Por estos días siento una (sana) envidia de los niños y niñas en edad escolar. La ilusión con que preparan sus útiles y sus libros, y cuentan los días y las horas que faltan para “volver al cole”, para reencontrarse con sus compañeritos y para conocer a sus nuevos maestros…
De grandes vamos perdiendo esa ilusión tan fuerte por volver a nuestras tareas cotidianas, las vacaciones parecen más cortas que nunca y de nuevo ya estamos viviendo en la rutina de todos los días, de todas las semanas. Algunos tienen la suerte de trabajar en lo que siempre anhelaron (me incluyo en este primer grupo); otros, quizás ven pasar la vida detrás de un escritorio o en una labor que no les satisface y no tienen esperanza de mejorar o progresar; muchos ni siquiera tienen un trabajo estable y deben “remar” el día a día con gran esfuerzo y rogando porque el siguiente sea mejor… Cuando somos niños todo parece tan fácil y creemos inocentemente que siempre será así, por eso para muchos adultos los golpes de la vida son más duros, los sacrificios más grandes y las desilusiones mayores.
¿Cuánto daríamos muchos de nosotros por volver a ser niños? Por vivir despreocupadamente, jugar, reír a carcajada limpia, volver al cole para seguir aprendiendo y conociendo nuevas cosas de la mano segura del maestro, que siempre sabe más que uno y tiene una respuesta acertada para todo tipo de cuestionamientos.
Yo creo que a los niños hay que enseñarles de chiquitos a disfrutar cada día, a valorar lo mucho o lo poco que tienen, a darse cuenta que la vida pasa y que “ser grande” es todo un desafío, que cuando sean adultos no todo será tan fácil, ni todos los que nos rodean serán “amigos”, ni habrá siempre a su lado alguien que los ayude desinteresadamente.
Y nosotros, los adultos, deberíamos recuperar la risa que teníamos cuando niños, la esperanza, la camaradería, la buena onda y la predisposición por ayudar desinteresadamente a quienes nos necesitan. Nosotros también deberíamos volver de las vacaciones con una gran sonrisa y una enorme ilusión. Porque para nosotros la vida también pasa volando, y hay que aprovechar cada nuevo día para renovar las esperanzas. Miremos a los niños y niñas que inundarán las calles con sus guardapolvos y su bullicio irrefrenable, y contagiémonos de su buena onda para iniciar la jornada con una gran sonrisa. Es un buen punto de partida para intentar que algunas cosas cambien, ¿no les parece?
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