La cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones.

A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden. Quizás esta Declaración adoptada en México 1982, en ocasión de la reunión anual de la United Nations Education, Scientific and Cultural Organization, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, (Unesco) la fuerza internacional creada en 1945 y que cuenta con 188 estados miembros, debería ser la razón fundamental por la cual, en todas las naciones del mundo, sus autoridades, quienes tienen el deber supremo de legar un mejor devenir a las generaciones futuras, deberían trabajar incansablemente y en forma denodada para elevar el nivel cultural de sus pueblos, única arma de lucha para alejar a su gente de la barbarie.
Para muchos de los pensadores de la época, finales del siglo XVIII, como Jean Jacques Rousseau, la cultura es un fenómeno distintivo de los seres humanos que los coloca en una posición diferente a la del resto de los animales. La cultura es el conjunto de los conocimientos y saberes acumulados por la humanidad a lo largo de sus milenios de historia, explica el pensador y en ella la música, la que se aprende en las casas de altos estudios eruditos, debe jugar un papel preponderante, vital y excluyente.
En la antigüedad, los chinos prestaban especial atención al efecto de la música para forjar el carácter de la gente. Ellos promovían el concepto de que el mayor beneficio de la música es su efecto en la educación, y no estimular los órganos sensoriales de las personas. Los antiguos chinos vieron que la función principal de la música era “forjar el carácter” y “educar mediante la música”. En Yue Ji (Notas sobre la música), el autor dice: “Los antiguos reyes componían música para ayudar a la gente a restringir y controlar sus deseos extremos”, según apareció en la prensa escrita china, Diario La Gran Época el 8 de noviembre de 2003.
El maestro Florentín Giménez, desde que abrazó la música como la pasión de su vida, lo entendió así, y conociendo la terrible orfandad en que vivía nuestro país en el campo de la música erudita, se abocó a una cruzada cuyos objetivos casi utópicos, porque para un país que en toda su historia ha privilegiado cualquier otra cuestión nimia en vez de la cultura, en especial la musical, era igual que darse golpes tras golpes contra una pared infranqueable. Pero el maestro no cejó un instante en su empeño, contó con algunos aliados, quienes por el camino lo fueron abandonando y él, con la tozudez con que son ungidos los tocados por la varita mágica de la genialidad creativa, siguió en su empeño y luego de algunos años de peregrinar por las oficinas de los parlamentarios de turno, logró conseguir la promulgación de la ley que creaba el Conservatorio Nacional de Música. No importaba que fuera aprobada cien años después con relación a cualquier otro país del continente, los cuales cuentan desde entonces con sus respectivos conservatorios, lo importante era que el maestro había logrado el primer objetivo de su cruzada personal, la creación de una casa de altos estudios musicales de donde pudieran egresar los primeros profesionales, cada quien en sus instrumentos, en condiciones de audicionar y acceder al atril de cualquier orquesta sinfónica del mundo, porque la rigurosidad académica de los métodos de estudios adaptados al novel conservatorio, estaba a la altura de sus pares de cualquier otra latitud.
Hoy han pasado diez años y sus casi dos mil alumnos, incluido su filial de la ciudad de Itauguá, testimonian su preponderante papel en la alta formación de los jóvenes en el campo de la música culta.
Pero aún no era suficiente, apenas era el comienzo del gran plan que el maestro Florentín Giménez había diseñado para dejar sus huellas en la historia de la cultura musical de nuestro país en beneficio de las generaciones futuras. El gran objetivo, sueño de otros grandes de nuestra música como José Asunción Flores, Carlos Lara Bareiro, Herminio Giménez, don Mauricio, entre otros, el de dotar al Paraguay de su gran Orquesta Sinfónica Nacional, había que empezar a gestar, otra titánica tarea que al maestro en vez de amilanarlo, lo motivó en gran forma, pues los músicos profesionales, leyendo partituras a primera vista de Beethoven, Antonin Dvorak, Felix Mendelssohn, Villalobos o de quien fuera, ya había empezado a proveer el Conservatorio Nacional de Música, luego de cinco años de iniciado sus actividades.
Y siguió peregrinando por los pasillos del congreso para convencer a los parlamentarios –que deben legislar en beneficio del pueblo que los votó– de que sería de importancia vital para el devenir cultural de la República, dotar de los fondos, creando la ley o como fuera, para que la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay echara a andar de inmediato. Y también lo consiguió, pero debía conformarse con peticionar los fondos como una organización no gubernamental (ONG) y lo aceptó. El primer paso estaba de nuevo dado; ya habría tiempo de volver a peregrinar por los pasillos del congreso para convencer a los parlamentarios de que había que promulgar la ley que creara la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay, cuyo andamiaje económico estuviera inserto en el Presupuesto General de Gastos de la Nación, de tal manera a que el Paraguay, en tanto existiera como nación, contara para siempre con su orquesta sinfónica.
Cuatro años después lo consiguió, a fin del año 2007, la Cámara de Senadores, con la excepcional presencia del maestrro Florentín Giménez como invitado especial en su plenaria, quien a sus 83 años soportó estoicamente los discursos laudatorios sobre su fructífera carrera, pronunciados por numerosos legisladores, por mayoría absoluta aprobó la ley de creación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay.
Pero como en este bendito país todo lo pervertimos, en vez de seguir la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay dependiendo del Ministerio de Educación, por que aún es una orquesta académica, pues el 80 por ciento de sus integrantes son estudiantes del Conservatorio Nacional de Música, que depende del Ministerio de Educación, y a esta casa de altos estudios musicales pertenecen los instrumentos –600 mil dólares donados por el gobierno de Japón– y sus instalaciones, entre ellas el teatro Emilio Bigi, donde ensaya la OSN, pertenece a dicha secretaría de Estado, la ley por la cual ha creado la Orquesta Sinfónica Nacional de Paraguay, dice que debe pasar a depender de la nueva Secretaría de Cultura y esta fue la trampa mortal que le tendieron al maestro Florentín Giménez y su obra, para desbaratarla, quizás sin proponérselo el Congreso Nacional, ya que al deber adecuarse a los reglamentos del funcionariado público, que dice que para ser funcionario del Estado se debe ser mayor de 18 años –la OSN está integrada en un 30% por jóvenes menores de 18 años–, que no se debe ser mayor de 45 años –en la OSN el 20 % de sus integrantes son mayores de 45, la edad en que el profesional músico alcanza su plena madurez–, y que no pueden ser extranjeros – en la OSN el 10% de su plantel está enriquecido por maestros extranjeros que están apoyando con sus talentos a los jóvenes abriéndose carrera–, que hace imposible su funcionamiento, sin volver a foja cero, lo cual es absolutamente inconducente y lo que es más, el maestro Florentín Giménez debe dejar el cargo de director.
Muchas veces la ley no es sinónimo de justicia, quizás en este caso, los mismos parlamentarios que la crearon puedan dar un pequeño giro de timón y dejar que los destinos de su fantástica Orquesta Sinfónica Nacional, que con sus 112 integrantes es la más grande de América, siga dependiendo del Ministerio de Educación, como siempre y el maestro Florentín Giménez la siga dirigiendo, pues es su obra magna y si la Orquesta Filarmónica de Berlín fue dirigida durante 35 años, hasta su muerte por Herbert von Karajan, compueblano de Mozart, solo por que era un buen director, sin que haya sido el creador de la orquesta, pero a quien sin embargo Berlín rinde su anual homenaje musical organizando grandes conciertos, o a Leornard Bernstein, quien fue considerado director laureado de la Orquesta Filarmónica de Nueva York desde 1943 hasta su muerte en 1990, el maestro Florentín Giménez, en reconocimiento a su alta labor cultural, ya que con su creatividad ha dotado al repertorio nacional y universal de la ópera Juana de Lara, de 8 sinfonías, 4 conciertos, sonatas, misas, etc., y por ser el mentor de que nuestro país hoy esté inserto en el concierto de naciones cultoras de la música erudita y universal al crear el conservatorio y dotar a nuestra patria de una gran orquesta sinfónica, debería conservar la batuta hasta la extinción de sus días, con el cargo de director titular vitalicio, se merece largamente más que Von Karajan y Berstein, quienes fueron privilegiados con lo mismo, sin haber aportado ni por asomo lo que el maestro Giménez hizo por su patria en su espectro cultural musical.
Al maestro Florentín Giménez se lo debe tratar con cariño y el máximo de los respetos porque desde su sitio de lucha, ha honrado profundamente a su patria, volcando sus invalorables conocimientos a favor de su pueblo cuyas futuras generaciones seguirán cosechando los frutos cuya semilla él ha sabido sembrar con tesón y sabiduría. Es hora de que nuestra patria reconozca y honre sus méritos, porque otros países, más cultos que el nuestro, hace rato lo han empezado a hacer.
Víctor Destéfano
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