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Artes nupciales

Martha Amy de Filártiga es modista de alta costura. Rosa Filártiga de Doria es una joven diseñadora de modas. Madre e hija trabajan juntas, combinando experiencia y actualidad. Martha, con 48 años de casada, deja fluir nostalgias; Rosa –recién casada– mira hacia el futuro. Dos mujeres muy unidas que siguen el mismo hilo de una historia familiar.


Asociada con su marido, Rosa Filártiga de Doria dirige un par de reconocidos restaurantes de nuestra capital. Aunque la gastronomía ocupe la mayor parte de su tiempo, Rosa destella pasión cuando habla de su profesión. “Estudié diseño de modas en la Universidad del Norte (Buenos Aires) y terminé aquí, en la Universidad Artística y Politécnica. Elegí mi carrera libremente, yo crecí entre telas; me fascinaban los colores y las texturas. Aquí es imposible vivir del diseño, así que por ahora es un hobby; mi fuerte es asesoramiento y accesorios para novias y madrinas”, expresa. Rosa hizo 5 años de carrera y uno de tesis. A modo de legado, creó un libro de historia de la moda. “La historia es la base de la moda. Hablar de moda es hacer un recorrido por las guerras, las batallas, la situación de los países. A mí me gustó especialmente la segunda década del siglo XIX (cuando aparecen la máquina de coser, la anilina), una época en que la mujer pasó de la incomodidad a la comodidad. Se hacen a un lado los grandes armazones y se le da importancia a la higiene. El siglo XIX sorprende con los vestidos de jersey, las chaquetas y pantalones para la mujer. Toda una revolución”, dijo.

-¿Cuándo adquiere valor la costura femenina?

-No tan rápido. Pero en ese siglo es cuando el diseño y la confección de vestidos de las nobles toma distinción. Antes eran las esclavas las que cosían los vestidos de sus señoras, todo a mano y en la casa. Como era una sociedad machista, el trabajo tenía reconocimiento social solamente si lo hacía el hombre. El primero en abrir el mundo del diseño y la confección fue el francés Worth. Las damas empiezan a ir hasta el taller del diseñador.

-Tu vestido de novia también tuvo un aire antiguo.

-Soy una clásica romántica empedernida. Mi vestido es muy sencillo, confeccionado en un shantú color champagne. Son dos piezas, un corsé y una pollera con encaje chantillí encima. El vestido no tiene bordados. El único detalle que usé fue un broche de platino y diamantes negros, y un anillo enorme, con forma de una estrella de mar, cubierto de brillantes.

-¿Como las aristócratas de antaño?

-Era la idea. Yo heredé las joyas de una tía uruguaya que se casó con un duque que pertenecía a la nobleza italiana de los De Lucci. Ella no tuvo hijos y me dejó sus prendas más queridas. En su testamento especificó que las joyas tenía que usarlas el día que me casara.

-¿Y viviste condicionada por las joyas o por el casamiento?

-(Sonríe) De chiquita pensaba cómo iba a ser mi vestido de novia. Cumplí el sueño de casarme como una princesa. Creo que es lo que quieren todas las mujeres.

-Tus adornos nupciales son un lujo para nuestra sociedad de mucha plebe y poca nobleza.

-La fiesta fue una expresión de mi felicidad, que no es material, es un estado mental. Mucha gente no puede celebrar su casamiento como el consumismo obliga, pero creo que todas las novias son felices cuando eligen al hombre de su vida.

Cortadas por la misma tijera

Martha (68) ha sido para Rosa (31) un ejemplo a seguir. Martha fue una madre compañera que supo enseñar el amor a sus hijos (3 varones, 1 mujer y 4 hijastras). Uruguaya de cuna, llegó hace 48 años al país, enamoradísima de su marido (dirigente de la Asociación Paraguaya de Fútbol). Martha relata que dejó todo por su esposo. Su madre, una médica, no la dejó partir sin un título para defenderse en la vida. “Quise ser médica como ella, pero no pude esperar tantos años para casarme; así que estudié costura apoyada por una tía que fue una modista muy famosa en Montevideo (llegó a vestir a Eva Perón)”, dice. Desde hace más de 40 años Martha crea vestidos para novias paraguayas. Recuerda muy bien la época en que Paraguay era famoso por sus telas y muchas novias venían del extranjero para hacerse aquí sus vestidos. “Llegué a tener un taller con 16 empleadas; ahora el mercado se uniformó, pero el buen gusto siempre busca la originalidad”, expresa. Sentimentalmente, Martha y Rosa comparten un destino calcado: las dos se enamoraron de hombres divorciados, y no pudieron celebrar la ceremonia religiosa. “Pero Dios hace los caminos”, afirma Martha, quien –15 años atrás– se casó por la iglesia, con bombos y platillos, en una fiesta organizada por sus propias hijastras. Rosa también cree que una fuerza superior nos guía. Ella anhela tener sus propios hijos y continuar la excelente relación que tiene con los 3 hijos de Hugo. Madre e hija aconsejan a toda novia: “Para ser feliz, poner siempre el amor en primer lugar”.


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Ultima actualizacion:
03/06/2007 00:00:00