Evangelio el mandamiento nuevo: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros, así como yo los he amado”.
Es nuevo en el sentido de que es universal, no debe contemplar solamente personas de nuestra familia o nuestro clan; además, procura dar prioridad a los enfermos, débiles y desempleados.
Es también un amor perfecto, porque se extiende hasta a los enemigos, a las personas que nos caen pesadas, brujas, arpías y desconsideradas.
El fundamento de este amor es Jesucristo: “Así como yo los he amado”. El es el fundamento y la medida.
Entonces, no depende tanto de la simpatía personal que el otro inspira o no inspira, pero hemos de quererlo porque Jesucristo lo quiere, hemos de ayudarlo, porque Jesucristo lo quiere ayudar.
Y la fuerza interna para este amor heroico nos viene justamente de la resurrección de Cristo. Esta capacidad de amar nos es regalada como don que inunda nuestro corazón y que hace posible vivirla, a pesar de todas las imperfecciones humanas.
Así, un cristiano que tiene real identidad de cristiano establece nuevas relaciones con los demás, basadas en la honestidad, cordura y sentido de corresponsabilidad social.
Hace parte de esta identidad compartir los recursos que se tiene, asimismo, los talentos recibidos, y de esta manera, todos colaboramos para vivir desde ahora la experiencia de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no hay lágrimas, ni quejas, ni dolor. Paz y bien.
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Hno. Joemar Hohmann
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