No es novedad que estamos en época de plena campaña preelectoral en nuestro país. Mientras se suceden los acuerdos y desacuerdos en todas las carpas (concertacionistas, oficialistas, opositoras y también las de circo, ya que estamos), tímidamente la figura de la mujer asoma como única golondrina tratando de hacer primavera.
Es característico ante este tipo de situaciones que las entidades defensoras de los derechos de la mujer se pronuncien al respecto y, cual efecto dominó, se produzca la moda de respaldar cualquier intento de dar protagonismo a toda fémina que pretenda acceder al poder por medio de las urnas.
De hecho, las organizaciones de ayuda internacional exigen antes de emitir financiación que el componente género esté en todos los emprendimientos de desarrollo. Así, se suceden charlas, foros, simposios, talleres que intentan instalar la “visión de género”, frase bastante prostituida a estas alturas de la vida politiquera del Paraguay.
Un ejemplo de este fenómeno es el Centro de Liderazgo Femenino impulsado por la Secretaría de la Mujer, que –según la institución– “se constituye en una de las principales acciones enmarcadas en el II Plan Nacional de Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres 2003-2007”; todo ello para que Paraguay se destaque en el año 2008 por la creciente participación de la mujer en las esferas de poder, que propongan liderazgos positivos y que impulsen el cambio para construir un país mejor.
Pero hete aquí que en la danza electoral –de este y el próximo quinquenio– seguimos con un predominio machista de la política y ojo que no me refiero precisamente al predominio de varones en los cargos electivos, sino a que quienes están ahora en el poder son unos gerontes de la idea de la participación femenina y en vez de ceder sus lugares a mujeres capaces se niegan a retirarse a cuarteles de invierno.
En medio de esta situación aparece la, hasta ahora, débil participación de Blanca Ovelar, precandidata a la presidencia por el Partido Colorado. Si la miramos con el objetivo de hacer historia y de instalarla como la primera mujer presidenta, el entusiasmo se enciende rápido. Pero si la miramos desde su calidad y capacidad –a todas luces mejor formada que otros para el cargo dentro de su partido– veremos aún escasa convicción en su discurso y en sus propuestas.
Puede que su inexperiencia en la arena política todavía la muestre como una mujer sin fuerzas y hasta diría tímida, pero arriesgaría a decir que su punto flaco tiene mucho que ver con el hecho de representar a un partido tradicionalista y culturalmente retrógrado, donde los pantalones son capaces de formar fila disciplinadamente con la misión de impedir el protagonismo femenino.
La coyuntura política hace que Ovelar incursione forzadamente dentro de la gerontocracia política donde lo nuevo ya es poco tolerable y lo femenino lo es mucho menos.
Pronto veremos si la cúpula gerontocrática del coloradismo está dispuesta a ingresar al Siglo XXI con ideas renovadoras o a permanecer anclado definitivamente en el pasado.
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