En Paraguay decimos que la naturaleza es linda porque no nos cuesta ningún esfuerzo, simplemente está. Asunción, que debió haber sido una ciudad arbolada con arroyitos y casas coloniales, en cambio es un infierno de basura.
Después de los millones de mangos que el año pasado se pudrieron en todas las ciudades, creemos que hoy las municipalidades tendrán ya trazado un plan para mejorar el servicio de recolección. Además del mango, otros árboles nos traen dolor de cabeza. Desde este espacio agradezco al genio del paisajismo urbano que introdujo el famoso “árbol sombrilla”. Se comenta que fue traído de alguna playa brasileña. Imagino el deficiente pensamiento: “Este lo que va a quedar lindo en Paraguay, porque tiene linda sombra”. Y como acá solo las malas ideas prenden, la especie fue adoptada por una muchedumbre que ni caso hace del montón de hojas desparramadas por toda la cuadra o sobre el patio del vecino. ¿Para qué traer otra especie, si ni siquiera cuidamos las que tenemos? Amar la naturaleza es cuidarla, respetarla y organizarla.
Los árboles son seres hermosos y generosos. ¿Por qué habrá tantas protectoras de perros y tan pocas de árboles?
En algunos países, el otoño es una estación bellísima. Sin embargo, para nosotros, raza lenta para la escoba, el otoño no suma más que mugre infinita de hojas que retienen bolsas de súper, botellas de plástico, restos de cigarrillo y papeles higiénicos, entre otras variedades de basura.
¿Quién se hace responsable por toda la basura en las plazas o en el medio de la cuadra? Al viento ya han condenado, pobre viejo.
El compromiso tiene que ser entre las autoridades y los vecinos. Nada cuesta mantener limpio el frente de la casa, lo que (admiren mi inteligencia) sumado al de al lado y al otro y a otro más, hacen un barrio saludable y habitable. ¿Cómo logran ciertas ciudades del mundo tener barrios tan lindos? No sólo porque aplican reglas e impuestos, sino porque hay una identificación lugareña; la gente siente vergüenza de ser sucia y no participativa. Mientras que a nosotros nos resbala, tiramos la basura al raudal o replicamos enojados “¡esa no es mi basura, yo no tiré!”. Soy testigo de que obreros municipales (por lo menos en mi barrio) limpiaron muy bien la plaza y, al día siguiente, la gente comenzó a ensuciarla. No es ningún “problema cultural del paraguayo”. Es caigüetismo, mala educación y mediocridad.
Las plazas son un tesoro que no merecemos. Acá se plantan árboles sin planificación, se tira basura, se rompen y se roban las hamacas, se acaba con los hábitats naturales para construir shoppings y supermercados con plazas artificiales. Qué saludable. Y después decimos “a mí me encantan los pajaritos”.
Me despido con esta anécdota de una compatriota. “Fulana Guaya” vivía en Europa, en un coqueto edificio de 4 pisos; allá hay que separar la basura (orgánica e inorgánica). Una medianoche la escuché decirle a su hijo de 7 años: “Andá a llevar la basura, tirá nomás todo mezclado, total nadie va a saber que fuimos nosotros”. Minicuestionario: a) ¿Usted haría lo mismo?, b) ¿Es una viveza tirar la basura cuando nadie nos ve? y c) ¿Quién creerán los vecinos que cometió el delito?
Conteste con sinceridad. Continuamos otro día. Naturalmente, si le interesa el tema.
Lourdes Peralta
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