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Filosofía de la ciencia o ciencia de/en la filosofía

Durante las últimas décadas hemos asistido a cambios vertiginosos en casi todos los ámbitos de nuestra sociedad occidental. Desde los avances científico-tecnológicos hasta los más diversos patrones socioculturales e incluso económicos.


Prácticamente no ha habido un año sin que no nos encontremos en la necesidad de asimilar nuevos conceptos e informaciones para poder sortear nuestra vida cotidiana. Pero se nos hizo tan corriente esta situación y más evidente en las generaciones más jóvenes que, si no fuera porque se nos enseña Historia en la escuela, diríamos que la humanidad ha sido siempre así y nos es incluso hasta inconcebible imaginar cómo vivían nuestros antepasados sin las comodidades del mundo moderno de las que gozamos hoy.

Pero haber llegado a este punto de la línea espacio-temporal ha sido para la humanidad un largo y penoso camino que aún debe seguir transitando. Es nuestra naturaleza humana, demasiado humana, derivada de la naturaleza animal (de la cual, nos guste o no, no podemos abstraernos), la que nos impulsa a buscar respuestas a un sinfín de cuestiones, hasta incluso inventarlas, de manera artificiosa. Ello ocurría hace aproximadamente 7.000 años (5.000 a.C.) cuando las primeras civilizaciones se volvían sedentarias y desarrollaban la escritura, dando comienzo a las edades históricas (Antigua, Media, Moderna y Contemporánea) y a una de las invenciones más geniales, aunque ya podría decirse casi obsoleta (y que se resiste a cualquier atisbo de razón crítica) en la Era de la Razón y la Información, de los primeros pensadores en lo abstracto: la explicación al origen de todo, la religión.

DETERMINADO SISTEMA DE CREENCIAS

En el libro Religiones del Mundo de Editorial Océano 2002, encontramos: “el fenómeno de la trascendencia es en apariencia exclusivo de la humanidad. Y tan difícil de definir que se ha dicho que cualquier explicación del fenómeno religioso está necesariamente viciada por las ideas preconcebidas de quien intenta realizarla. Se puede describir sin riesgo, quizás, como una realidad social que liga (‘re-liga’, éste es el origen de la palabra ‘religión’) a cada una de las personas íntimamente con el entorno social donde surge un determinado sistema de creencias; casi siempre da sentido a un sistema cultural tan amplio como se quiera y que implica a diversos conjuntos de grupos humanos étnica y geográficamente afines. Un fenómeno, además, capaz de propagarse y de ser utilizado como instrumento de cohesión política interna así como de expansión externa, de cariz netamente imperial.

“Ésta es la historia del hombre en su inquietante dimensión espiritual, la aventura del robo del fuego sagrado, la manzana comida del árbol de la ciencia del bien y del mal, el osado aldabonazo propinado a las puertas del Olimpo, del cielo, del Paraíso, en suma, del que aparentemente fue expulsado en los tiempos primeros y al que siempre tercamente pretendió regresar”.

Y esto ¿qué tiene que ver con el título? Pues, en períodos posteriores y sin una fecha precisa, nace la contraparte diametralmente opuesta (pese a las legiones de teólogos que pretenden hacer creer lo contrario, para que sus dogmas no queden en ridículo) de la creencia religiosa: la ciencia, y con ella su cosmovisión más realista y clara del Universo, sin esa enredada metafísica que nos muestra más bien una concepción puramente especulativa, contradictoria, caprichosa y falaz de la naturaleza del Universo.

Pero, si bien es cierto que algunos de los grandes científicos (Descartes, Leibnitz) eran también filósofos y a su vez algunos filósofos (Aristóteles, Pitágoras) eran buenos científicos, ¿es posible hablar específicamente de una filosofía de la ciencia, o de una ciencia de o en la filosofía? La primera la encontramos, por ejemplo, en la Enciclopedia Encarta 2007: “investigación sobre la naturaleza general de la práctica científica. La filosofía de la ciencia se ocupa de saber cómo se desarrollan, evalúan y cambian las teorías científicas, y si la ciencia es capaz de revelar la verdad de las entidades ocultas y los procesos de la naturaleza. Su objeto es tan antiguo y se halla tan extendido como la ciencia misma”.

Cabría preguntarse, entonces, ¿es la filosofía una ciencia, o un arte, o una técnica? Citando de nuevo a Encarta (como adulto joven debo admitir la facilidad de empleo y el amplio contenido de las enciclopedias digitales, tan en boga como la Wikipedia de Internet): “La filosofía es una forma de conocimiento que pretende ofrecer explicaciones de los temas que analiza empleando la razón y los argumentos racionales (a diferencia de la fe o la autoridad). En segundo lugar, la filosofía es un saber de tipo general y totalizante, pues pretende ofrecer respuesta a cuestiones de tipo general y mantiene siempre una perspectiva totalizante sobre las mismas. En tercer lugar, la filosofía es un saber crítico, pues analiza los fundamentos de todo lo que considera y nunca se limita a aceptarlos de forma ingenua. Finalmente, la filosofía es un saber de segundo grado, que emplea los datos y contribuciones de las ciencias, que son siempre un conocimiento de primer grado sobre la realidad”. Por ende, es más bien un derivado de las ciencias que una ciencia propiamente dicha. Además, no todos los enunciados filosóficos existentes han aplicado el análisis del método científico a sus argumentos, condición sine qua non para poder denominarse una disciplina como ciencia. Desgraciadamente; a causa del éxito evidentísimo de las ciencias y sus “frutos” plenamente visibles e incluso empleados a diario, cualquier “disciplina” (o más bien sus seguidores) pretende colgarse el cartel de ciencia: tenemos a la teología, las “ciencias ocultas” (¡¿?!), las diversas seudociencias que más parecen cumplir el rol de un hobby o un puro entretenimiento para las personas ignorantes de cómo se emplea cabalmente el pensamiento crítico-escéptico, uno de los pilares del método científico.

DIEZ DESAFÍOS DE LA MODERNA FILOSOFÍA

Por ello, es recomendable la lectura de los libros de Mario Bunge, Tratado de Filosofía Básica y Ser, saber, hacer, y en este, mucho menos extenso que el anterior, encontramos excelentes explicaciones acerca de la filosofía de la ciencia, y muy en especial en su prólogo tenemos los 10 desafíos de la moderna filosofía científica para el siglo XXI:

1. Defender la investigación básica de los ataques pragmatistas y neoliberales. Resaltar que el nuevo conocimiento científico, aunque no tenga aplicaciones prácticas inmediatas, enriquece la cultura tanto como la enriquecen el arte y las humanidades.

2. Defender la libertad de la investigación básica contra las restricciones impuestas por dogmas ideológicos. En particular, defender la biología y la cosmología evolucionistas de los ataques creacionistas, y defender las ciencias sociales básicas de los ataques de quienes sostienen que toda investigación social está necesariamente contaminada por alguna ideología.

3. Criticar las seudociencias y las seudotécnicas, tales como el psicoanálisis (el puramente especulativo), la parapsicología, la homeopatía y la microeconomía neoclásica, por citar algunas, no sólo porque afirman falsedades, sino también porque estafan a sus consumidores.

4. Criticar el posmodernismo por renunciar a los valores de la ilustración, empezando por la racionalidad, el escepticismo moderado (metodológico), la objetividad, la búsqueda de la verdad y la propiedad común del conocimiento básico (a diferencia del técnico). Es preciso denunciar el posmodernismo como una estafa cultural que, de triunfar, nos retrotraería un milenio.

5. Poner al día la filosofía de la ciencia y de la técnica; aprender de éstas al punto de poder participar constructivamente en los debates filosóficos que se dan actualmente en las comunidades científicas y técnicas.

6. Retomar los ambiciosos proyectos de construir una metafísica científica, formulados por el norteamericano Charles Sanders Peirce en 1891 y el argentino José Ingenieros en 1910, cuando la metafísica tradicional estaba desacreditada precisamente porque se la veía como la antítesis de la ciencia.

7. “Engordar” a la filosofía exacta, hoy esquelética, alimentándola con problemas interesantes y arduos, tales como formular una definición correcta del azar; analizar la imbricación mutua de azar y causalidad (por ejemplo).

8. Propiciar el acercamiento mutuo de las ciencias: señalar que, si dos disciplinas tienen referentes comunes, entonces cabe unirlas, ya sea en una multidisciplina (suma lógica) o en una interdisciplina (producto lógico).

9. Desarrollar la filosofía práctica a la luz de las ciencias sociales y con ayuda de métodos formales, para precisar sus conceptos y acercarla a la vida. Por ejemplo, examinar los problemas morales que plantean las políticas macroeconómicas; relacionar entre sí la praxiología con la ética, y ésta con la axiología, y elaborar principios éticos que, en lugar de ser aplicables solamente a “ángeles” (entes ideales ficticios cualesquiera, comunes en cálculos para simplificarlos -- Nota del transcriptor), respondan a las necesidades y aspiraciones de gente de carne y hueso.

10. Propiciar el enfoque científico de los problemas sociales más acuciantes, a menudo descuidados por los especialistas o abordados de manera unilateral, como ocurre con los problemas del subdesarrollo, el machismo y la violencia. Es decir, fomentar el cultivo de las sociotécnicas y de sus combinaciones, como una alternativa racional y eficiente a la improvisación y la demagogia.

Esto último, ¿no nos recuerda a un lindo país que conocemos, y que en estos meses pasados (más los que vendrán) muchos dicen que lo van a salvar, pero no son precisamente muy específicos en cuanto al cómo?

Ramón Ibarra


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27/01/2008 00:00:00