Si queremos hablar de democracia, hablemos de plagas. Esas no respetan a nadie, atacan por igual a ricos y pobres, cobrándose su cuota con precisión suiza.
Nuestras plagas, dejando de lado las ampliamente publicitadas en la política, son tan inevitables como el sucederse de las estaciones: a un verano sigue otro.
Una de ellas es el dengue, humilde condición sanitaria transmitida por un ínfimo mosquito de nombre elegante y patas largas, como suelen ser por lo general todas las plagas más populares y amadas de los programas de chismes.
El dengue no viene solo, ni ataca a tontas y a locas, si bien, como dirían Les Luthiers, “esas son las más fáciles”. Lamentablemente, el Aedes aegyptis se ensaña con niños y ancianos, débiles y desnutridos, llevándolos al otro mundo en un descuido.
No, señor, no los lleva a España. Pasan a mejor vida, es cierto, pero sin pagar el pasaje en cuotas.
En el medioevo las plagas se curaban con ensalmos y con incendios. Cada tanto se quemaba también un par de brujos/as para purificar el ambiente. En eso, nada ha variado. La Inquisición cambia de nombre pero no de hábitos, por eso seguimos creyendo en el poder mágico de la palabra para combatir las pestes. Como si un par de folletos explicativos coloridos contrarrestarán las pilas de botellas vacías, las cubiertas usadas y los terrenos llenos de maleza que se han convertido en detalles urbanísticos descollantes de Asunción.
La otra plaga veraniega es la cerveza. Al contrario del demonizado mosquito, fruto inocente de la desidia y la holgazanería humanas, la cerveza es hija del connubio del placer y el lucro. Rubia y fresca, se la promociona como pasaje directo al paraíso, y tal vez esto no sea mentira.
A trago limpio se desenvainan los puñales y se aprietan los aceleradores, se cargan los revólveres y se da rienda suelta al tigre. En brazos de la rubia, cuyos favores son más promocionados que los del antiguo Hotel California, todo se olvida y solo queda el momento, efímero, sí, para algunos, pero no para otros que heredan sombrillas y sillones con rutilantes logos.
La cuota que se cobra la bebida es alta, cotidiana y ecuánimemente repartida. Los servicios de primeros auxilios se congestionan de borrachos y heridos en peleas de bar, mientras las parturientas pobres recorren las calles buscando una cama vacía donde dar a luz.
Para las plagas siempre se buscan culpables, y a falta de brujas, se demoniza a los jóvenes. Ellos, los menores, protegidos por ley, son atraídos impunemente por la publicidad engañosa e hipócrita de la cerveza.
Les prometen sexo y diversión: las dos tentaciones que ni un santo resiste a los 16 años. Encima, se los culpa, porque como no pueden manejar la transición del Nescau al ñoño, pierden control de sus actos y hacen más pavadas de las que son habituales, y hasta normales a esa edad.
¿Quien combate estas plagas del verano? Con éxito, nadie. Puro plagueo y ninguna solución: es una costumbre nacional, a la que culpablemente me pliego una vez más.
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