El diputado nicanorista Julio Colmán, con una habilidad digna del filósofo griego Arquímedes, el último jueves, en la primera sesión del año de la Cámara Baja, combinó el tratamiento para el dolor de garganta –o para la halitosis– con la teoría del perro del hortelano para elaborar su conclusión sobre la administración de los “fondos sociales de Itaipú”.
“Creo que siempre es mejor tragar un poco haciendo gárgara que ser el perro del hortelano y no comer ni dejar de comer...”, gritaba el legislador colorado ante sus azorados colegas, casi como el famoso ¡Eureka! arquimediano.
Flancos endebles
La tesis, por cierto ingeniosa, presenta flancos endebles. Comencemos aplicando la fórmula que le hizo gritar ¡Eureka! al filósofo griego. ¿Puede calcularse la densidad de lo tragado midiendo el volumen del tejido adiposo desplazado hacia el bajo vientre de un funcionario público, o de bienes hacia sus cuentas patrimoniales?
Si releemos las conclusiones publicadas por nuestra colega Mabel Rehnfeldt, luego de una meticulosa investigación periodística, sobre la fortuna del ex director general paraguayo de Itaipú, hoy candidato a una de las principales bancas del Senado por ese partido, Víctor Luis Bernal Garay, diríamos que la conclusión de Arquímedes es sumamente útil.
¿...Y Las obras sociales?
Sin embargo, si nuestra pretensión es delimitar la discusión sobre los pretendidos beneficios sociales, Arquímedes no nos sirve y mucho menos Julio Colmán.
Según el otro paciente del particular tratamiento recetado por el legislador colorado, el presidente de la República, Nicanor Duarte Frutos, aquellos que piden con insistencia que los recursos provenientes de Itaipú sean puntillosamente registrados en el Presupuesto General de Gastos de la Nación, están en contra de los pobres. Esa es la actitud del perro del hortelano, según Colmán.
En otras palabras, registrar el ingreso de un recurso e incluso conferirle un destino determinado aumenta la pobreza.
¡Absurdo! Ese exótico razonamiento los despoja sin contemplación alguna de sus disfraces de demócratas y deja al desnudo su verdadera ideología: la autoritaria.
¿Por qué se oponen a que esas cantidades sean registradas e incluso preasignadas a través del Presupuesto? La “tesis colmaniana” nos da la respuesta: la parte que se traga en la gárgara o, mejor aún, las gárgaras debieron hacerse y no fueron hechas.
Si se prescinde de los organismos institucionales de registro, asignación y control de los recursos del Estado, ¿quién puede asegurarnos que el funcionario público encargado hizo la gárgara o se lo tragó por completo?
Demostrada la sensatez de los controles institucionales en una democracia, volvamos a los controvertidos “fondos sociales de Itaipú”.
Como decíamos el pasado domingo, una hidroeléctrica tiene como fin único producir eficientemente y con costos reales.
Apuntábamos también que los únicos gastos sociales y ambientales justificables son los de atenuación del daño que causó en el ecosistema donde se la implantó. Sin embargo, encontramos a Itaipú, con sus procedimientos “binacionales” que realiza obras en las propias narices de la Contraloría General de la República sin que se le permita estornudar siquiera.
Una enorme coima brasileña
Alcanzado este punto no me resta más que suscribir la conclusión del colega Luis Bareiro, quien en su habitual columna sostenía el domingo pasado que los “fondos sociales” representan la “coima brasileña” para evitar que nuestras gobiernos de turno reclamen los legítimos y saqueados derechos paraguayos en Itaipú.
US$ 20 millones o US$ 2.000 millones
Si es cierto que Itaipú descarga US$ 20 millones anualmente en los “fondos sociales de Itaipú”, recuérdese que pierde, en el mismo lapso, alrededor de US$ 2.000 millones porque Eletrobrás solo paga US$ 2,72 por megavatio hora, a pesar de que en su país esa misma unidad se cotiza en US$ 60 –en el mercado mayorista– e incluso de US$ 150 en el minorista.
La “tesis” de Colmán, entonces, confirma nuestras sospechas y la conclusión de nuestros colegas: con los “fondos sociales” compran las autoridades brasileñas el silencio de sus colegas paraguayos de turno y, como es una coima, es natural que el coimeador y los coimeados se pongan de acuerdo para oponerse a todo tipo de control, especialmente en Paraguay, recurriendo incluso a la descolorida excusa de la “binacionalidad”.
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