Todos vimos la noticia del joven de Barcelona agrediendo brutalmente a una chica ecuatoriana. Barcelona tiene fama de ser, muy lejos de la elevación que le dio Gaudí, uno de los centros de proliferación de jóvenes “neonazis” que alardean del poder local sobre los “sudacas” o inmigrantes de otros países pobres. España nos ha legado una manera de ser, impuso su cultura sobre las que ya existían. Hoy, vaya destino, millones de sudamericanos contraatacan desnudos de alimentos y trabajo, desembarcando para pedir techo y comida al continente que nos trajo su civilización, enfermedades y gobierno.
Analizar con base en lo sucedido suena antipático o, mismamente, xenófobo, pero es ideal para corregir lo malo que nosotros también hacemos. Generalmente, decimos que no somos racistas, pero demostramos clasismo, que es algo paralelo. El crimen que cometemos cuando juzgamos, despreciamos, maltratamos a las personas es tan deleznable como el cometido por ese joven irracional e iracundo. Aquí en Paraguay, la masa urbana tiene sus coordenadas: “los curepas son chantas”, “los peruanos son cholos”, “los bolivianos son feos”, “los indios, haraganes y sucios”, “los norteamericanos, rubios y de ojos azules”, “los alemanes, autoritarios”. Y sigue: “los brasileros son extrovertidos y alegres” “los coreanos, chinos y japoneses se parecen todos”.
Trasladando el mismo patrón sobre las clases sociales, decimos: “niños de la calle, delincuentes”; “empleadas, roban”; “campesinos, ignorantes”; “pobres, vagos y delincuentes”. No se puede construir la convivencia sin librarnos de tantos prejuicios eternizados en conceptos reaccionarios. Si le impresionó la patada que el barcelonés descargó sobre la ecuatoriana, recuérdela cuando proceda mal con aquel ser humano que “no le cae bien y no sabe por qué”. Supe de una familia paraguaya que esperaba, por intercambio estudiantil, a una chica de Nueva Zelanda. Grande se desilusionaron cuando una robusta y morenísima maorí bajó del avión. Por supuesto, las relaciones no duraron y la chica tuvo que ser ubicada en otra familia, con gente que la aceptara, que pensara de otra manera.
Dice la antropología laboral que la división de clases se origina en la división del trabajo. Cierto, el trabajo más pesado y menos valorado, siempre lo hacen morochos: albañil, barrendero, recolector de basura. Un morocho solo con suerte gana millones y puede ser feliz. Porque el triunfo y la alegría están ligados a las personas de ciudad, de contextura blanca; elementos infalibles a la hora de vender. ¡Cómo nos cuesta reducir la lista de prejuicios, queridos lectores! Un día iba en el colectivo y, en momentos distintos del trayecto, se subieron dos vendedores ambulantes, muy cansados y transpirados: primero subió una chica rubia de ojos celestes, alemana o polaca (vaya uno a saber la diferencia). El otro era un muchacho también rubio y de ojos claros. Ambos vendiendo chucherías. Y yo pensé: “Qué raro estos dos gringos trabajando como negros”, mientras el espejo del colectivo me devolvía mi imagen, medio blanca, medio aindiada.
No somos iguales culturalmente. Lo cual es bueno e identificador. Pero ninguna cultura es mejor que otra. Cuando somos intolerantes nos debilitamos como nación y como región.
Hoy, tal como somos, no nos espantemos tanto por las crecientes noticias xenófobas. Acá también pegamos patadas.
Lourdes Peralta
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