Envidio a las mujeres que andan “de punta en blanco” de la mañana a la noche todos los días, incluso sábados y domingos. Uno las ve y se da cuenta enseguida de que tanta “perfección” es en realidad un esmerado trabajo, mínimo una hora frente al espejo, estudiando si esto combina con aquello, si queda mejor un zapato que otro, si este collar no será muy excesivo con este conjunto, en fin…
¡Y ni qué hablar del maquillaje! Un buen make-up te lleva mínimo 40 minutos: primero la limpieza de cutis, luego la crema hidratante, el corrector de ojeras y arrugas, después la base, el polvo, el rubor… ¡Y los ojos! Decidir de qué color vamos a pintarlos depende específicamente del color de ropa que vamos a ponernos, y si eso aún no lo tenemos decidido, puede ser un error fatal.
Pero lo más interesante es que ellas mantienen a lo largo del día su look impecable. Para eso, pasan por el tocador para un retoque, mínimo dos veces cada hora. Y tienen en la cartera todo el kit completo de “recauchutaje”, hasta he visto que llevan aguja e hilo por las dudas tengan algún inconveniente con la ropa.
En el otro extremo están las que no cuidan ni un poquito su aspecto. Que les da lo mismo salir en ojotas, con los jeans raídos y sin una gota de maquillaje, pero con una remerita corta y escotada que les marca bien una generosa delantera, seguida frecuentemente de una barriga considerable y un rollo acorde a las dimensiones de la pechuga. Bueno, no todas son así, pero he visto a varias que responden fielmente a esta descripción y muestran sus atributos con mucha honra.
Podría decir que en el medio estamos las que día a día tenemos mil cosas por hacer y poco tiempo para dedicarnos a nosotras mismas. Ojo, salimos bien de casa, con la ropa prolija, la combinación acertada y el maquillaje mínimo para cubrir imperfecciones, pero sin llamar la atención. Pero va pasando el día y la ropa se arruga, el maquillaje se escurre, nos vence el cansancio y se nota en la cara que esos tacos que nos pusimos a la mañana, a las 6 de la tarde ya son una tortura.
¿Y para qué tanta preparación? Si algún hombre leyó hasta acá esta columna, sepan que es por y para ustedes. Las mujeres nacimos para conquistar a los hombres y nuestra mejor arma de seducción es la ropa; el maquillaje es para cubrir las imperfecciones que nos va dejando la vida. Porque cuanto más jóvenes somos, habrán visto que menos nos pintamos. Y cuanto más viejas, cada vez que salimos nos pintamos como los indios para ir a la guerra: hacemos uso de todo el arsenal.
No nos critiquen, ¡admírennos! No es fácil ser mujer y menos con tantos ojos escrutándonos a cada paso.
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