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ALLA EN YARIGUA’A

MEMORIA MANCHADA

Casi sin darnos cuenta, nos estamos acercando al bicentenario de la Independencia nacional, aunque pareciera ser que a nadie le importa, salvo a algunas personas. El día de la conmemoración, izaremos la bandera, entonaremos el himno, desparramaremos la palabra patriotismo por doquier, nos sentiremos paraguayísimos como el que más y cantaremos loas a los “manes de la Patria”. Mientras tanto, embarramos la cancha con nuestros desperdicios, como el caso de la vecindad del histórico Cerro Porteño.


La mitad más uno de los paraguayos dice ser fanático del Club Cerro Porteño. Todos los paraguayos nos llenamos la boca con las palabras paraguayidad, patriotismo, nacionalismo, tradicionalismo y cuanto “ismo” haya por ahí. Pero nuestras acciones van para cualquier parte, menos hacia donde proclamamos. Pero, quedémonos allí.

Hace dos centurias, desde finales del siglo XVIII, el Imperio colonial español estaba en pleno proceso de desintegración. Numerosos fueron los factores que fueron sumándose en ese sentido. Por un lado, los ideales de la Revolución francesa, como la libertad, la igualdad y la fraternidad, que inspiraron al rebelde negro haitiano Toussaint a rebelarse contra la metrópoli francesa en la isla La Española (Haití y Santo Domingo).

Por otra parte, en toda la posesión colonial hispanoamericana se veía la España borbónica como un obstáculo que impedía el crecimiento económico, particularmente por la prohibición del comercio interregional. Además de estas cuestiones, desde inicios del siglo XIX se sucedían los ataques británicos a las colonias y a las flotas españolas.

Problemas aquí
Ante la innegable decadencia y colapso del poderío colonial español en América, el gobierno británico empezó a interesarse sobremanera por los asuntos políticos de la América hispana, con la intención de romper las barreras legales que el orden colonial había impuesto al comercio británico.

En este sentido, era notable la presión que círculos mercantiles y financieros de Londres y Liverpool hacían constantemente sobre el Foreign Office para que llevara adelante una política tendiente a abrir los mercados americanos a la producción manufacturera de Inglaterra y Gales.

Con la intención de contrarrestar estas políticas del gobierno británico, la monarquía española tomó algunas medidas reformistas liberales, pero estas, además del contrabando, no fueron suficientes para enfrentar la constante expansión industrial británica.

Por otra parte, las conquistas europeas de Napoleón -incluida España- habían reducido considerablemente la capacidad consumidora de los mercados tradicionales. Esa situación llevó a los ingleses a mirar con mayor interés hacia los dominios españoles de América, a tal punto que, en un momento dado encararon toda una acción militar, ocupando efímeramente Montevideo y Buenos Aires; hecho que, si bien no tuvo el éxito esperado, comprobó el alto valor económico del Río de la Plata. Los comerciantes que siguieron el camino abierto por las tropas inglesas vendieron en 1806 y 1807 (durante la aventura rioplatense), artículos por valor de un millón de libras.


La opinión del duque de Wellington
Si bien el intento militar fracasó, las pingües ganancias de los comerciantes señalaban a los estadistas ingleses que la América española era un terreno fértil para sus pretensiones comerciales. Solo que había que tratar de encontrar la estrategia adecuada para llegar al éxito. En ese sentido, conviene recordar una reflexión del célebre duque de Wellington, formulada en 1806: “Estoy convencido de que cualquier intento por conquistar las provincias de Sud América con vistas a su futuro sometimiento a la Corona británica seguramente fracasaría y por lo tanto considero que el único modo de que ellas puedan ser arrancadas a la Corona de España es por una revolución y por el establecimiento de un gobierno independiente dentro de ellas”.
Manuel Atanasio Cavañas, uno de los jefes paraguayos que repelieron el ataque de Belgrano

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Otro político en la misma época señalaba la conveniencia de “la creación y el apoyo de un gobierno local amigo, con el que puedan subsistir esas relaciones comerciales que es nuestro único interés”.

Estos principios -según el argentino Juan Carlos Grosso- delinearon la política del Foreing Office en Suramérica: Fomentar el cambio revolucionario en América, aprovechando el interés de algunos sectores nativos por emanciparse de la tutela española. Inglaterra sólo intervendría como auxiliar y protectora a cambio de beneficios para su comercio ultramarino. Quedaban así desarrollados los principales postulados teóricos del “neocolonialismo”: la dominación sobre América no tendría que basarse necesariamente en la conquista territorial. La expansión comercial y financiera del capitalismo británico lograría cumplir el mismo fin.

“Para consolidar su dominio económico -decía Grosso-, los intereses británicos encontraron un poderoso aliado interno en los sectores de las clases dominantes cuya producción se orientaba hacia el mercado exterior. En el Río de la Plata, la unión del capitalismo inglés con la oligarquía terrateniente y los sectores de la alta burguesía vinculados al comercio de importación y exportación ha sido una constante que se mantuvo casi invariable en la historia de la ‘dependencia económica’ de nuestro país (la Argentina) desde los primeros días en que éste asumió el ejercicio formal de su soberanía política”.

La independencia de América del Sur
El ímpetu hegemónico napoleónico le llevó a invadir España, y el 7 de julio de 1808 nombró rey de ese país a su hermano José Fernando Bonaparte. Esta situación hizo que en Suramérica se plantearan cuatro opciones de legitimidad: los afrancesados, que proclamaron su lealtad a José Bonaparte; los leales a Fernando VII, que se adhirieron a la Junta Provincial de España; los que abogaron por la creación de una junta provincial en su país, a la manera de España, pero separada de esta; y los que defendían la legitimidad de Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII (el derrocado Borbón español) y princesa regente de Portugal, exiliada en el Brasil, también a raíz de las invasiones napoleónicas.

La convocatoria a Cortes de 1810 creó un problema de statu quo en las provincias americanas, que no sabían en calidad de qué acudir. Todas las juntas que probaron suerte antes de 1810 fracasaron; sin embargo, después de 1810 habían triunfado todas. En Buenos Aires el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros tuvo que convocar un cabildo abierto que se constituyó en junta. Montevideo tenía su propia junta, pero estaba el Paraguay, entonces un foco abiertamente españolista y reaccionario ante la nueva situación que se venía planteando.


Paraguayos contra nuevos yugos
Para combatir a los invasores que querían pescar en río revuelto, el 4 de agosto de 1806, el Paraguay enviaba un ejército de 534 hombres, distribuidos en siete compañías, al mando del coronel Espínola y Peña. Entre la oficialidad se encontraban personajes como Fulgencio Yegros, José Fernández Montiel, Cristóbal Insaurralde, Benito Villanueva, Antonio Tomás Yegros y otros, como Juan Manuel Gamarra y Manuel Atanasio Cavañas. Pero todo quedó en aguas de borraja, pues los ingleses habían capitulado antes de la llegada de los paraguayos. Aun así, alistados en el ejército porteño, ante una nueva tentativa inglesa, contando para el efecto con una treintena de barcos y unos 4.000 hombres, a quienes, poco tiempo después se sumaron varios miles más.

Ante esta nueva situación, el gobierno colonial paraguayo envió otros 427 hombres, al mando de los oficiales Pedro Antonio de Herrera y Manuel Antonio Cohene. En un momento dado, hasta el gobernador Velasco se vio obligado a partir al Río de la Plata en defensa del virreinato.

Los ingleses, como habíamos dicho párrafos antes, debido al fracaso militar por posesionarse de los territorios coloniales españoles en América, optaron por influir a través de otros medios.

Las actitudes indignas del virrey Sobremonte y de otros jerarcas determinaron que los patriotas llevaran a cabo la gesta del 25 de mayo de 1810, que fue el punto inicial de un proceso independentista y de formación de las naciones americanas, que duró casi cinco lustros, en muchos casos con elevado costo de vidas.
Bernardo de Velasco y Huidobro, último gobernador español del Paraguay

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Buenos Aires intentó reconstruir el virreinato, pero bajo su égida, tratando de obligar a las diferentes provincias a aceptar su capitalidad. Ante el fracaso de las gestiones del enviado de la Junta porteña ante el gobierno colonial en Asunción, el paraguayo José Espínola y Peña, quien intentó obligar a las autoridades paraguayas a someterse a la Junta de Buenos Aires, la reacción fue la conformación de una Junta de Guerra, presidida por el propio gobernador Velasco e integrada por los militares José Antonio Zavala y Delgadillo, Gregorio de la Cerda, Juan de la Cuesta, los capitulares del Cabildo y el ministro de la Real Hacienda.
Oleo de Jaime Bestard que representa la capitulación del gobernador Velasco ante las fuerzas comandadas por el capitán Pedro Juan Caballero (arr.). En la página opuesta, el obelisco que recuerda la batalla de Cerro Porteño, casi oculto por los árboles, en tanto que, a unos metros más allá, el basural de los paraguarienses ofende a la Historia

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Las nuevas autoridades porteñas, ante la posición paraguaya -que rechazó toda gestión diplomática enviada por la junta de Buenos Aires- optó por enclaustrar al país, clausurando todas las vías de comunicación con el Paraguay, un declarado foco españolista, al que había que anular. Para ello preparó el envío de la expedición militar comandada por el general Manuel Belgrano, quien llegó a Paraguarí el 15 de enero de 1811. Un ejército paraguayo preparado para resistir le estaba esperando al pie del cerro Mbaé.


Instantes previos a la libertad
Los días 17 y 18 tuvieron lugar algunas escaramuzas, pero fue en la madrugada del 19 que se desarrolló la acción principal, obligando a los paraguayos a retroceder hasta la población de Paraguarí, y a su gobernador y generalísimo a tener una conducta indigna y sorprendente, tratándose de un hombre fogueado en numerosas acciones bélicas anteriores. Su autoridad quedó desacreditada a causa de aquel episodio. Las milicias paraguayas, al mando de los coroneles Gamarra y Cavañas derrotaron al ejército de Belgrano, a que obligaron a replegarse hasta la costa del Paraná, donde tuvo lugar la batalla de Tacuary.

Oleo de un artista argentino, representando la batalla de Paraguarí del 19 de enero de 1811, que tuvo lugar al pie del cerro Mbaé, hoy conocido como Cerro Porteño.
La batalla al pie del cerro Mbaé significó la caída definitiva del poder español en el Paraguay. Allí se derrotó al ejército porteño -por lo que el pequeño cerro fue conocido después con el nombre de Cerro Porteño. En ese lugar, la derrota del ejército de Belgrano, la actitud dubitativa del gobernador Velasco y la siembra de la idea de una autodeterminación de las posturas políticas llevaron pocas semanas después a la gesta de la independencia paraguaya, en mayo de 1811.

Bueno. ¿A qué vino toda la perorata anterior?
General Manuel Belgrano, generalísimo del ejército enviado por la Junta gubernativa bonaerense para someter al Paraguay bajo su égida

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A que, como buenos paraguayos, nuestra displicencia, nuestra desidia y nuestra “porqueridad” las manifestamos LLENANDO DE BASURAS sitios tan caros a nuestra historia y a nuestra razón de ser como nación, como el caso del vertedero al pie del Cerro Porteño, escenario de una de las gestas determinantes para la obtención de la emancipación política del Paraguay. Un sitio que, inclusive, hace 465 años fue testigo de la llegada de unos intrépidos conquistadores españoles, encabezados por don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, desde la costa atlántica hasta el Paragua-y, en una de las hazañas más admirables de la época colonial de nuestra historia.

Vaya el dedo acusador a la ciudadanía paraguariense, a los ex intendentes municipales Alba Baruja Meyer, Gerardo Velázquez Barchello, Rodolfo Udrízar y al actual intendente Juan Carlos Baruja, y a las autoridades departamentales, en la persona del gobernador Jorge Baruja, culpables, propiciadores, promotores y autores de este crimen de lesa patria.


Luis Verón

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23/09/2007 00:00:00