En la ciudad, los negocios ofrecen serpentinas, lucecitas, infinidad de adornos para un arbolito entrometido –muy artificial– que se plantó en nuestra región. Por su parte, Papá Noel por poco ocupa el centro de la festividad.
Hablar de la Navidad, tal como estamos, a muchos les cae mal. Les molesta que se hable de rescatar valores sencillos y religiosos, y tildan de “antigüedad” al acercamiento familiar. Sin embargo, vaya paradoja, sabe Dios cómo hace para que ateos, críticos, escépticos y agnósticos se sienten igualmente en una mesa familiar en Nochebuena. Yo no he conocido a nadie que se hubiera hecho solo, todos pertenecemos a otros; solos nos perderíamos como un niño asustado en una multitud. La escritora Marguerite Yourcenar se planteaba la soberbia humana con un pensamiento matemático muy simple, que no recuerdo textualmente, pero que presenta más o menos esta lógica: soy una persona, proveniente de un padre y una madre; por ellos tengo cuatro abuelos y ocho bisabuelos; estos a su vez me ligan a catorce tatarabuelos, y así sucesivamente. Creamos con estos elementos la imagen mental con millones de personas en una pirámide invertida, entonces vemos que cada uno es el último de una fina punta, débil y quebradiza, existente porque existieron otros. “Pertenezco a la masa humana antes que a una o a varias familias”, decía la Yourcenar. Sin duda, un pensamiento lleno de humanidad y humildad.
Pero este 24 de diciembre no nos aventuremos con pensamientos filosóficos, mejor dejemos aflorar nuestras emociones espirituales. Quedémonos en casa con los nuestros, charlando de cosas buenas. Seguramente pocos tienen la dicha de poder disfrutar de un ambiente sereno, porque a la ruidosa televisión, la ciudad entera se altera con los tempraneros bombardeos que no diferencian la Navidad de un partido de la selección. Eduardo Galeano decía que los pueblos latinoamericanos tenemos la cultura del mono y del papagayo, porque repetimos e imitamos. Tiene razón, copiamos hasta la última chispita. Me pregunto si a la gente le gusta realmente llenar sus casas, al parecer sin planificación estética alguna, con chirimbolos luminosos de aquí para allá. Esto pertenecía a las películas de Hollywood; ahora no, llegó a los barrios más populares de Asunción y alrededores.
En nuestra Navidad de ciudad, sobre las avenidas principales los árboles mueren de pie, asfixiados por boas rutilantes. Los vendedores atiborran las veredas con lo que sea para hacer un dinero que seguramente malgastarán en las fiestas, seducidos por el consumo. Miguel, un almacenero italiano, filosofaba: “y después piden fiado; en enero no tienen ni para comer”.
En la Navidad asuncena hay un panorama desolador; los niños callejeros mastican el pan amargo de su realidad, los adolescentes –que fueron esos niños– desocupados y condenados. Hombres y mujeres en cárceles, locos, enfermos, débiles y perdidos; pobres en todas las escalas. Y en la otra acera, festejarán los ricos y los nuevos ricos.
Todos pasarán como puedan la Navidad, manoteando un poco de luz.
Desde este pequeño espacio, deseo que Dios conceda lo que más necesiten sus corazones para ser felices. Ojalá que todos los paraguayos que se acerquen al pesebre mañana a la medianoche recen con fe para que el Niño Jesús nos lleve hacia el amor y la paz, el conocimiento y la lucidez.
Lourdes Peralta
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