Prof. Luis A. Kallsen
La tumba viva
Augusto Roa Bastos
Literatura Paraguaya
La hija del ex ministro que había sido baleado una noche por manos anónimas, heredera de un patrimonio en bancarrota y sin más guía y protección actual que la de su madre, una ingenua y blanda señora ansiosa de “colocarla” a todo trance, era una presa a propósito para Fulvio Morel. Yo sabía que, una vez en sus manos, este no se detendría ante nada para sacrificar a la inspiración del momento, aun¬que después arrojara todo el hecho por encima de los hombros, como hacía con sus cigarrillos, empañados e indi¬ferentes los ojos, la boca fruncida por ese imperceptible tajo de des¬dén y crueldad solapada que estaba siempre allí flotando a un costado, como la marca emergida de su temperamento.
Fulvio Morel consumó su designio la noche anterior a la partida de caza. Pero nadie se enteró, nadie sospechó nada. Yo mismo hube de saberlo solo mucho después, cuando la ignota casualidad quiso que andando los años Hebe Corvalán fuera mi esposa y, en un mo¬mento de debilidad que fue de fortaleza y de restitución para ambos, ella me confesara lo que había sucedido aquella noche de dolor, de humillación y de vergüenza. Para entonces, Fulvio Morel no era ya sino un funesto recuerdo, mientras sus huesos se desintegraban en algún perdido cañadón del Chaco donde la guerra lo había hollado, destruyéndolo y redimiéndolo al mismo tiempo de una manera real¬mente indescifrable.
Por todo eso no me asombró después, al reconstruir los hechos que ese cardenal hubiera esperado 15 años para señalar el sitio con su diminuto penacho rojo; que hubiera esperado todo ese tiempo la presencia de Fulvio Morel para mostrarle la evidencia delante de toda esa gente, llena de jovial odio hacia él, elegida por él mismo para que fuera testigo de ese hecho por el que hubiera dado él la mitad de su sangre para seguir ignorándolo hasta el fin de su vida.
No me asombró que Hebe Corvalán, repentinamente indispues¬ta, se hubiera quedado en la casa con su madre.
Para ella, doliente y llena aún de desesperado, de íntimo rencor por el ultraje que había padecido en la noche, debió constituir una venganza incomprensible no fraguada, tramada por alguien superior a los dos, verlo a él llegar por la tarde como llegó; verlo a través de la ventana cruzar los rotos fustes de mármol como un muerto que había devorado hojas hasta morir y hasta levantarse de nuevo, de tan páli¬do y verde que estaba cuando bajó del caballo y se refugió en la más secreta habitación de la casa en ruinas; probablemente en la misma en que había muerto el padre mirando las paredes en cuyas grietas ahora crecían el musgo y aun oscuros manojos de yuyos parásitos.
No me asombró que un chico fuera quien descubriera al carde¬nal y que, después de 2 ó 3 segundos apenas de vacilación, con¬cluyera la frase comenzada:
¡Miren... miren eso allá arriba! ¿No es un… esqueleto? Fulvio Morel se había puesto en pie de un salto, miraba hacia arriba y estaba empezando a ponerse intensamente pálido como si su palidez creciera en la medida en que el chico iba trepando al árbol. La borla de fuego del cardenal se escurrió entre el follaje. El chico llegó por fin a la cima del árbol. Su grito casi alegre cayó sobre los rostros expectantes.
¡Sí… es un esqueleto! ¡El esqueleto de un chico!
Se veía a sus manos apartar, hurgar entre las hojas. De pronto volvió a gritar:
¡Alrededor del cuello hay una cadenita! En medio del silencio ardiente y febril, el chico seguía traduciendo el secreto mensaje aprisionado en la mortaja de corcho.
-¡En la cadenilla hay una cruz y una medalla en forma de co¬razón!
El chico estaba deletreando algo con esfuerzo, -¡En la medalla hay un nombre! Dice… dice...
Fulvio Morel se lanzó contra el árbol. Todos creíamos que también él iba a trepar al grueso tronco hueco, alrededor del cual se enroscaban los tentáculos fibrosos y tensos. Pero la voz del chico diciendo el nombre lo paralizó de golpe, como si le hubiera arrojado una piedra en la coronilla.
¡Dice... Alicia! -gritó el chico, respondiéndolo abajo, como un eco sordo, el estrangulado gemido de Fulvio Morel.
Después de quince años, él venía a encontrar los restos de su hermanita Alicia, desaparecida misteriosamente, raptada por aquel monstruo, mitad hombre y mito, cuando ella apenas contaba 12 años y él 11.
No era probablemente el horror lejano de aquel hecho, convertido ya en leyenda de su infancia, sino las circunstancias del hallazgo las que le habían arrancado ese gemido.
Actividades sugeridas:
- Busca en el diccionario las palabras en negrita.
- Extrae el párrafo que mejor describa a Fulvio Morel. ¿Era un personaje querido?, ¿Qué fue lo que consumó?
- Utilizando antónimos recrea la descripción anterior y léela en voz alta para verificar el cambio.
- Comentando en grupo define, en una palabra, el carácter del mismo. ¿Este texto es real o puede darse en lo fantástico?, ¿crees en una justicia de la que nada se escape, en la que nos inspiremos para un obrar mejor?
- Averigua cómo se denomina al escritor que también vive las acciones.
Frase de hoy: “Si eres sabio, tuyo será el provecho; si eres insolente, tuya es la responsabilidad”.
Proverbios 9-12
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