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PERSPECTIVAS

Herencia de pocos

La mayoría de los padres actuales lanzan a sus hijos a la sociedad llenos de vacío. Y después todos tenemos que sufrirlos.


Según se dice, las escuelas para padres tienen por objeto encauzar una mejor relación entre padres e hijos. Pero, al igual que la famosa reforma educativa, poco hemos cosechado. Los adolescentes sin educación creen que afuera el sistema funciona igual que en su reducido reino; hasta que un tiro o una cuchillada les deja claro que no siempre el poder está de su lado.

Para el resto del mundo, los hijos maleducados no son pimpollos, sino espinas diarias. Basta ver la manada de estudiantes atropellando a los adultos para subirse al colectivo, y una vez arriba copar todo el espacio con sus mochilas colgadas en la espalda. Jamás le dan el asiento a un discapacitado o a un anciano. “Seguro que tu mamá no sabe lo grosera que sos” –reprendía una señora mayor a una chiquilina bocasucia–. Y ella respondió: “Sí, sabe y no me dice nada”. La señora le disparó una frase certera: “Claro, porque debe ser igual que vos”.

Así es, los hijos se parecen a los padres.

Una vez oí en la radio alguien que maldecía: “Dele una moneda de 500 guaraníes a su hijo para que riegue el jardín, otra para que saque la basura, otra para que barra la vereda... Y verá cómo, además de colaborar, aprende a ahorrar”. Ahora resulta que tenés que pagarle a tu hijo para que se identifique con el cuidado de la casa donde come, duerme, vive y disfruta. ¿De dónde viene esto? Damos vuelta sobre lo sabido, pero no asumido.

El hijo es un espejo en el que cuesta mirarse. De un papá bestial, ladrón de barrio o de instituciones, resulta un hijo calcado. De una madre que gasta lo que no tiene en vanidades y lleva a su hija de 5 años a la peluquería para que la atiendan como a una adulta, bueno, ¿qué puedo decir que no la ofenda?

Parejas que no tienen en claro su propia moral, solo van en detrimento de los hijos. Los hijos no son juguetes, pertenencias ni experimentos, como la mayoría cree.

Crudo suena decirlo, pero más vale una mujer que entrega a su hijo porque asume que no podrá hacerse cargo de él, que 100 que juran que jamás harían eso, pero no se hacen cargo de su educación.

Ahora que tantas madres emigran, ojalá aprendan cómo los países del tal “Primer Mundo” sufren hoy lo que ayer consideraron una panacea: dejar de tener hijos o reducirlos a un número que no altere su cuenta bancaria ni su desarrollo profesional. Hoy son sociedades ricas, desérticas y malhumoradas. Por eso, si pueden y quieren, tengan hijos por docena –contradigan sin culpa las ideologías que intentan acabar con la vida–, pero a la cantidad súmenle calidad de hogar, presencia, diálogos fértiles.

Los jóvenes no sufren la falta de esas pequeñeces tecnológicas que la publicidad vende como inteligencia. Su verdadero mal es no tener padres que los amen y los orienten. Educar no es difícil, lo difícil es que los padres acepten que tienen que educar con su propia forma de ser. La preocupación por el futuro opaca al presente. Y las profecías de padres miedosos en un 90% no se cumplen. Los hijos sabrán hacer su camino y asumirán las “catástrofes” pronosticadas con envidiable normalidad. Los bienes materiales que les dejen aquellos que “se mataron trabajando”, poco ayudarán para su felicidad sin un legado de educación que se trasluzca en un alto respeto por sí mismos y por los demás.


Lourdes Peralta

HERRAMIENTAS

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02/12/2007 00:00:00