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TIEMPO Y ESPACIO

Asunción en su laberinto

No sabemos dónde vivimos. Es tan difícil nuestra vida que para comunicarnos con alguien fuera de nuestra más inmediata familia y vecinos tenemos que estar haciendo planitos y tomando como referencia los hitos más insólitos.


Puede ser un árbol, un cartel, una plaza. A veces un negocio, o una casa, o tal vez un recuerdo. “Te acordás donde solía estar la panadería o la peluquería o el almacencito? Bueno, de esa esquina subís tres cuadras...” Hay que saber para qué lado es subir y para qué lado “bajear”. Esto puede resultar extenuante. Orientarse no es para forasteros. Ultimamente, con el desarrollo de diversos barrios de Asunción y de sus ciudades dormitorios que se aproximan y se encastran sólidamente entre sí, ni los más ancianos pobladores saben dónde están.

Haga la prueba. Métase por una calle periférica y pregunte por otra calle de nombre hipotético, Sargento Balmaceda, digamos. Aunque la susodicha arteria, nominada para inmortalizar al ignoto soldado quede exactamente a la vuelta, difícilmente encuentre un vecino que le especifique algo.

Si, por cierto, hay gente astuta y veloz que conoce todo el barrio, pero eso sucede solamente en los sitios que no se han valorizado de golpe y donde no han surgido calles y mansiones “nefertitescas” donde previamente las lecheras revoleaban el rabo.

De día encontrar un domicilio es difícil , precisamente por que todos los dueños y dueñas de casa están trabajando en otra parte , dejando los chicos en sus respectivos colegios. Mientras brilla el sol, tampoco suele haber guardias, salvo en las casas de los muy capos. El personal de servicio, mucamas y jardineros, no tiene la más remota idea de los nombres de las calles, carentes de significado para quien no estudió historia con el Entérese de Luis Verón. Tendrá suerte si alguna abuela barriendo la vereda o regando parsimo niosamente recuerda a la familia que usted busca. Eso, si no se mudaron hace poco.

De noche la cosa se pone peliaguda, porque entre que hay poca luz, mucho follaje y guardias camuflados que pueden ser los buenos o los peajeros, detener el auto para preguntar suena suicida. Los carteles por lo general no se ven y aún así, habitualmente uno no anda con un mapa en la mano.

Por eso, usamos el planito actualizado vía celular. Entonces uno llama al amigo, y le pide que alguien salga al medio de la calle y agite las manos, una linterna o una bandera sobrante del partido dominical. Todo sirve. De allí en más , hay que tener buena memoria, como los chicos del delivery que olfatean cual perdigueros y siempre encuentran su presa. Unos ídolos estos muchachos.


Martha Rossi

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14/09/2007 00:00:00