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PERSPECTIVAS

Esclavitud moderna

La prostitución paraguaya en el extranjero, lejos de ir disminuyendo, a pesar de los tratados, convenios y cuanto rejunte de firmas exista, va en aumento. Es triste ver a jóvenes compatriotas denigrarse y formar parte de ese “negocio” del que muy pocas salen. Y si lo logran, cargan con secuelas insuperables.


Mientras las expectativas de bienestar social y de trabajo son nulas en nuestro país, Buenos Aires, y últimamente España, se convirtieron en el epicentro más próximo de la prostitución paraguaya.

Caminar por las avenidas de la capital porteña y ver a muchas de nuestras compatriotas ofreciendo sus “servicios” resulta ya como algo “normal” para los transeúntes.

La falta de políticas claras para el desarrollo social por parte de los gobernantes, la agudización de la pobreza, el difícil acceso a la educación y la escasez de la enseñanza de valores en los núcleos familiares empujan con fuerza a muchas mujeres a ingresar a las redes de prostitución.

Según la Organización Internacional de Migraciones (OIM), de unas 500 paraguayas, el 52% va a Argentina y el 25% a España. Del número que va a Argentina el 80% se distribuye por el Gran Buenos Aires y La Plata. Estos números no son más que el reflejo de la fragilidad de nuestras leyes, las injusticias y la dejadez de nuestras autoridades.

Algunos concluirán que estas mujeres trabajan en “eso” porque quieren; sin embargo, a diferencia de otros tiempos en los que se caracterizaban a las prostitutas como “mujeres fiesteras por adopción”, por esta época no se puede decir lo mismo. La fuerte necesidad económica las lleva a tomar esa vida de poca moral y denigrarse a sí mismas vendiendo sus cuerpos. Para ellas la necesidad obliga, la indigencia acecha y la vida digna se esfuma.

Queda claro que para estas mujeres no existe “Secretaría de la Mujer”, y que el Gobierno no tiene la intención de mejorar la calidad de vida de cientos de mujeres de entre 14 y 25 años.

¿Qué ha hecho la Secretaría de la Mujer? Repartir panfletos en aeropuertos y terminales de ómnibus a mujeres que apenas saben leer, emitir millonarios anuncios televisivos a mujeres que no cuentan con una TV y viven en la extrema pobreza, realizar jornadas de trabajo en hoteles con cafecito y bocaditos de por medio. La prostitución les ha ganado la pulseada.

Holanda -un país de Primer Mundo- experimentó la legalización de la “profesión más antigua del mundo” y fue un total fracaso, según sus mismas autoridades, pues no pudo evitar el ingreso ilegal de las drogas, la prostitución de niñas y adolescentes, y la creación de las mafias en las zonas rojas. El Senado argentino recibió dos proyectos de legalización, que podrían “favorecer” a estas trabajadoras luego de cierto año de laburo en las calles y lupanares, entre tanto nuestras representantes se dedican a repartir panfletos.

Aunque no es fácil saber el número real de víctimas, lo que sí es de resaltar es que la prostitución se convirtió en el tercer negocio más rentable del mundo, detrás del tráfico de drogas y armas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se calcula un ingreso estimado en la bonita suma de 32.000 millones de dólares anuales, distribuidos entre los vulgarmente conocidos “cafichos”.

Pero pongámosle un toque feminista a esto y una reflexión que proviene del mismo sector masculino. Peter Szil, un húngaro experto en sexualidad, declaró a argenpress que “la prostitución no es un problema de mujeres, sino de hombres que la causan”. Entonces ¿es culpable el que ofrece o el que procura los “servicios”?

Ya decía Sor Juana Inés de la Cruz “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis...”.

¡Feliz domingo!


Viviana Benítez Yambay

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22/07/2007 00:00:00