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TIEMPO Y ESPACIO

Si no fuera por los lapachos...

Solo los lapachos hacen tolerable transitar por Asunción. La gloria de sus flores, esperanzadamente volando al viento, nos obliga a alzar la mirada y pasar cuadra tras cuadra, perdidos en la contemplación de sus copas.


Por un instante nos escapamos de las realidades que se multiplican a nivel del suelo.

Lo bueno es que no sólo en la capital florece setiembre. A la vera de la Transchaco estalla el color. Desde nuestras pocas rutas se avizoran las manchas rosadas y amarillas en democrática profusión.

¡Qué árbol sufrido, lento en dar flor, tan generoso cuando lo beneficia el clima!

La primavera, amigas y amigos, se anuncia y los árboles lo saben. Los humanos adultos, sumidos en nuestras cotidianas alergias, consecuencia de la contaminación y el polen, con las gargantas irritadas por la sequía, el polvo y el humo y el corazón oprimido por el estrés que nos causa el vaivén de la incertidumbre política, los exámenes de los chicos y las cuentas que se acumulan, no les prestamos atención.

No obstante, la luz solar ha cambiado de ángulo, los pájaros ya cantan distinto y los adolescentes de la familia están más insólitos e imprevisibles que habitualmente.

Es hora de que hagamos nuestro esfuerzo anual y comencemos a juntar energía para superar las ondas bajoneantes que llegan a nuestro entorno. Hay que bloquearlas sin temor, y concentrarnos en todo lo positivo que podamos rescatar.

¿Le parece pueril, ingenuo?

Allá usted. Cuesta lo mismo estar con cara de vinagre que sonreír, y si uno es bestia, no por quedarse serio pasará por sabio.

Al contrario, mire que el ser humano es el único animal que ríe. Bueno, si exceptuamos a la hiena. Por ende, búsquele el lado risueño a nuestras tragedias cotidianas. Hágase una imagen mental de Nicanor bailando clásico o de Lugo trabajando de gondolero en Venecia. Figúrese a nuestra Lady Mayor haciendo equilibrio en la cuerda floja de un circo, o a cualquier parlamentario corriendo desnudo por calle Palma.

Ya sé que hay inequidades que nos abruman y a las que no les vemos salida. Pero aún así, los lapachos florecen. Como los lirios del campo, ¿no?


Martha Rossi

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31/08/2007 00:00:00