Graciela Stumpfs es entrenadora personal. Tiene alumnas entre 20 y 62 años que admiran igualmente su torneado cuerpo y su viable corazón. La Miss Body Fitness Paraguay 2007 dice haber superado muchas penas y hoy se considera un referente sano para las mujeres grandes.

Fuerza femenina
Graciela empezó a entrenar a los 38 años. En el 2001 compitió y salió vicecampeona Miss Fitness. En el 2003, campeona Miss Fitness Asunción. 2004, Miss Body Fitness y 4º lugar en el Sudamericano de Fitness de Buenos Aires. En el 2006, 3er. lugar Sudamericano de Fitness en Paraguay. En el 2007, Miss Body Fitness Paraguay y vicecampeona en el Campeonato Bonaerense de Fitness.
“Si alguien me llama ‘Graciela’, me da la impresión de que está enojado conmigo. En el gimnasio todos me dicen ‘la Abue’, de abuela sí, y me encanta, suena tierno y cariñoso”, introduce una rareza de mujer que revela su edad con orgullo: 47 años, dos hijos, Cynthia (24) y Eduardo (20), y dos nietitos que “en vez de tejer me ven alzando pesas”. Graciela es espontánea, describe su vida tal cual es y tal cual fue. Cuando se separó de su marido, sus hijos eran muy pequeños y, sin carrera universitaria, tuvo que buscar algo que la independizara económicamente. El deporte hizo el milagro, y con certeza absoluta, la Abue dice: “Fue la ayuda de Dios”. Desde hace 10 años está en pareja con Mario Lacasa, un hombre que venció los celos y aprendió a entenderla como deportista profesional.
–¿Cuándo te enganchás en el deporte?

–Desde chica, en el colegio. Quedé en la historia del María Auxiliadora como “la arquera casi invicta”. Hacía todos los deportes a escondidas de mi papá, porque él era muy tradicional y ubicaba a la mujer en la casa y la cocina. Era la mentalidad de la época. Yo era su única nena, su “polaquita”; me llevaba y me traía. Si un muchacho venía 2 meses de visita, le decía: “¿Y para cuando el casamiento?”.
–¿Te sentías protegida?
–No, vigilada. Pero hoy, cuando tempranito voy a trabajar y veo tantos jóvenes que vuelven de farrear, agradezco infinitamente los valores que, aun con dureza, me inculcó.
–Al final conciliaste, sos deportista, mamá y te gusta cocinar.
–(Sonríe) Así es. Yo empecé a ir al gimnasio de Martha Avilés; un día ella vio cómo yo dirigía la clase y me aconsejó estudiar. Hice un cursito y me entusiasmé. Después me quedaba a cargo del gimnasio cuando Martha viajaba hasta que me independicé.
–¿Cómo empezaste a competir?
–En realidad la invitación era para mi hija Cynthia, que es modelo. A ella no le interesó pero me recomendó a mí. Fui a hablar con Oscar Tuma (hijo), que era en ese entonces el presidente de la Asociación Paraguaya de Culturismo. Me acuerdo que pasé a verlo después de dar unas clases, yo tenía ropa ceñida, deportiva y un kepi en la cabeza. Tuma se asustó: “¿¡Vos sos la abuela de los hijos de Cynthia?!”. Le agradezco siempre la oportunidad que me dio. Yo miraba desde afuera a las hermanas Santarelli y pasé competir con ellas.
–¿De igual a igual?
–Sí, porque el fitness no es por edad sino por estatura. Aunque ahora se hace el Body Fitness Master; ya no puedo competir con chicas de 25. Yo soy la abuela del fitness.
–Una dama orgullosa de sus años.
–Soy un referente para una mujer adulta dentro del culturismo. Hoy hay una superpoblación de mujeres de todas las edades en los gimnasios, y ya no se contentan con aeróbicos, quieren pesas.
–¿Para batirse con los hombres?
–No creo que haya competencia. Pero sí rompemos eso que nos inculcaron de tener que ser más delicadas, más finas.
–¿Al paraguayo le gusta la mujer musculosa?
–Es la mujer la que no se traga más el cuento de “gordita me gustás igual”. Los hombres las prefieren no musculosas pero marcaditas, definidas.
–¿Cómo te sentís fuera del ambiente?
–En la calle escucho muchos piropos. Pero para los chicos de 20, 25 años no dejo de sentirme una mamá. Y con los que pasan los 50, bueno, no creo que miren con morbo. Por ahí fastidian a su mujer para que en vez de pizza pida mi comida preferida: atún con berro.
–¿Qué medidas tenés?
–Estoy chiquita, pero tengo memoria muscular, en 10 días puedo crecer. Ahora, 90-58-92, para mi 1.62 m.
–¿No es hora de que me confieses algo de vanidad?
–Puede ser, pero vanidad sin maldad. Heredé de mi madre la espiritualidad. La oración me ayudó a ver la vida de otra manera. Lo físico es un complemento. Una alumna me decía el otro día que haciendo gimnasia salvó su matrimonio. Y a mí, cuando estuve destruida emocionalmente, me ayudó a autovalorarme, a encontrar ese “algo” que me faltaba para mi familia y para los demás.
–¿Hasta cuándo pensás competir?
–Siempre digo ‘este año es el último’. Y sin darme cuenta, ya tengo otra vez la agenda llena de planes.
Lourdes Peralta
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