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El socialismo de Rockefeller

Mi mejor amigo es socialista. Trabamos amistad luego de disputarnos el afecto de una compañera de facultad que se destacaba por la profundidad de su escote. Lamentablemente, era lo único profundo en ella. Rebotó en el primer examen.


Tras su partida descubrimos que mientras coqueteaba convincentemente con ambos, cedía sus favores a un tercero. Con el ego en compota, decidimos exorcizarla en una generosa ronda de cerveza. Esa misma noche, hermanados en el despecho, nació una larga e inexplicable amistad.

Mi amigo venía de una adolescencia anestesiada y cómoda, ajena por completo al urticante oficio de pensar. Yo había adquirido conocimientos prácticos sobre el funcionamiento del mercado gracias a un intercambio poco feliz de opiniones con mi padre, que derivó en un exilio forzado; el mío. Esa leve ventaja me permitió influir por algún tiempo en la construcción de su pensamiento político.

Mi padrinazgo intelectual duró poco. Apenas accedió a cierta literatura relativamente seria sobre cómo funcionaba el mundo, inició una inexorable migración hacia la izquierda. Debo decir en su defensa que resultaba harto difícil asimilar por entonces la importancia de respetar la propiedad privada cuando esta se encontraba casi enteramente en poder de los demás. Pobres de solemnidad como eramos, la idea de socializar el patrimonio resultaba pues irresistiblemente tentadora. Nuestra amistad siguió desarrollándose así entre fuertes discusiones ideológicas, acalorados debates sobre la realidad política y largas e interminables tertulias sobre la mujer y los intrincados caminos que habíamos de recorrer para llegar a ellas.

A lo largo de los años vi a mi amigo renunciar a la profesión, sobrevivir con un magro salario e invertir buena parte de su tiempo en reuniones de sindicatos y gremios convencido de que un modelo socialista que garantice una mejor calidad de vida para todos es posible. No hace alharaca de sus ideas, simplemente vive de acuerdo con ellas, con una austeridad que raya la indigencia. Creo que está completamente equivocado, pero no puedo sino respetarlo.

Hace un par de meses cobró notoriedad un nuevo tipo de socialista, uno que se jacta de serlo aunque sus acciones poco tengan que ver con el socialismo clásico. Su mejor exponente es el presidente de la República. Apenas asumió intentó convertirse en socio del Club Centenario; la madre es atendida en el mejor hospital privado de Buenos Aires, el hijo estudia en una universidad porteña, su gran amigo y compañero de causa, Víctor Bogado, organizó su boda en el Sheraton, su principal vocero en el Congreso, Calé Galaverna, pasó de la animación de festivales a la administración de una olería propia, y a su asesor financiero, Víctor Bernal, le atribuyen más propiedades que al aloe vera.

Todos son miembros del partido que se autodefinió recientemente como socialista y humanista.

O el socialismo cambió radicalmente y mi amigo no se dio cuenta, o Rockefeller era socialista y se murió sin saberlo.

luisb@abc.com.py


Luis Bareiro Mersán

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30/12/2007 00:00:00