Acabo de despedir a un amigo y colega que vino a visitarme. El se quedó encantado con el solecito en estas mañanas frías, las charlas y los mates, los pajaritos cantando entre los árboles. Me sentí orgullosa de que apreciara la sencillez de la ciudad donde vivo. Pero pasadas las horas, la temida pregunta llegó: “¿Qué hay para ver en Asunción?”.
Fui directa y le contesté: “Te voy a mostrar Asunción en sí misma”. Al día siguiente partimos hacia el centro para ver la parte antigua. Fuimos en colectivo, no sin antes advertirle que aquí hay que ser acróbata ruso para subir y bajar, y que Schumacher tomó clases de manejo con nuestros choferes. Cachaca de fondo, el viaje resultó típico: no faltaron los vendedores, los niños que piden ni las 4 paradas en cada cuadra. En el centro, desde la calle Brasil bajamos hacia el centro por Eligio Ayala, para ir viendo las lindas casonas antiguas. Llegando a la plaza Uruguaya, nos topamos con las improvisadas carpas de los indios que están ahí desde hace 2 meses, reclamando tierras. “¡2 meses! ¡mirá esos chicos en el frío!, ¿esas cajas son los baños? ¿Qué comen? ¿Por qué el Gobierno no hace nada?” “¿Y la prensa?”. Mi blanco amigo, con aire de investigador, quiso caminar entre las carpas. Lo detuve, yo no tenía ganas de parecer una periodista del National Geographic. Discutimos. “Sos una insensible”, apuntó con cierto enfado. Calmados los ánimos, seguimos caminando. Visitamos la Catedral y la Universidad Católica, donde yo estudié. “¡Qué paredes tan limpias, ¿los universitarios no se quejan de nada?”. Caminamos un poco más y nos arrimamos a mirar la Chacarita. “¿Por qué una villa está tan cerca del centro? ¿Aquel edificio es el Congreso?”. Era el Congreso, ahora es un museo. “Ah, vamos, me gustaría conocerlo”. Entramos. Unos tipos trajeados nos preguntaron de dónde éramos y nos pidieron dejar las mochilas (¿?). El “guía” era un veinteañero de poco entusiasmo museológico. Aburridísimo. Una cuadra más adelante le mostré el edificio del nuevo Congreso, construido con la plata de los chinos. “Claro, por eso sale tanto esa señora china en el diario”, dedujo. En la placita había otros indios reclamando y gritando que “el pueblo unido jamás será vencido”. Nos detuvimos un rato para observarlos antropológicamente. Después, sobre Palma, compramos chipa frente a La Riojana y miramos cámaras electrónicas en los negocios coreanos. Así fue su primera mañana en Asunción. Los días siguientes no dejó de asombrarse por nuestras cotidianidades. “¡Qué fortalezas hay en tu barrio! ¡todas tienen dos cocheras!” “¿En qué trabajan los dueños?” “¿Por qué hay casas con tejas para la nieve?”.
En la terminal de ómnibus, antes de embarcarse, compró chipitas. Se despidió y agradeció el tour por la ciudad y su gente; sobre todo el inolvidable paseo por los pasillitos del Mercado 4, donde compró, para su sobrinito, un simpático reloj con calculadora por 10.000 guaraníes.
Las minivacaciones llegaron a su fin. Nos faltó conocer Cateura, la cárcel, la multicultural Ciudad del Este, la Asunción del rebusque al anochecer..., otra vez será.
Ayer recibí un mail. Entre otras cosas, mi amigo me preguntaba si yo era feliz en “Asunción en sí misma”. Le respondí con la más pura verdad, basada en la sabia reflexión de que la mentira puede valer en el amor, pero jamás en la amistad.
Lourdes Peralta
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