La viuda del teniente coronel Mario Benito Ortega, Maruja Di Cianni de la Fuente, se presenta ante el Estado paraguayo exigiendo la reivindicación profesional de su marido. Solicita sus haberes caídos nunca cobrados y la indemnización correspondiente en función de la Ley Nº: 898/92 como una de las víctimas más connotadas de la dictadura stronista que se instaló en la República a partir del 21-XII-55, fatídica fecha que recordamos hoy. A 52 años de haber sido desterrado, vilipendiado, degradado, perseguido y muerto en circunstancias nunca aclaradas, nos adentramos en los pormenores de sus terribles tribulaciones.

Doña Maruja con su esposo Mario Benito Ortega en una foto en Punta Porã, poco tiempo después de su casamiento.
Motivada por la presencia en nuestra capital de miembros del buró jurídico norteamericano “Clínica UNROW”, que rastrea las cuentas secretas y los bienes malhabidos durante la dictadura stronista, la señora Maruja viajó desde Curitiba para participar del encuentro realizado con las distintas comisiones de víctimas, además de gestionar ante el Estado paraguayo todos sus derechos conculcados durante la dictadura. En esta exclusiva entrevista nos narra las penurias vividas en el largo exilio del comandante Ortega, donde formó una “familia despatriada”, como explica en detalles. Los atropellos a los derechos humanos son imprescriptibles, motivo que la trajo a Asunción tantas otras veces en que los sucesivos gobiernos paraguayos restaron trascendencia al tema en cuestión.
–¿Donde conoció al teniente coronel Mario Benito Ortega?
–Bueno… con la caída de Juan Domingo Perón en 1955 mis padres debieron ir al exilio y en ese deambular llegamos a Punta Porã en el año 1957. Allí conocí a Mario Benito que había llegado un año antes por el mismo motivo. Es decir, lo conocí en el momento más difícil de su vida, en la primera etapa de su desarraigo en esa ciudad. Ese mismo año nos casamos y formamos una familia de cinco hijos.
–¿Sabía usted quién era y qué protagonismo tuvo en la historia paraguaya?
–Al principio no, pero después él me iba contando poco a poco y a medida que pasaba el tiempo yo me interesaba en los detalles de su azaroso pasado, muy similar a lo vivido por mis padres. Yo veía que lo anterior tenía una relación muy estrecha con el difícil presente que nos tocaba vivir. Todo lo que le voy a narrar ahora, es fruto de mi experiencia personal.
–¿Por qué su marido fue al exilio?
–Bueno, debo mencionar que el 4-V-54 lo catapultaron a Stroessner al poder gracias al arrojo de Mario Benito, porque “ese jefe” vaciló mucho para realizar el golpe programado e insinuó varias veces que lo dejaran sin efecto. Según mi esposo, Stroessner era muy pusilánime, por lo que estuvo a punto de abortar lo planificado cuando el mayor Virgilio Candia fue arrestado en la Caballería ante las sospechas de un complot, lo que obligó a mi marido a salir y precipitar los hechos atacando con audacia para tomar la policía y la telefónica, obligando así “al jefe” a posesionarse de la operación y encabezar personalmente el operativo, porque finalmente Stroessner era el comandante en jefe delegado en ese momento y por ende la “cabeza” de la conspiración.
–¿Qué más le dijo?
–Luego, ya en el poder, Stroessner se ufanaba exultante del éxito que los otros protagonizaron, eso cayó mal a muchos jefes quienes vivieron en carne propia los peligros de una decidida acción, entregando a aquel todo el resultado de la maniobra en bandeja servida. Tal vez por eso, al año empezó a traicionar silenciosamente a la totalidad de los generadores de su proclamación, concibiendo un plan con oficiales embusteros a su exclusivo servicio (un gran grupo de capitanes), quienes llevaron adelante el autogolpe del 21-XII-55, sacando a todos los comandantes de unidades (Ortega, Candia, Osta) que para él representaban un riesgo o inseguridad, es decir, todos aquellos que por sus ideales altruistas y nacionalistas no se prestarían a sus vilezas, haciéndose difícil manejarlos para satisfacer sus ambiciones personales e instaurar el absolutismo como sistema de gobierno.

La señora Maruja Di Cianni de la Fuente en la actualidad.
–Y luego, ¿qué pasó?
–Después del autogolpe, lo aprehendieron y lo mantuvieron preso, en seguida fue confinado. Primeramente estuvo en Peña Hermosa, luego en el Estado Mayor, después en el Hospital Policial porque le había tomado paratifus (paratifoidea), pero ni bien se recuperó, fue inmediatamente confinado durante siete meses a Santaní. En 1956 Stroessner lo hizo buscar para ofrecerle una embajada y le intimó a escoger entre las de España y Alemania. Mi marido le respondió que era exclusivamente militar y no político ni diplomático, y que por su trayectoria le exigía que su legendario “Batallón 40” sea de nuevo aglutinado ya que sus oficiales y soldados fueron dispersados y perseguidos sin motivo alguno y que por sus ideales jamás traicionaría su condición de militar ni la de sus camaradas.
–Una “insubordinación” comparable con un “pecado mortal”.
–Exactamente… entonces Stroessner con cinismo le “invitó” a marcharse al exilio y le dijo que optara por Argentina, Uruguay o Brasil. Mi marido decidió irse al Brasil porque tenía una hermana (María Elodia, casada con Waldemar Boeira Moreno), residente en Punta Porã. Se fue con las manos vacías ya que Stroessner actuó con tremendo rencor y prácticamente lo lapidó al señalarle: “Arréglese usted, es su elección”. Se fue con las ropas puestas…
–… su marido no se dejó embaucar por ninguna oferta del novel “hombre fuerte”…
–… es que ese nuevo “hombre fuerte” le debía muchos favores a Mario Benito Ortega, sin embargo, este nunca le reclamo nada, porque era una cuestión de doblegarse para transigir y tolerar desplantes de un “jefe patán”, pero él fue muy delicado y principista, prefirió ser hidalgo soberano y no siervo de la dictadura que se encontraba en ciernes. El me expresó textualmente: esta gente creció a mi sombra y mira lo que me hacen, mancillan mi nombre como si nada, juegan con el honor de uno. Ellos saben que yo nunca les voy a tolerar lo que están haciendo del país, por eso me taladran.
–Y, ¿cómo pudo solventarse en su exilio?
–Fue terrible, solo tenía una casita en barrio Obrero, un vehículo y 5 Ha. de tierra en Villa Elisa fruto de las herencias familiares y nada más. Esa casita alquilábamos y ese dinerito nos ayudaba en algo para sobrevivir. El vehículo fue el primero que tuvo y siempre me comentaba que apenas anduvo en él 10 km, entonces le pidió a su hermana que lo haga trabajar como taxi y del dinero producido mi cuñada compraba artesanía paraguaya enviándomela para que yo pudiese revender y generar ganancias y de esa forma sumar para el sostén del hogar.
–Eran los inicios de una vida azarosa, además el exilio incluía la persecución.
–Efectivamente, así nos manteníamos con enorme dificultad. Llevábamos una vida muy austera porque debíamos alimentar a los pequeños que venían llegando. Luego cuando creció la familia tuvimos que vender la casa como el auto porque se caían a pedazos… y nos quedamos sin nada, porque nunca hemos usufructuado las fincas de Villa Elisa, nos despojaron las tierras en su totalidad para repartirse y convidar a los súbditos stronistas que iban multiplicándose como hongos.

El comandante Mario Benito Ortega, en su caballo “Boquerón”, en el batallón 40.
–Después de ir al exilio, ¿alguna vez pudo el teniente coronel ingresar al Paraguay?
–Solo una vez, en 1961, cuando murió su padre el capitán de caballería José Luis Ortega, un colorado de pura cepa. Le dieron apenas 48 horas para venir a verlo. Para entonces estábamos ya viviendo en Montevideo, tomó el avión y aun así no llegó a tiempo para el sepelio, entonces lo mandaron inmediatamente de vuelta. Recuerdo que el “permiso” no lo gestionó él, sino sus compañeros del exilio quienes pusieron el hombro y se movieron, entre ellos el Tte. 1º Pedro Pablo Peris Busto.
–¿Cómo fue su vida en Punta Porã?
–Durísima… la policía y el ejército brasileños nos acosaban más allá de los límites, casi todos los días. El tenía que presentarse en las “receitas” constantemente, fueron los tiempos del régimen esquemático de toda la región, seguramente estaba en vigencia el “Plan Cóndor” y nosotros no éramos conscientes de ello. Esa persecución diaria hizo que viviéramos escondidos en un cuartito de la casa de mi cuñada sin poder salir. Después el asedio se extendió, ya que por cobijarnos nada más, la saña le alcanzaba también a mi concuñado. Entonces, para no molestar más, decidimos marcharnos de ahí e irnos a Buenos Aires o a Montevideo.
Mañana: “En las huellas de una hiena”
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