Durante la dictadura de Alfredo Stroessner, la seguridad en el interior del país era responsabilidad de las alcaldías policiales. En la colonia Santa Teresa, los colonos brasileños conocieron de cerca la prepotencia de los alcaldes. La fuerza de seguridad pública se organizó ahora en la figura de Policía Nacional. Cambiaron de nombre para actuar con la misma soberbia.

La colonización cambió por completo la geografía de la región fronteriza con Brasil. Poblados de inicios modestos se convirtieron en prósperas ciudades con el paso del tiempo. En la foto, calle principal de La Paloma en 1973.
A mediados de los años 50 del siglo pasado, la empresa brasileña de Jeremías Ludarnelli – conocido en su país como “el rey del café” - advirtió la posibilidad económica de las tierras fronterizas con el Brasil. Comprando “un poco” acá, “otro poco” allá, se hizo de casi 500.000 hectáreas repartidas entre los departamentos de Alto Paraná, Amambay y Canindeyú (En los documentos oficiales de la época el departamento figuraba como Canendiyú. El error fue enmendado mucho tiempo después). Lunardelli divide la inmensidad de sus tierras en varias fincas para revenderlas a sus compatriotas cuyas empresas actuaban como inmobiliaria.
En los inicios de los años 60 nacieron las primeras colonias privadas, autorizadas por el entonces Instituto de Bienestar Rural. Diecinueve de esas colonias administraban una superficie de 488.229 hectáreas. Encabezaban “Yguazú” con 87.762 Ha.; “Carapá” SRL 71.700 Ha.; “Paraguasil”, 36.528; “Sonmerfeldt”, 33.845 Ha; “Greco Paraguaya”, 26.526 Ha.
Estas empresas, autorizadas por el gobierno paraguayo para colonizar sus propiedades, cumplían con este requisito, pero luego de extraer las mejores maderas y venderlas al Brasil. Solo con este negocio multiplicaban su inversión. Venía después el loteamiento, también para sus compatriotas a quienes, pese a la especulación, el precio todavía les resultaba conveniente, no así para los agricultores paraguayos. Pero aunque algunos de estos tuviesen el dinero, las tierras se ofertaban con exclusividad a los brasileños.
Fue así que desembarcó en nuestro país el greco-brasileño Euthymios Ioanidis. Decía representar a un grupo de inversionistas, interesados en ayudar los esfuerzos del gobierno nacional “encabezado por el patriota ejemplar, su excelencia el general de ejército don Alfredo Stroessner”. Con esta credencial accedió a los pasillos del poder donde se encontró, entre otros, con el poderoso ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, que pronto habría de prestarle invalorables servicios.
Con semejante apoyo, Ioanidis inició sus tropelías contra los confiados colonos que llegaban a raudales en busca de la tierra prometida. Nunca la encontraron, y si la hallaban, era al precio de la represión más despiadada. La “culpa” de estos colonos no era muy grave: solo reclamaban formalizar la compra-venta de sus parcelas. Estos reclamos aumentaban desesperadamente cuando aparecían otros colonos que decían ser los nuevos propietarios de esa misma tierra ya ocupada y trabajada.

Ya no se encuentran troncos como el que se observa en la fotografía, salvo en parques nacionales.
Frente a esta situación se organizaron en torno de una “comisión”. El peligro común les animaba a defenderse desde la unidad para reclamar ante las autoridades nacionales. Comenzaron a venir a la capital. Hicieron su parada obligatoria en el Instituto de Bienestar Rural y de paso visitaron la redacción de este diario. Las primeras publicaciones, como era de esperar, enfurecieron a Ioanidis. Acompañado de su abogado estuvo en esta casa para objetar las acusaciones. Se presentó manso, generoso, solidario con los colonos. Solo se despachó contra dos de los dirigentes a quienes acusó del “delito” entonces de moda: comunistas.
Tan pronto hubo regresado a su feudo, el greco-brasileño se ocupó personalmente de suprimir, mediante el acoso, la comisión que pretendía el reconocimiento de sus derechos.
Obtuvo de su amigo el ministro del Interior, que un puesto policial se instalara en Santa Teresa. Los efectivos policiales tuvieron su primera y casi única tarea: apostarse en la cabecera de un puente, único acceso a la colonia, para impedir que nadie entrara ni saliera sin el permiso del patrón.
La caída de la dictadura no mejoró la suerte de los colonos. Ya no estaba Montanaro, pero el greco-brasileño seguía amparado en su dinero y su arbitrariedad, con los que consiguió inmovilizar de miedo y de terror a los agricultores que desde hacía años trabajaban en su propia tierra, pero seguían siendo de Ioanidis.
Próxima nota: Con la ley en la mano.
Alcibiades González Delvalle-Roque González Vera
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