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PERSPECTIVAS

Sea buen consumidor

Asunción es un mundo lleno de instituciones y empresas de mal servicio con empleados acorde. Los que vivimos en esta ciudad soportamos estoicamente todas –una por una– las batallas diarias cuando tenemos que hacer simples trámites, así sea tomar un colectivo, pagar una factura o proveernos en el súper. Ante la marea de abusos, tenemos que defendernos revisando nuestra fuerza como consumidores.


Empecemos diciendo que la mayoría de las empresas no asume que tiene que capacitar a sus empleados para que sean cordiales y sepan expresarse frente al cliente. Si estas características no están en la raza, pues habrá que aprenderlas. Después de un mal momento sufrido como cliente, terminamos enojados contándoselo al vecino, quien probablemente nos aconsejará tragarnos la bilis y no buscar líos de balde.

Una dama alemana me comentaba que en la oficina nacional de Defensa del Consumidor, la recepcionista le dijo que solamente los extranjeros llegaban a reclamar o averiguar normas. Esto quiere decir que los nativos nos aguantamos todo. ¿Por qué callarnos ante el atropello de aquellos que nos atienden con aire policial? Todavía sentimos vergüenza de defendernos personalmente y mucho menos apoyamos a otro cliente cuando tiene razón.

El maltrato que sufrimos los usuarios no siempre es verbal, porque maltrato es cuando en un negocio te cobran mucho más de lo que vale un producto, y si volvés para reclamar, aquella vendedora tan sonriente la primera vez, pone cara de perro y te advierte que “la plata no te la podemos devolver”. Observemos esta metamorfosis: en 10 segundos dejamos de ser el apreciado cliente y nos convertimos en tipos y tipas conflictivos, desubicados y maleducados. Maltrato es cuando te miran desconfiados porque el jean que llevás, sin marca y gastado, es claro indicio de un sujeto sospechoso de robo. Maltrato es que no te den bolilla si preguntás por algo más barato. Maltrato, cuando la cajera del supermercado se fastidia porque no tiene monedas y vos no donás las tuyas para una causa que debe cubrir el Estado.

Somos buenos consumidores cuando nos preocupamos por preguntar, comparar precios y calidad. Saber administrar nuestro dinero es una materia pendiente. Evitar caer en las trampas de las promociones, ofertas o regalos que no son tales es una astucia privilegiada.

Sé que la tarea es difícil cuando tenemos al enemigo en casa: la televisión, acosando en un 90% con celulares, créditos, autos, cigarrillos y cerveza.

Hay empresas macabras en el mercado, esas que se aprovechan de la novatada del cliente, aquel que compra porque sí y reacciona después: “¿para qué compré esto?”. Que se multipliquen los grandes centros comerciales no siempre significa que la economía sea provechosa para todos. En cada caso de compra, desde el yogurcito, un impuesto o la ropa, usemos las mujeres nuestros dones teatrales para exigir precios justos.

Sepamos que el peor maltrato lo cometemos con nosotros mismos cuando no nos importa defender nuestros derechos como consumidores y mantenemos el statu quo de la mala atención y la estafa legalmente instaurada. Podemos seguir dando nuestro dinero para engordar las cuentas de empresas deficientes y anticuadas. Podemos apostar lo que no nos sobra a la ruleta popular de la ilusión y envejecer esperando el auto, la casa y los viajes. O podemos empezar a ser más críticos, a mirarnos tal cual somos y estamos, y participar en una reconstrucción económica con empresas que respeten a las personas.


Lourdes Peralta

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07/10/2007 00:00:00