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PERSPECTIVAS

Huevos para todos

No entiendo mucho esto de que un conejo traiga huevos. ¿Será que falta o no conoce el 7º mandamiento? Cuando era chica, mi mamá me contaba que a ella la hacían devolver un lapicito insignificante que hubiere traído de la escuela por error.


El paraguayo era educado para ser honesto. Un gentleman de la alta sociedad porteña me dijo que tenía un jardinero paraguayo a quien, con confianza plena, le dejaba las llaves de su casa. Opinión que discutiría una copetuda de barrio Norte, a quien su mucama paraguaya le vació el alhajero.

En el actual Paraguay el robo conquistó adeptos en todas las escalas, formas y clases sociales. Por ejemplo, las señoras se quejan de que sus muchachas les roban, pero ellas dicen que las patronas les roban porque las explotan y les pagan poco. Los jóvenes roban celulares, pero las empresas les roban a los jóvenes tentándolos con tretas de gastos mínimos. Años atrás, una paraguaya que vivía en Europa me decía que ella sabía muchas cosas de Paraguay porque una amiga la llamaba por teléfono todos los días y le leía los diarios. “¿Ah, sí? Qué plata tiene tu amiga”, le dije. “No –me contestó–, trabaja en Antelco”. Aquel pillo de los dibujitos animados, el gordito con antifaz y bolsita al hombro, que terminaba –arrepentido y vestido a rayas– en la cárcel, es pasado. Hoy los ladrones operan profesionalmente desde la celda, con celulares y protección de sus padrinos. Al ladito nomás, la muchedumbre de adolescentes presos y hacinados se aniquila en la perversión y el olvido social.

Los rateritos que mondaban naranjas y aguacates son pura nostalgia. La pobreza extrema impuso a sus vástagos: tropas de niños que, por comida chatarra o droga, son inducidos al hurto y la violencia. Al tipo que roba, la gente lo califica un haragán; sin embargo, la misma gente tolera y sostiene a los planilleros y funcionarios públicos que cobran sin trabajar y aún gozan de derechos laborales. Lo triste es que muchos, sin formación ni vocación alguna, aspiran a ser esa clase de funcionarios para asegurarse el futuro (como si esto fuera posible). El atraco legal es una bola ineludible: la Municipalidad cobra un rosario de servicios que no existen; el fisco emite novelescas publicidades para que seamos felices pagando el IVA por la educación y salud que ni a lo lejos se divisan. Los supermercados estudian la debilidad del consumidor para venderle cualquier cosa antes que la leche y el pan. Bancos, financieras y cooperativas lucran con los sueños de una clase media que sueña mejorar, pero solo se empobrece más.

¿Por qué nos dejamos robar? El pueblo hierve de rabia, y aún siendo mayoría no logra bajar de la cúpula a las aves de rapiña que debaten, cafecito de por medio, cuándo se inyectarán un nuevo aumento de sueldo. La verdad es que el enemigo no está fuera, sino dentro de nosotros. Póngale usted el nombre que quiera. Yo recuerdo ahora mismo “El Paraíso Perdido”, donde Milton hace una narración exquisita y aterradora del acecho de Lucifer, prometiendo corromper a la hermosa criatura de Dios. Y San Juan denominaba al adversario “el gobernador de este mundo”. Antes de que cante el gallo, habrá que salir del papel de víctimas y dejar de ser gallinas. Arrojemos a este pésimo gobierno los 6 millones de huevos podridos que se merece. No pensemos en las próximas elecciones fanatizándonos como si fuera Olimpia-Cerro.

Esto es mucho más serio: se trata de cómo vamos a de vivir los próximos años. Que el simbólico huevito de Pascua supere la frivolidad y abrigue desde ya la buena noticia que todos estamos esperando.


Lourdes Peralta

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23/03/2008 00:00:00