Noble institución
El 3 de agosto de 1956 tuvo lugar en Asunción un importante hecho: se fundaba la Asociación Santa Lucía para la asistencia a afectados de ceguera.
Los fundadores de esta entidad con tan nobles propósitos fueron: Olga Codas de Villarejo, Alice Ayala de Gill Aguínaga, Angela Fernández de Netto, Julia R. de Martino, Yolanda G. de Chenú y Josefina Velilla de Aquino.
También formaron parte del grupo fundador Delia Tavares de Campos, Alicia Moreno de Quevedo, Elba B. de Monti, Fair Seara Martins, María Pía Avegno Conrado y Cecilia de Meneghetti.
A estas personas también acompañaron como fundadores: Gilda Vierci de Boettner, María Antonia Pane de Ramírez, Gladis Margarita Solano López, Sara Pecci Cerrutti, Adolfina Petit de González Torres, Preciosa Ceppas de Carvallo Peixoto, María Fernanda Pía de Troche, María Antonia Díaz León de Matto, monseñor Ramón Bogarín Argaña, Joaquina Costa Martí de Gross Brown, Aurelia de Filippis, Mario Meneghe-tti, José Villarejo, Dionisio González Torres, Carlos Díaz León, Honorio Campuzano, Manuel Angel Bachero, Fernando Troche, José Carrón y el presbítero Juan Escalante.
La primera presidente de esta Asociación fue doña Cecilia de Meneghetti. La escuela para ciegos empezó a funcionar el 8 de mayo de 1957.
Viejo divertimento
En la época en que no existían teléfonos celulares con juegos como la viborita y otros, de atari, play station, etc., la gente –especialmente– los niños se ingeniaban para fabricar sus propios juguetes. Tal el caso del guaimi kerambu, un entretenimiento muy popular antiguamente.
Consistía en una rodaja de mate o pedazo de madera al que se le practicaban dos agujeros en el medio –o bien podía ser un botón grande–. A través de dichos agujeros se pasaba un hilo delgado pero resistente, de unos 70 cm de largo, cuyos extremos se ataban entre sí.
El juego se practicaba metiendo la mano en los extremos del hilo, sujetándolo con los dedos medios, dejando a la rodaja en el centro. Una vez en esta posición, se hacía girar velozmente la rodaja y, con un tira y afloja se hacía producir un zumbido que remedaba al ronquido de una vieja durmiendo.
Defensa pueblera
Durante la época colonial, en el resto del país como en las reducciones de indios, los poblados carecían de infraestructuras necesarias significativas que cubrieran el aspecto defensivo. Por esta razón, para evitar asaltos repentinos de enemigos, como los mamelucos portugueses, los indígenas acudían a los oficios religiosos munidos de palos para la defensa personal.
Para construir rápidamente empalizadas protectoras, acostumbraban tener en sus almacenes cuñas de madera, convenientemente afiladas. Algunas reducciones contaban con fosos o zanjas alrededor de su ejido, aunque según algunos estudiosos estos fosos cumplían más bien la función de evitar el paso de animales que el de grupos armados.
De todas maneras, para preparar cualquier apresto defensivo, en las reducciones jesuíticas y en otros poblados, se mantenían permanentemente una caballada de 200 cabezas y depósitos de lazos y flechas en cantidad necesaria, además de un sistema de servicio de centinelas.
No terminamos de aprender
Días pasados, nuestro diario publicaba en su portada la fotografía de árboles mutilados por los servicios públicos de electricidad y telefonía. En realidad esas mutilaciones se deben, en gran parte, a que en los últimos años las autoridades municipales y la ciudadanía optaron por cultivar árboles de gran porte, como las plantas de mango que, justamente, ilustraba la tapa.
Décadas atrás –habrá sido allá por la del 70–, se introdujo la fiebre de plantar en las veredas y paseos centrales de las principales avenidas unos ficus conocidos con el nombre de gomero. Las consecuencias no se hicieron esperar: su rápido crecimiento y la superficialidad de su arraigamiento destruyeron veredas y calzadas.
Ultimamente se viene cultivando como gran novedad otro tipo de ficus y es cuestión de tiempo ver sus dañinos efectos: alrededor del histórico edificio de la Policía Nacional se cultivaron cada tres o cuatro metros y lo que no lograron los cañonazos de las revoluciones jaristas de un siglo atrás lograrán las raíces de estos ficus.
¿Será que somos tan cretinos como para no aprender de las experiencias pasadas, malas o buenas? Porque entre las experiencias a imitar están aquellas emprendidas por el intendente Guggiari de cultivar en las veredas cítricos, como naranjos, pomelos y apepú, cuya altura no llega a los cinco metros y que dan, además de sombra, aroma y frutos.
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