En enero, el colectivo me traslada desde el centro hasta la esquina de mi barrio en 10 minutos, cuando habitualmente lo hace en 30. Gran parte de esta rapidez se debe a la ausencia de estudiantes.
Pero en febrero, se inicia otra vez el torbellino de adolescentes que van subiendo cada media cuadra. Actualmente los colegiales, a sus pobrísimas y estentóreas conversaciones, han sumado sus mochilas. Me pregunto cómo la avispada generación no deduce que, estando en el colectivo, hay que sacarse la mochila. No, se paran en el pasillo como camellos en su hábitat impidiendo a los demás pasajeros poder moverse con normalidad. De pronto, el chofer grita: “¡Vamo pasando ma al fondooo, vamo señore, señora pasana atrás!”. Lo que el hombre no nos dice es cómo hacerlo; él mismo debería exigir que se descuelguen las mochilas. En cierto país vecino, existen cartelitos a la par del “no fumar ni escupir”, prohibiendo las mochilas en la espalda y advirtiendo una multa si sube un inspector.
Se preguntará el lector por qué escribo sobre algo tan simplón en vez de tocar la fiebre amarilla, la ola de delincuencia o los aumentos en la canasta familiar. Yo digo que esto tiene la misma importancia. La única manera de que la máquina social funcione es imponiendo reglas de convivencia que aireen en vez de caldear los ánimos de un pueblo que no está para soportar más peso. “La armonía del mundo es un grandioso mecanismo de imperfecciones, admirablemente equilibradas y combinadas”, decía el personaje novelesco Juanito Santa Cruz a su idealista Jacinta, y aunque ella lo aceptaba a medias, la explicación calzaba perfectamente desde la España de fines del 1800 hasta este Paraguay del nuevo milenio.
Los derechos de la niñez mal encarados hacen que ningún adulto pueda ya corregir los malos hábitos de los menores en la calle. Hay quienes ni se molestan en conversar de modales urbanos con sus hijos. Los miles de padres y madres en Europa ojalá traigan no solo bienestar económico, sino también el beneficio del orden y el respeto. Vea usted, allá en Alemania hasta los perros cumplen las reglas urbanas. Este año, además del aumento de pasaje, las tardanzas, las chatarras y los conductores sin licencia, tenemos que soportar las mochilazas, más listas para viajar al Kilimanjaro que para ir a estudiar. ¿Qué tanto llevan? Antes bastaban 2 cuadernos, 1 cartuchera y el libro de lectura; livianos, baratos y eficaces elementos con los que aprendíamos a escribir, leer y a entender que hay que sumar lo bueno antes que restarlo, multiplicar la civilidad antes que dividirnos como seres egocéntricos. Las autoridades y las instituciones, por supuesto, no escapan al tema en cuestión, sus cada día más extensas listas de útiles parecen cerrar negocio redondo con las imprentas, librerías y con los médicos de la columna vertebral. Mientras tanto, para los usuarios de micros, aplastarse, engancharse la ropa, empujarse y disgustarse por culpa de las mochilas escolares se plantea como el nuevo infortunio colectivo.
Sacarse la mochila de la espalda es un acto sencillo y saludable, mas no es fácil cuando el portador no fue educado para convivir. A los pasajeros de la vida, nos queda la esperanza de que aquello que no importa en la casa ni en la escuela, lo haga la música. Un reguetón que diga: “Hacia abajo, la mochila, hacia abajo”, sería favorecedor para la comunidad, suplantando al de la letra original que tristemente “educa” a los jóvenes de hoy.
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