A medida que crece la cultura visual, crecen las obsesiones estéticas. Hoy podemos ver todo tipo de propagandas fomentando la delgadez femenina, como si pudiéramos comprarla de un día para el otro en cualquier tienda.
Revistas con dietas mágicas, gimnasia sin esfuerzo, inyecciones y comida sin gracia, siguen siendo los imanes para las gordas que sueñan con ser flacas y para las flacas que, paradójicamente, quieren desaparecer para ser vistas al fin.
Cuidar la salud es una muestra de inteligencia. Ahora, que mujeres con cierta formación se traguen cualquier mentira publicitaria es porque no quieren enfrentar el rollo de su verdad. La verdad duele, dice una frase popular. Duele saber que heredamos genéticamente lo que no nos gusta, duele saber que engordamos por problemas psicológicos y duele –hasta los huesos– saber que quizá seremos gordas gran parte de nuestros días sobre esta Tierra tan redonda.
Ante el drama, pagamos gustosas por oír otra vez el cuento de la mujer delgada como un junco, moviéndose en las praderas de una moda cada día más torturadora y militarizada.
Muchas mujeres presumen haber conquistado más espacio que las de antaño, sin embargo, la preocupación estética las reduce intelectualmente y los espacios logrados gracias a la lucha de “las sin corpiño” están siendo ocupados por murgas de siliconadas que colaboran a la destrucción de la naturaleza femenina.
En la modernidad marketinera, la de rostro sonrosado fue sustituida por la mujer pálida que asegura correr todo el día (aun en “esos días”) sostenida con un yogur light, una ensalada y, lo último del mercado: las vitaminas femeninas. Las mujeres quieren ser bellas y lo relacionan con no ser gordas, lo que para los machos latinos constituye un grave atentado a la raza y a la prolongación de la raza. Las anchas caderas de la fecundidad fueron otrora un orgullo regional. La disconformidad mal encarada lleva a matarse de hambre y nunca alcanzar la delgada línea rosa.
Si usted piensa que siendo flaca será feliz, revise sus ideas y su árbol genealógico. Acéptese. Llore. Consulte a su confesor. Paso siguiente, empiece a comer sano, haga ejercicios normales y que le importe un rábano cuántos kilos bajó su vecina o su amiga. Céntrese en su personalidad. Vístase con lo que le favorezca, deseche los pantalones apretados y las blusitas para nenas de 14 (recuerde que por más que apriete por un lado, el cuerpo se escapará por otro. Físicamente es así). Probablemente, después de conocerse, se sentirá muy mal, pero se acostumbrará tanto a usted misma que llegará a quererse.
Dejar de engañarse es la mejor manera de empezar a adelgazar. También puede ocurrir que, al final, esté perdiendo su tiempo porque en realidad no está gorda y solo tiene unos kilos sobre su peso normal. Hagamos mejor una cura desde y para nosotras mismas, y no para encajar en un estereotipo colectivo insalubre.
Ser linda y atractiva puede ser igual a ser como somos. Basta de comerse la angustia cuando todo está naturalmente bien. Si ya pasó los 40 y batalla por ser tan delgada como las modelos, ríndase; esas muñecas no existen y, si existen, muy pocas llegarán a su edad.
Lourdes Peralta
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