Es increíble la poca o falta de conciencia que tenemos todos con las personas con discapacidad física, y ni hablar de instituciones de referencia como la Iglesia Católica. Aunque la Constitución Nacional lo establezca (Artículo 46 de la Igualdad de las Personas, y 58 de los Derechos de las personas Excepcionales) ni por asomo, los tenemos en cuenta.
Lo viví –como se dice– en “carne propia” y sentí hasta cierta vergüenza con José Acosta, que es argentino e hijo de paraguayos, con discapacidad física. Habla guaraní como pocos extranjeros y soñó desde su silla de ruedas con llegar hasta Caacupé. Lo hizo, llegó, pero lo más difícil fue entrar. Porque ya en la Basílica, el centro de la comunidad católica paraguaya y sitio histórico del país, al parecer la santa patrona le hizo más largo que de costumbre el peregrinar, pues la Basílica no cuenta con una rampa de acceso para quienes deseen ingresar por la explanada principal.
José sufrió la falta de conciencia de arquitectos, ingenieros y por qué no de la gente, y tuvo que conformarse con ingresar por detrás a través de una entrada preparada para los miembros eclesiásticos, que –por cierto– también estuvo candadeada.
Tales discriminaciones ya no deben admitirse, aunque a todos se nos pasó por alto esos artículos tan claramente definidos en la Constitución. O vamos a negar que en nuestras mismas casas y en muchos edificios no hay infraestructura que colabore con la integración social de estas personas, que tienen igual derecho que todos nosotros.
Lo de Caacupé es sólo un mínimo de ejemplo de que aquí nunca existió, y pasará mucho tiempo para que exista igualdad de oportunidades, de acceso. Y si les es difícil ingresar a un templo religioso, imagínense formar parte de una institución pública con todas las letras. Ecuador y Costa Rica son ejemplos de que los discapacitados también pueden.
Las comparaciones son odiosas, pero a veces ayudan. Los ecuatorianos tienen como vicepresidente a Lenin Moreno Garcés, licenciado en Administración Pública y Sicología, con discapacidad física para caminar. Se desplaza en silla de ruedas, pero no es obstáculo para que su inteligencia e intelectualidad sirvan al desarrollo de su país. El Gobierno de Costa Rica acreditará en unos días más a Esteban Arias Monge, abogado, de 31 años, no vidente, como su nuevo embajador en nuestro país. Me pregunto si este joven estará enterado de que en nuestro país los mecanismos e infraestructura a favor de los discapacitados no funcionan.
Recientemente, ¿algunos de ustedes escuchó a un presidenciable o aspirante a cargo público invitar –por lo menos– a una persona con discapacidad para integrar sus listas? Yo, no. Ojalá tomemos el ejemplo de esos pueblos latinoamericanos.
¡Feliz domingo!
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