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LA CANASTA MECANICA

Hechizos y amarres de amor­

La gente se enamora porque necesita enamorarse y porque la otra persona está cerca, es decir, aparece en nuestro entorno. Así de simple. Conocemos al amor de mi vida en el vecindario, en la facultad, en el trabajo, en un chat, durante un viaje o en la casa de un familiar o amistad. Es medio difícil enamorarse de un ardiente esquimal con el cual nunca tuvimos contacto, o de una exótica geisha japonesa, tan lejana como desconocida. ­


De acuerdo a una teoría que estoy elaborando a escondidas, por algún motivo que todavía no lo tengo resuelto, de cada tres enamoramientos dos resultan un fracaso. El espanto sucede cuando el objeto de amor es un desastre de persona o se trata de alguien absolutamente impasible a las sangrientas heridas del sufrido corazón que flechó.­
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Y en lugar de amor deviene el sufrimiento. La tragedia puede envolver al caballero gentil como a la graciosa dama, a la bella jovencita y a la señora mayor, al péndex musculoso y al lecayá que intenta disimular sus años.­
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Los amores desdichados no perdonan la vida de políticos y futbolistas, de modelos y secretarias, de policías y robacoches, de nicanoristas y luguistas.­
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A quien cae en la trampa fatal de un amor no correspondido, los expertos le sugieren rumbear silbando bajito para otro lado. Pero si se le ocurre obstinarse en la testarudez propia de quien recibió el flechazo equivocado, es probable que empiece a interesarse en fórmulas de encantamiento erótico, amarres y hechizos de amor. Sobre todo si su caso está en la línea de los considerados obsesión fatal. Mi sano consejo es evitar en lo posible visitar a la pruebera, la consulta a las videntes, adivinas, cartománticas, etc., que suelen aumentar el malestar y disminuir el dinero del bolsillo.­
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Encontré mucha tilinguería publicada sobre el tema. Una de las que más me divierte es la que figura como ritual practicado por amantes contrariados de la península Malaya. Recomienda que en las noches de luna llena, cuando la luna se trepa roja y enorme en los cielos, se ponga usted de pie (el dedo pulgar del pie derecho encima del dedo pulgar del pie izquierdo) y diga en voz alta: “Alma de (aquí va el nombre), ven y camina junto a mí, ven a dormir conmigo, comparte mi almohada”. Repetir eso tres veces y, al final de cada repetición, sople a través de su mano derecha cerrada. El libro no consigna una línea sobre los resultados, pero se sabe que los malayos no son amigos de llevar estadísticas, como también es de conocimiento público que la gente enamorada no correspondida no le hace ningún asco al ridículo, aunque sea el más absurdo de los absurdos.­


Carla Fabri

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08/07/2007 00:00:00