Como el dengue y la fiebre amarilla que encontraron terreno fértil en el Paraguay, el miedo se esparce cual epidemia en las filas del Partido Colorado ante la posibilidad de perder las elecciones. El problema no son las encuestas desfavorables ni la negativa de los castiglionistas a trabajar, ni la falta de carisma de la candidata, ni el “jahapáta preso”, ni que instalarán campos de concentración para correlíes. El problema es la sensación epidérmica de la derrota.
Los carteles de “somos mayoría”, “soy colorado”, “todos somos uno”, suenan en este contexto como frases de manual de autoayuda, como si el exhibirlas mucho pudiera forzar su cumplimiento.
¿Por qué la posibilidad de perder una elección motiva que algunos dirigentes colorados hablen de escenarios dantescos de castigos infinitos, persecuciones y muerte que sobrevendrán?
El objetivo no será, seguramente, admitir que, luego de 60 años de permanencia en el poder, el Partido Colorado fracasó en la misión de lograr la estabilidad del país, apaciguar los ánimos e instalar la convivencia civilizada entre los ciudadanos.
La idea es que la mayoría de la población paraguaya sigue siendo colorada y que si logran convencerles de que “los libero-franco-comunistas” quieren destruir a su partido, un porcentaje importante se sienta herido en su orgullo y vaya a votar para “salvarlo”.
Este discurso, eficaz en el pasado, tal vez no lo sea tanto ahora. En parte, porque Lino Oviedo ha conseguido robarle al electorado “tradicionalmente retrógrado”. En otra parte, porque la apelación lírica de “amor al partido” no es tan creíble para los correligionarios que sufren también el cada vez más injusto reparto de la riqueza, sin perspectivas de cambios. Y en buena parte porque algunos “líderes” solo entienden el lenguaje de prebendas que no alcanzan ya para conformar a todos.
El Partido Colorado ha demostrado ser un formidable aparato de ganar elecciones. No importa cuán desastroso haya sido el gobierno colorado anterior, la máquina de seccionales, operadores y funcionarios públicos hace ganar las elecciones.
Pero esa máquina está ahora desajustada porque el reparto de beneficios y de roles en su estructura de poder entró en gran contradicción. Si eso alcanza para que la máquina fracase esta vez, se verá el 20 de abril. Pero la posibilidad real de que ocurra ya desvela a quienes tienen mucho que perder y explicar si el partido pierde.
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