Es una tendencia creciente, y también preocupante. Investigadores de la Universidad de Texas (EE.UU.) han analizado siete millones de trabajos publicados en revistas científicas para tratar de dar con aquellos que se duplican: bien porque los propios autores envían su mismo trabajo a varias publicaciones, o bien porque comparten una excesiva “similitud” con otros estudios.
Los promotores de este análisis, Mounir Errami y Harold Graner, critican que este tipo de prácticas distorsionan la literatura científica, inflan artificialmente el currículum de publicaciones de algunos investigadores, y obligan a las revistas a emplear grandes sumas de recursos y tiempo para tratar de detectar este tipo de “fraude”.
En algunos casos, añaden, las similitudes entre dos textos pueden estar justificadas, por ejemplo, en el caso de las citas adecuadamente atribuidas o de actualizaciones que arrojan nuevos datos de un ensayo clínico.
Sin embargo, estos especialistas señalan que en la mayoría de los casos se trata de plagio o incluso de autoplagio de documentos anteriores (artículos repetidos o duplicados). Las conclusiones de su búsqueda pueden leerse esta semana en un comentario en la revista Nature.
“No es equiparable copiarse a sí mismo (autoplagio) que copiar a otros autores”, apunta a elmundo.es José Alonso, director editorial en el grupo Elsevier en España, uno de los principales grupos editoriales de publicaciones científicas. “Aunque ambas sean mala práctica, la primera es más discutible y en algunos casos puede justificarse”.
Como él mismo destaca, “partimos de la premisa de ofrecer al lector investigación original, novedosa, no publicada previamente o basada en artículos ya publicados, pero que ofrecen aspectos nuevos y de interés. Lo contrario es hacer perder el tiempo a los lectores y utilizar inútilmente recursos editoriales y humanos sin necesidad”.
Entre las soluciones que los expertos de Texas proponen para controlar estas prácticas destaca el uso de los nuevos programas informáticos y de software capaz de analizar varios textos en busca de similitudes sospechosas. Pero, sobre todo, disuadir a los investigadores exponiendo públicamente estos “errores”.
Eso es lo que han hecho ellos de momento con los 70.000 abstracts (un resumen con los datos fundamentales de un trabajo científico) que por el momento han hallado duplicados en su búsqueda en MedLine (una de las principales bases de datos médicas). A través de una página web bautizada como Déjà Vu, cualquier internauta puede comprobar personalmente qué trabajos se han publicado en más de una ocasión.
Para afinar más sus conclusiones, el siguiente paso incluye un análisis “manual” de estas copias para tratar de hallar una justificación a la duplicidad (por ejemplo, que sea una versión traducida en otro idioma), incluso contactando con los autores implicados si es necesario. De hecho, anuncian, la revisión que han comenzado ha desencadenado ya una investigación por parte de algunas revistas científicas, que prohíben expresamente en sus normas que los artículos se envíen simultáneamente a otros editores.
En el caso de las revistas que publica Elsevier, incluida Medicina Clínica, una de las más destacadas en España, Alonso subraya que las normas indican que sólo serán evaluados artículos originales (no publicados anteriormente ni presentados al mismo tiempo a otras revistas). “En este sentido, se siguen las normas del Comité Internacional de Publicaciones Biomédicas. Aunque esto no impide que en la práctica envíen sus trabajos a varias publicaciones a la vez, y es imposible de detectar”.
En este sentido, los comentaristas de Nature reconocen que su revisión está aún en marcha y es necesario tomar sus datos con cautela, pero insisten en que existe una tendencia al alza desde el año 1975 de esta práctica “éticamente cuestionable”.
Reconocen también que es probable que muchos casos pasen inadvertidos a cualquier mecanismo de control dado el enorme volumen de literatura científica que se publica en todo el mundo cada año.
Alonso destaca que todas las revistas publicadas por Elsevier-Doyma España tienen “un sistema de registro de artículos informatizado: Se registra el título, los autores y la filiación, además del contenido del manuscrito como fichero adjunto”. Para cada nuevo artículo registrado, esta tecnología compara el título y los autores con la base de datos, y mediante un algoritmo es capaz de detectar similitudes. “Si existen, se revisan con detalle”, aclara.
Cuando estos controles detectan alguna duplicidad se sigue un protocolo interno de actuación. “En primer lugar se avisa al autor en cuestión y se permite que dé todas las explicaciones que considere oportunas. Inicialmente no se debe acusar de plagio o duplicidad, sino advertirle que se han detectado una serie de coincidencias”, justifica el director editorial de este grupo.
Si los argumentos no son satisfactorios y el artículo está indexado en alguna base de datos médica, la revista publica una retracción y lo retira. “En algunos casos detectados aprovechamos para publicar un editorial recordando a los autores todos estos aspectos éticos y reforzar así estos conceptos desde un punto de vista pedagógico”, concluye José Alonso.
El pasado verano se desveló un el caso de un economista que copió generosamente durante sus más de 15 años de trabajo académico.
La revista Research Policy se vio obligada a retirar de su hemeroteca un trabajo del año 1993 firmado por un profesor alemán, Hans Werner Gottinger. El estudio se parecía sospechosamente a otro del Journal of Business datado en 1980 y que firmaba un especialista de la Universidad de Indiana (en EE.UU.). Este caso de plagio puso en evidencia las pocas herramientas con que cuentan las publicaciones científicas para detectar a los tramposos.
La revista Nature reveló las peripecias de Gottinger a lo largo de más de 15 años de trayectoria académica, en los que no dudó en copiar párrafos completos para sus estudios sobre tecnología medioambiental e incluso en inventarse supuestas posiciones en universidades de prestigio. Una de ellas, la de Maastrich, en Holanda, ha asegurado que Gottinger nunca estuvo entre sus empleados y ya le ha pedido que retire todas las referencias en la Red que así lo hagan creer.
Mientras el “acusado” niega los hechos y se disculpa, las revistas afectadas por sus plagios se mostraron “entristecidas” y “conmocionadas” al tiempo que reconocen que no disponen de los medios adecuados para detectar a todo aquel que pretenda hacer pasar unos párrafos como suyos.
Para tratar de frenar un problema creciente, y cada vez más difícil de detectar, más de 2.000 editores de publicaciones científicas pusieron en marcha un programa piloto que empleará un software informático para tratar de detectar a potenciales plagiadores.
Se trata de CrossCheck, un servicio que probarán inicialmente seis prestigiosos grupos editoriales (el British Medical Journal y Elsevier, entre ellos) y que progresivamente adaptarán todos los miembros de CrossRef, la asociación de editores que está detrás del sistema DOI, un índice que permite encontrar referencias cruzadas entre artículos de diversas publicaciones científicas.
Como si se tratase de un motor de búsqueda, a modo del que emplean los buscadores de Internet, este programa está diseñado para buscar similitudes entre dos textos y arrojar una especie de “índice de originalidad”.
En los casos sospechosos, el sistema hará saltar la alarma de manera que el editor pueda comprobar si se trata efectivamente de una burda copia o bien los autores estaban citando trabajos precedentes.
El pasado agosto, CrossRef anunció en su página web, que el sistema podría estar plenamente operativo el próximo mes de noviembre. También estaba previsto, según anunciaron sus promotores, que los investigadores que lo deseen puedan revisar sus propios textos antes de enviarlos a las publicaciones para asegurarse de que no han “copiado y pegado” párrafos accidentalmente.
La idea fue posible gracias al acuerdo con la empresa Paradigms, que ya tiene experiencia en la detección del plagio a través de sus sistemas Thenticate y Turnitin, ampliamente utilizados en las universidades e institutos de EE.UU. para “pillar a los copiones”. Según una encuesta llevada a cabo con 4.500 estudiantes de aquel país en el año 2001, más de la mitad admitió haber copiado de Internet información para alguno de sus trabajos.
La prensa estadounidense ya no duda en hablar de la era del “cut and paste” (copiar y pegar con el ordenador, en inglés), lo que explica en parte el éxito de estos detectores “on line”. Según el fundador de Turnitin.com, John Barrie, aproximadamente un tercio de los trabajos que pasan por este sistema de revisión están copiados total o parcialmente de otras fuentes.
Se calcula que aproximadamente 1.000 instituciones de aquel país están suscritas a este servicio que puede costar unos 1.000 ó 2.000 dólares anuales (una cifra similar en euros). Este software permite remitir documentos y “cruzarlos” con millones de páginas web y otros trabajos previamente remitidos por sus autores.
Wolfgang Streich
Fuentes:
VALERIO, M. «La trampa de los estudios repetidos» El Mundo [Madrid] (6 de febrero de 2008) [Consulta: 7 de febrero de 2008].
VALERIO, M. «La ciencia contra el plagio» El Mundo [Madrid] (16 de agosto de 2008).
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